I
Oscuras huellas nunca sólo mÃas
en el patio donde la noche aún permanece,
y alguien lo sabe, ella lo sabe,
como sabe también de las macetas
al aire ligerÃsimo
de la muerte nunca desmentida,
algunas sombras apenas,
como los lazos de amor siempre pendientes,
inagotables ellos, delicados,
en la luz de qué memoria, infinitos.
II
Por el sendero que lleva hasta las casas,
piedra sobre piedra,
sube el sueño de los justos:
un escalón tras otro,
y otro y otro y otro,
presentes los dÃas, venideros,
y todo cada vez más cierto,
como un rÃo siempre desbordado
por cauces imprevistos,
y de pronto el fulgor, tu mano en mi mano,
las primera bendición de la lluvia.
III
Cualquier palabra guarda silencio
contra la pared donde se apoya el brazo
que ciñe la desconsolada frente:
el revoque caÃdo descubre un rostro antes oculto,
desencajado ahora, polvoriento,
pero que en la palma de las manos deja huellas
donde aún palpita el ser amado,
como un trabajo, tenaz,
como una verdad, irrepetible.
IV
Habito esta casa,
pero vivo a la sombra del otro lado.
¿Quién llama a la puerta
si no la propia espera de mà mismo,
el apremio de las vigas,
el crujido de la madera?
Lo sé:
aunque nunca hubiera ocurrido,
yo entreabrà una vez unos párpados que aún me miran
y la clara pupila, como un pequeño charco,
ya reflejaba un cielo inexistente.
¿Por qué ojos miro ahora cuando no veo?
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