Pablo Bruera, el intendente de La Plata, tuiteaba desde alguna tibia playa brasileña –tal vez lo hacÃa su equipo desde aquÖ para anunciar que ya estaba en posición, firme junto al pueblo, al servicio de los damnificados. A 3 mil kilómetros de distancia, una sonata disonante de sirenas y alarmas y perros ladrando al cielo seguÃa disparando la música insoportable de una noche en la que no durmió nadie: el pasado 2 de abril, por primera vez en la historia de la capital de Buenos Aires, el temporal alcanzó a todos, calles lindas y feas, ricos y pobres. Un diluvio espeso de tan sólo tres horas hizo que todas las personas del barrio pudieran desaparecer. Las calles y casas se perdieron bajo una marea de agua chocolatada con olor a mierda, las lÃneas de teléfono se taponaron, los autos chocaron flotando como papeles; trampas mortales por todos lados.
Mientras tanto, en el Salón de la Justicia, los muertos eran casi tan pocos –durante varios dÃas sólo fueron contados 51– como la ayuda organizada por el Estado (municipal, provincial, nacional) para levantar una catástrofe de estas dimensiones. Pero frente a eso, lo bueno: una corriente solidaria autoconvocada, unida e impulsada por una congoja constructiva. Los jóvenes resultaron ser el sistema nervioso central de este operativo de reconstrucción que apenas empieza. Organizados vÃa Facebook o Twitter, abarrotaron de voluntarios los centros de ayuda y multiplicaron los recitales solidarios. Músicos como Nacho Bruno (cantante de Narvales) o Ramiro GarcÃa Morete (de Miro y su Fabulosa Orquesta de Juguete) se pusieron al frente de una arremetida dividida en cientos de espacios improvisados para ayudar a las vÃctimas.
Detrás de esa postal de escombros y humedad putrefacta que hoy viste la ciudad, la reacción solidaria de militantes, no militantes, vecinos y no vecinos, músicos y no músicos, resultó sin dudas el único saldo positivo. El resto... ¿en qué aguas piensa lavarse las manos?
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