“Viajo por el mundo y me pagan por gritar.” AsĂ de simple resultaba para Randy Blythe, hasta hace no mucho, ser el cantante de Lamb of God. El primer tercio del documental As The Palaces Burn, que ya se estrenĂł en las salas de Buenos Aires, parece una versiĂłn pseudo loser de Flight 666, de Iron Maiden. “No viajamos en primera, ni tenemos un jet con el logo del grupo. EstarĂamos excitados si fuera la primera vez, pero salir de gira puede ser muy duro”, aclara el baterista Chris Adler luego de 15 años de viajar casi sin pausa. En ese camino entre el goce y el sacrificio, tan usual para el relato rockero en primera persona –AC/DC ya hablĂł del recorrido a la cima–, transita la primera parte del documental sobre una de las bandas más relevantes de la nueva ola de metal norteamericano.
En otro momento de la industria, la suerte de Lamb of God hubiera sido probablemente aĂşn más feliz, pero la pelĂcula no se detiene en eso sino en lo increĂble que resulta, para los pelilargos de Richmond, que la mĂşsica los mantenga en contacto con gentes tan remotas: desde Colombia hasta la India, pasando por JerusalĂ©n. Un paseo por el mundo para la presentaciĂłn de Resolution, su Ăşltimo CD, permite mostrar las historias de algunos fanáticos: un taxista de MedellĂn cuyos parientes murieron en batallas del narcotráfico, y una chica que no sĂłlo es mujer en la India –donde las perspectivas de gĂ©nero distan mucho de ser igualitarias– sino que es, además, una mujer metalera que canta en una banda. “Las letras de Randy me llegan mucho”, dice, mientras viaja en tren hacia el concierto.
De repente, y bajo el mismo tĂtulo, empieza otra pelĂcula. Lo que Lamb of God habĂa planeado como su Flight 666 empieza a ser su Gimme Shelter. En pleno rodaje, a Randy lo detienen en RepĂşblica Checa, donde permanece encarcelado por 38 dĂas. Lo acusan de homicidio culposo por, supuestamente, haber empujado desde el escenario a un fan que muriĂł horas despuĂ©s tras golpearse contra las vallas. Aparecen mensajes de solidaridad hacia Ă©l de colegas como Ozzy Osbourne, Slash o Corey Taylor, y la banda se enfrenta a su primer gran interrogante existencial. Las cámaras están ahĂ, capturándolo todo, y si pudieran entrar a la cárcel, tambiĂ©n lo harĂan. Se ven conversaciones desesperadas de managers y abogados, a los mĂşsicos organizar una subasta para costear la fianza. Mientras, Randy, que no recuerda el episodio –el grupo ni siquiera sabĂa que alguien habĂa muerto luego de su show–, recurre a la fuerza que lo ayudĂł a dejar el alcohol hace unos años para despejar la cabeza. DespuĂ©s de ser liberado y pisar los Estados Unidos, vuelve a Praga para enfrentar el juicio oral. Ante la falta de pruebas, es exculpado totalmente. “SĂ© que soy inocente, pero el hecho de que un fan haya muerto en un recital nuestro no deja de darme vueltas en la cabeza”, lanza.
Lo más rescatable del segundo tramo de As The Palaces Burn no es su estĂ©tica prĂłxima al reality show sino cĂłmo aporta nuevos elementos para la discusiĂłn respecto de la responsabilidad de los mĂşsicos sobre la salud del pĂşblico, asĂ como del riesgo que acarrean los cĂłdigos y prácticas propios de cada gĂ©nero, en este caso, el stage diving. El episodio es lejano a Cromañón, no sĂłlo por magnitud sino porque la cadena de responsabilidades es mucho más corta. Sin embargo, con esa cuestiĂłn aĂşn en debate y no del todo resuelta, el documental debe despertar algĂşn cosquilleo extra para el pĂşblico argentino. Cuanto menos, agitar el debate sobre los rasgos intrĂnsecos de la práctica rockera: Âżcuánto riesgo es lĂcito, o al menos necesario, para que el ritual estĂ© completo? ÂżLas bandas siempre deben responder por todo lo que ocurra en el recinto? ÂżQuĂ© responsabilidad le cabe a cada espectador particular sobre su propia seguridad? Por lo pronto, el cantante le responde a Eddie Trunk: “No volverĂa a tocar en RepĂşblica Checa. Por respeto. Esa gente ya tuvo demasiado de nosotros”.
* En cartel en salas de cine de Buenos Aires.
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