El nombre de las cosas es muy importante. Un significante se une a un significado para lograr una significación, para darle sentido a la cosa. ¿Y qué más importante que el nombre propio? En la web estuvo circulando un chiste que rezaba lo siguiente:
–Papá, ¿por qué siempre hacemos lo que quiere mamá?
-Porque yo decidà tu nombre a cambio de que mamá eligiera todo lo demás.
-¿Y valió la pena?
-Cada dÃa Mazinger, ¡cada puto dÃa!
La pregunta es: ¿qué hubiera pasado si en lugar de tomarse esto con sorna, realmente todos los padres criados en los ‘80 y ‘90 hubiesen delegado las responsabilidades de sus hijos en sus esposas, a cambio de poderosos, y un tanto polémicos, nombres? ¿Cuántos Mazinger RodrÃguez habrÃa? ¿Quién no querrÃa en su equipo de fútbol a Oliver Atom BenÃtez?, ¿Alguno se bancarÃa un mano a mano contra Seiya Goku Paredes? ¿Se sentarÃan en el mismo pupitre Leono Munra Fernández y He-Man Cohen? ¿Y qué hay del dúo de hermanitos guarros Ren y Stimpy Avalos? ¿Imbancables, no?
¿Y si la ecuación hubiese sido inversa, y quien elegÃa los nombres fueran las madres? ¿Cuántas Sailor Moon Pérez o Jem Fernández? Por suerte, los viejos no flashearon ésa, y se tomaron su tiempo antes de poner Bugs Bunny, Astroboy, Pedro Picapiedras, Súper Sónico o Betty Boop a rolete.
Más aún, para la posteridad, ¿llegarán los cuatrillizos Po, Laa-Laa, Dipsy y Tinky Winky Sarabia? ¿Roberto Esponja Suárez? ¿Adventure Laura y Regular Juan? ¿O qué tal Paka Paka Romero, nacional, popular y animado?
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