Si la hegemonÃa previa a Cromañón era la del rock argentino, barrial y La Mega; si la identidad se tejÃa en una bandera de tu banda favorita y los iconos musicales –los héroes del consumo cultural que alimentaban egos y discográficas– posibilitaban la construcción de identidades; si todo eso, tan sólido, tan permanente, se desvaneció, no fue por Cromañón. O, al menos, no sólo por ello. Hay que decirlo en un tirón, para contraponerse al sentido único que primó tanto tiempo: que Cromañón habÃa hecho trizas el sueño de un rock nacionalista y aglutinante. Que después se acabaron los lugares para tocar, que las condiciones se precarizaron y que todo se hizo cuesta arriba.
Es cierto, ojo, que la precariedad permanece intacta y que se ha extendido a todo nivel: del rincón al festival. Que la cultura tiene un agujero en el campo de las posibilidades de desarrollo. Pero lejos de ese primer intento analÃtico –enviciado por la cercanÃa en el tiempo– que pregonaba que las bandas medianas no tenÃan lugares para el despegue, emerge un concepto que acompaña el proceso: la fragmentación, la multiplicidad de discursos y consumos culturales. Y tiene más que ver con Internet, con el consumo digitalizado, con el acceso a una red de información y contenidos tan abrumadora como dispersa, que con Cromañón en sÃ.
¿Quién podrÃa definirse por un disco? ¿Quién osarÃa identificarse con un solo artista, una sola obra? La multiplicidad, la fragmentación en millones de micropartÃculas artÃsticas al alcance de un clic explica más que la masacre en sÃ. Es cierto, Callejeros no ayudó al sostenimiento de esas viejas identificaciones férreas entre bandas y público ni antes, ni durante, ni después –aunque sostiene un amplio grupo de apoyo tan incondicional como anacrónico–, pero tampoco fue el causal de algo que tampoco pudo prever: el estallido del discurso único, el corrimiento –jamás definitivo– del rock como modo único de ver el mundo.
Al calor de la web, las marcas, los festivales, las producciones colectivas, las alternativas, las independientes y las autocomplacientes, nació un mosaico cultural que difÃcilmente se encasille en un modelo unÃvoco. En el que prevalecen vestigios del anterior, en el que el rock sigue teniendo un lugar importante y en el que los modos de hacer cultura se entrecruzan, pero siempre regidos bajo un mismo patrón: ¿cómo hacer para subsistir, para ganar el pan, en un sistema social en el que el arte se vende como mercancÃa?
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