HabÃa algo raro. Eran como las seis de la tarde cuando uno de los pibes se sentó al borde de una de esas mesas compartidas de camping y se prendió un porro del tamaño de un habano. Ahà estaba él, muy rubiecito, muy suelto de cuerpo, relatando sus aventuras entre las olas chapoteras del surf, justo cuando el sol se despedÃa del dÃa y ya no quedaba mucho por hacer. Tan sólo simular un habano, y pedirse una cerveja gelata bien gaúcha. En el camping del Farol de Santa Marta, a 120 kilómetros al sur de Florianópolis, todos hablaban del apasionante mundo del surf. De la fascinación de mantener el equilibrio entre la gravedad, la fuerza cinética de las olas, de llevar el cuerpo erguido ahà donde los rulos dan vuelta hasta los suspiros. Otros relataban cómo hacÃa la arena en los motores de sus van Chevrolet, después de atravesar las partes blandas hasta llegar a las partes duras. Proezas de verano. En el baño habÃa una revista de surf, que relataba las aventuras de los mejores surfistas del mundo. En las playas se respiraba surf. Los chicos y las chicas tenÃan un bronceado surf (que es una especie de bronceado en el cual se nota que sabés pararte sobre la tabla). Porque el surf es más bien una actitud. Una manera de enfrentarte al mundo, sin hacer demasiado. Sin embargo, habÃa en el ambiente un espÃritu desolado. No sólo por falta de árboles, digamos, sino más bien des-olado, por falta de olas. Porque ni en el hermoso Farol de Santa Marta, ni en Guarda do Embau (otro paraje al que me recomendaron asistir en busca de olas), ni en Praia da Rossa, ni en ninguna de las otras siete playas que visité encontré olas para surfear como las que salÃan en las revistas del baño de ese camping. Esas olas inmensas probablemente hawaianas donde al tipo se lo ve paradito en la tabla, debajo de un rulo tsunámico, haciendo proezas que ni Superman. Apenas unas olitas a la cintura habÃa, pequeños escalones de mar, motivo para desplegar toda esa industria de lo ondular (tablas, bronceadores, vehÃculos...). A lo mejor eran esos porros gigantes que se fumaban después (y tal vez antes, pero salÃan muy temprano como para comprobarlo) de ir al mar, que les hacÃa sentir lo bien que la habÃan pasado mojados. A lo mejor yo estaba viendo otro canal, pero olas, lo que se dice olas, brillaban vacuas en el horizonte palmo de las playas de Rio Grande do Sul y Santa Catarina. Con todo respeto por los pentacampeones, pero a lo mejor estos brasileños decÃan ser lo que en verdad querÃan ser, y no lo que realmente son; porque ser surfista, para ellos, no era más que una puesta en escena de una pelÃcula filmada en California con los mejores actores de reparto que se puedan conseguir en el mercado latino: garotos y garotas en caja, envueltos para regalo.
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