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Jueves, 10 de enero de 2002
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EL CASO DE LOS TRES CHICOS DE FLORESTA

Gatillo fácil, otra vez

Adrián Mattasa tenía 23 años y había dejado Medicina en cuarto año, para trabajar con su padre en su inmobiliaria de Floresta. Mientras decidía qué hacer (hablaba mucho de irse a vivir a Italia, cuenta su padre), pasaba mucho tiempo en la oficina. La computadora que usaba es una muestra de sus pasiones: el fondo de pantalla es Diego Maradona triunfante en el Mundial 86 y buscando entre sus archivos se pueden encontrar fotos de Julieta Prandi y Pampita, dos mujeres que lo volvían loco, como casi todas. “Era muy mujeriego”, reconoce su madre, María Angélica, que se enteró de que el policía retirado Juan de Dios Velaztiqui había asesinado a su hijo por un sobrino que la llamó, en la madrugada del sábado 29. Cuando llegó a la estación de servicio de Gaona y Bahía Blanca, vio los cuerpos de los otros dos chicos, Christian Gómez (25 años) y Maximiliano Tasca, también de 25, en un charco de sangre. Los hechos son conocidos. Esa madrugada cuatro amigos estaban mirando televisión, y cuando uno de ellos comentó algo así como “está bien que le peguen en la policía” (se refería a los enfrentamientos tras el cacerolazo en la noche del viernes 28), Velaztiqui dijo “basta”, se levantó y primero mató a Maximiliano (o Maxsid, como prefieren sus amigos, una mezcla entre su nombre y el de Sid Vicious) de un tiro en la sien. Después mató a Christian, y lo remató en el piso, disparándole en la nuca. A Adrián le tiró en el pecho, pero la trayectoria de la bala le destrozó los órganos internos, de modo que murió cinco horas después en el Hospital Alvarez. El cuarto chico logró escapar, mientras Velaztiqui arrastraba los cuerpos de los dos muertos hasta afuera, y tiraba cerca de ellos un cuchillo para simular un enfrentamiento. Al otro día hubo enfrentamientos y represión cuando los vecinos, familiares y amigos fueron a protestar a la comisaría 43.
Hoy el barrio está en protesta permanente. El barcito de la estación de servicio en la esquina de Gaona y Bahía Blanca ya no existe como tal: fue destrozado y está lleno de pintadas que dicen “Tres chicos fueron asesinados”, “asesinados por una mente corta y armada” o escrachan el nombre del policía asesino de 62 años. Los vidrios están llenos de fotos de los amigos, flores, velas, remeras, todo tipo de mensajes. Los vecinos y familiares juntan firmas en una mesa improvisada, pidiendo justicia, y organizan marchas para todos los sábados a las 18. El último sábado juntaron a 2000 personas. Tenían planeado un recital de rock, pero no los acompañó el clima lluvioso y tuvieron que suspenderlo.
A Velaztiqui se le dictó prisión preventiva en tiempo record y está en la cárcel de Marcos Paz. La plana mayor de la comisaría 43 del barrio fue relevada. Pero los amigos y familiares siguen pidiendo justicia. Uno de sus amigos dice: “Maxi era un chico increíble: le faltaba solamente una materia para terminar la carrera de Relaciones Internacionales en la Universidad del Salvador, había estado en Oxford, en Nueva York, y se seguía juntando con los pibes del barrio, que algunos no tenemos ni el secundario”. Todos los querían mucho: Sandra, la chica que trabajaba en el minimercado y la testigo del crimen, cuenta que “cuando empecé a trabajar, de noche, tenía miedo, y ellos me decían que me quedara tranquila: hasta se quedaban conmigo para acompañarme sin que se los pidiera”.

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