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Domingo, 30 de abril de 2006
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Nota de tapa

Silvina oculta

Durante toda su vida, Silvina Ocampo vivió y escribió a la sombra de las tres grandes figuras que la rodearon: su marido, Adolfo Bioy Casares, su amigo Jorge Luis Borges y su hermana Victoria. Sin embargo, desde hace un tiempo, críticos, escritores y periodistas coinciden en echar luz sobre esa penumbra y reivindicarla como una de las mejores plumas argentinas. Ahora, Editorial Sudamericana se suma al rescate publicando una colección de cuentos y un largo poema autobiográfico inéditos que confirman lo que su obra ya insinuaba: que es la gran escritora de la infancia.

Por Patricio Lennard
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Algún día, en relecturas y recordatorios alentados por futuras efemérides, o en los esbozos biográficos que se den a leer en venideras reediciones de sus libros, quizá Victoria Ocampo sea la que porte las cartillas de hermana de Silvina Ocampo, y Adolfo Bioy Casares, las de ilustre marido. Después de todo, en este tiempo, algo han hecho la crítica literaria y el periodismo por resolver el “caso” cuya carátula reza: “Lateralidad de Silvina Ocampo en la cultura argentina triplemente agravada por el vínculo”. Mujer de Bioy, hermana de Victoria, amiga de Borges: he allí los fundamentos del karma de segundona que nunca pudo (ni quiso) sacarse de encima, opacada por el aura de esos dos grandes hombres y por el de aquella que detentó su primogenitura, mientras ella, Silvina, la menor de seis hermanas, se sentía un “etcétera” de su familia.

No extraña tanto, pues, que en las solapas de los libros de Bioy (a diferencia del dato, insoslayable por cierto, de la cofradía à deux que él formaba con Borges) a Ocampo no se la mencione. Un impasible desdén que, hacia 1975 –cuando ella había publicado ya la mayor parte de sus mejores libros–, Marcelo Pichon Rivière veía en el hecho de que fuera la única integrante del grupo Sur que no había sido tocada por la fama. “Hay que admitir que a muchos se les escapa un imperdonable Bullrich después de Silvina, y a otros, un Victoria (sonoro, entusiasta) antes de Ocampo”, escribía tal vez pensando en la anécdota que la autora le contó, tiempo después, a María Moreno en una entrevista, y en la que una mujer se le acercó a decirle: “Silvina, ¡qué emoción encontrarla! Compro todos sus libros. ¡Cómo me gustó Los burgueses! Acá justo tengo mi ejemplar, ¿me podría dar un autógrafo?”. A lo que Ocampo reaccionó firmando “Silvina Bullrich” con pudor e ironía.

Su consabida estrategia de “mantenerse del lado del secreto” (mezcla de timidez e introversión en lo personal, y de renuencia a exponerse en público y conceder entrevistas, como un modo de marcar un contraste con el alto perfil cultural de Victoria), ha influido en la forma en que su obra se mantuvo oculta durante mucho tiempo. Una expresión que habría que tomar al pie de la letra, si se tiene en cuenta que recién ahora (doce años después de la muerte de Silvina) salen a la luz un conjunto de inéditos de un enorme valor, superadas ya las dilaciones sucesorias. Tanto Las repeticiones (una selección de veinticuatro relatos y dos nouvelles, que Ernesto Montequin y Matías Serra Bradford realizaron entre los papeles de Ocampo) como Invenciones del recuerdo (una autobiografía en verso que ella redactó de manera intermitente entre 1960 y 1987, y que había concebido como un libro autónomo) dan inicio a una Biblioteca Silvina Ocampo de Editorial Sudamericana en la que también está previsto la publicación de otros dos inéditos: La promesa (una de las tres novelas que escribió, junto a La torre sin fin y Los que aman, odian) y Ejércitos de la oscuridad (un libro de anotaciones sobre la noche). Textos que, lejos de ser las sobras del banquete ocampiano, vienen a llenar huecos de una obra en la que una escritora desde siempre obsesionada por los niños realiza, fragmentariamente, una arqueología de su infancia.

Así, como si se tratara de miguitas de pan en la senda de un bosque, los recuerdos infantiles que Silvina esparció en poemas y cuentos son el rastro que se sigue en su autobiografía. Un texto admirable (lo mejor de su obra poética junto con su libro de 1962, Lo amargo por dulce) en donde la construcción de su mito personal se sobreimprime a la imagen de esa niña rica que dice que de grande quiere ser costurera. La misma que encuentra en las dependencias de servicio de su casa, y en las planchadoras y mucamas que a regañadientes la dejan jugar a la sirvienta, el universo narrativo de muchos de sus textos. No es casual que Victoria Ocampo escriba una reseña en la revista Sur sobre su primer libro, Viaje olvidado (1937), en la que expresa su desconcierto por el modo en que sus propios recuerdos no coinciden con los que su hermana allí ficcionaliza. Lectura en clave autobiográfica que Silvina, de manera póstuma, convalida (y promueve) en Invenciones del recuerdo: un libro en donde sólo pasa revista a sus anécdotas de infancia (como si esa edad fuera lo único interesante de su biografía), y que se cierra con una escena en la que un muchacho la llama, por primera vez, “señorita”.

Recordar la niñez para Ocampo, entonces, supone transfigurarla, inventarla, volverla literatura, ya que de lo que se trata es de conjurar (¿hace falta decirlo?) la imposibilidad fatal de la memoria. Así se entiende que ciertos episodios aparezcan enmascarados en su autobiografía (su hermana Clara, que murió a los doce años de diabetes infantil, es llamada “Gabriel” en el poema), o que la autora nunca identifique al sujeto de la enunciación con su nombre propio ni utilice, casi, la primera persona. A tal punto la empresa autobiográfica se le antoja a Silvina una ficción antiproustiana, que no duda en definir su libro como “una historia prenatal” en una entrevista de 1979: un guiño irónico que alude a la utopía del recuerdo (allí donde el lenguaje no es siquiera una sombra), imaginando la (im)posibilidad de escribir las “memorias de una recién nacida”.

“El vidente”, una de las dos nouvelles incluidas en Las repeticiones, es la puesta en escena de ese despropósito. Jacinto Malvi –un niño que nace y crece ciego en un ámbito rural harto precario, hasta que descubre un don “milagroso” que le permite autocurarse su ceguera– relata allí, en primera persona, los recuerdos de su nacimiento. Jacinto es capaz de repetir las palabras que le oyó decir a su papá ante el cadáver de su madre, cuando éste la encontró muerta al borde de un arroyo, luego de que diera a luz a su bebé sin ninguna asistencia; o de rememorar que en su propio bautismo tuvo que rezar el Credo junto al cura, pues ni su padre ni su tía lo sabían. Ese pre-edipismo verboso y delirante (en que a lo “siniestro” freudiano se le pone escarpines) también está presente en “La ciudad de arena”, un relato en que dos embarazadas siguen el dictado intrauterino de sus hijos para construir, en una playa, la ciudad del título.

Si bien en los cuentos de Ocampo el infantilismo es lo que retorna permanentemente (no como neurosis, sino como lógica) al mundo de los adultos, sus niños rara vez son tan sólo infantiles. Ya sea las cartas de amor que Ruperto le escribe a su muñeca en “La santa” (y cuyo encendido erotismo escandaliza a sus padres), o la voluntad de Nardo, en “Lo mejor de la familia”, de seguir siendo, indefinidamente, un recién nacido (al punto de que aprende a decir papá y mamá a los cinco años) son ejemplos de cómo los niños ocampianos no pueden sentir miedo a los monstruos, obstinados como están en parecerse a ellos. “Atravesar la infancia es una severa prueba para la razón”, escribió Silvina en uno de sus cuentos. Menos mal que volvió para contarlo.

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