Justo en frente de La Algodonera, ese edificio-comunidad de oficinas en donde las agencias de publicidad, prensa, consultoras y productoras juveniles y excitadas ganan el podio en la categorÃa cantidad de i-pods por metro cuadrado, Luisito Impieri se jacta de haber adquirido la última herramienta para su peluquerÃa hace no menos de 20 años: una brocha que, encima, todavÃa está sin usar. Con 89 años y 75 de oficio, todo en su local es una reliquia oxidada que todavÃa no fue cazada por los vampiros del retro: las sillas de 1939, los vidrios amarronados, las máquinas de pelusa manuales (de 0, 1 y 2 puntos, con restos de pelos blancos entre sus apretujados dientes), un cartel con una ordenanza municipal del 21 de abril de 1902 que impone "Se prohÃbe escupir en el suelo", con su salivadera consecuente y obligatoria en el piso, y una revista Gente de 1974, el número necrológico por la muerte de Juan Domingo Perón, que él entrega con contundencia como biblio-grafÃa obligatoria cuando alguien le pregunta por sus tiempos como peluquero de la Casa Rosada, en el furioso año ’55, cosa que le dio popularidad y el renombre barrial de "el peluquero de Perón".
Ese año, el intendente de la Casa Rosada, que era amigo suyo, lo llevó a trabajar a la Casa de Gobierno en el segundo piso, para la SecretarÃa de Investigaciones Administrativas, a cargo del sobrino de la primera mujer de Perón, y una cuantas veces, aunque no era el suyo exclusivo, le tocó en suerte agarrarse con los pelos del General, que no se iba con complicaciones capilares: "¿Cómo qué corte? QuerÃa un buen corte, siempre el mismo", dice ofuscado. Y menciona lo dadivoso que era: "El siempre me preguntaba por la familia, a todos. Nos reunÃa en las vÃsperas de las fiestas patrias para conversar con cada uno. Cuando se sentaba en la silla, hablaba de todo, hasta de carpinterÃa. SabÃa todos los oficios". Además de sus dotes de conversador, Luisito recuerda una anécdota puntual que lo dejó pasmado: "Una vez vino una delegación de estudiantes japoneses becados. El se reunió con ellos ¡y no lo dejó hablar al traductor! ¡Les contestó en japonés! Hablaba todos los idiomas del mundo".
Pero él no sólo les cortaba el pelo a "los capos". También se hacÃa un lugar para el resto de los empleados: "Eso me gustaba más, cuando tenÃa tiempo les cortaba a los ordenanzas, que eran los más pobres".
Sus vecinos de la cuadra de Santos Dumont lo tienen como un personaje cargado de historia y suelen preguntarle por Perón, por el almirante Isaac Rojas y por sus últimos dÃas como peluquero oficial, tiempo después de los bombardeos en Plaza de Mayo. Ese evento es, además, de las cosas que recuerda con claridad: "El dÃa de las bombas hubo que aguantar. Nos refugiamos en el sótano de la Casa Rosada, que daba a Paseo Colón, esperando morir. Por suerte las bombas que cayeron ahà no explotaron, pesaban 100 kilos, eran como esa garrafa", dice, y señala un bidón violeta y gastado que alimenta una estufa. "Cuando salà no se podÃa ver nada. Estaba todo gris, nublado."
Luisito exhibe con orgullo tanto sus dÃas en la Casa Rosada como un diploma de honor amarillento entregado por el "Centro de Patrones peluqueros y peinadores", y aunque lamenta y hasta se burla de la pereza de una memoria que supo ser turbina de anécdotas peronistas, atiende clientes con eficacia, pulso firme y ritual intacto: "Antes la gente se cortaba cada 15 dÃas, ahora ya no. Hay algunos que vienen para que les empareje el bigote, porque en las peluquerÃas modernas no afeitan, pero en ésta sÃ. Y asà yo me entretengo".
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