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Domingo, 4 de mayo de 2008
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Plástica > Alejandro Boim: la inquietud hecha color

Enormes cambios en el proximo minuto

Obsesivo de los múltiples matices que pueden acechar debajo de un color, retratista del poder de sugestión de una imagen congelada, obstinado devoto de la materia, Alejandro Boim vuelve a exponer en Buenos Aires sus telas, como siempre grandes, densas e inquietantes: algo a punto de suceder, cuyo rastro se palpa en el aire hecho color.

Por Sergio Kiernan
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En un muro de un departamento de una calle de esta ciudad cuelga una gran tela de Alejandro Boim, una entre varias que andan por aquí. En la tela un hombre trata de leer un diario pero es interrumpido por una mujer absurdamente elongada que flota, salta, vuela o en todo caso fue detenida en una imagen curvada por encima del lector. El la mira a ella, ella al espectador. El muro de atrás es de un azul complicado, la expresión de ella es impasible e ilegible. De cada tres personas que ven esa tela enorme, tres guardan silencio y dos siempre preguntan cómo se puede dormir en un cuarto con eso colgado. Algo está por pasar, algo nada bueno, porque es una obra de Alejandro Boim.

La tela es extraordinaria, como todo lo que pinta este hombre de 44 años que es un obsesivo del oficio de pintar y sólo le teme al hiperrealismo. No debería preocuparse porque lo notable de su obra es la tensión dramática, el silencio, la expectativa inmediata sobre lo que se está viendo.

Boim es porteño, flaco, alto, juvenil, ex profesor en Bellas Artes y una persona completa en cuanto a la vocación: sin dobleces ni dudas, lo único que le importa es poder pintar muchas horas por día, todos los días. Es la clase de artista al que no le termina de importar si tiene dos platos iguales o una camisa nueva, y que en el fondo desconoce por qué importaría colgar cortinas. Resulta una suerte que tenga esa mezcla de disciplina, obsesión y placer de usar las manos, porque sus telas son grandes y tienen una textura que sólo surge de mucho, mucho trabajo. Cada azul –hay mucho azul– es un malevaje de tonos y veladuras, mixturas y fugas de alguien que sabe llevar el color. No es casual que las imágenes de Boim tengan casi siempre el tipo de fondos al que le piantan los artistas: muros lisos, muros perforados por vanos de puertas que nunca están y dejan ver apenas un negro goyesco. Son superficies que le permiten desplegar su amor al color complejo.

Hace seis años, cuando Argentina se incendiaba, Boim llegaba a Canadá, al principio un poco por casualidad, porque se podía, luego con más amor a Montreal. Boim ya hablaba francés por sus años en París, donde estudió una licenciatura en arte en la Paris VIII, y tenía encima varias exposiciones en Buenos Aires, Madrid y París, además de premios como el Proarte, el Amador, el Bapro, el Municipal, el Chandon, el Salón Nacional, el de la Bienal de Arte Sacro y el Belgrano. “Al principio”, cuenta Boim sonriente, recordando su emigración, “daba clases a señoras gordas, pero luego empecé en los colleges y ya tengo mis alumnos en serio, además de un par de muestras en Canadá”.

El año pasado tuvo su segunda muestra parisina, en la galería Alain Blondel, y como al pasar cuenta de un jurista italiano que se hizo fan, le colecciona las obras y se cartea con él en un inglés “bastante cómico, de mi parte”. Durante todo mayo y hasta el 4 de junio se puede ver la obra de Boim en la galería Zurbarán de Cerrito, 16 óleos de reencuentro con su ciudad natal, como en una visita de lujo que también marca una apertura para una galería hasta ahora muy determinada en formas más tradicionales de la plástica.

Y en las paredes de Zurbarán hay una mujer de perfil que luce quevedos, un cuello exótico y un objeto como una pipa, con algo como una vela adentro. No se sabe qué piensa, es real en el sentido de la cifra, despierta la curiosidad malsana que despiertan algunas mujeres que valen la pena. Y también hay la chance de hacer algo de lo más renacentista, admirar cómo un artista de finura extraordinaria trata las telas y los cueros. Y finalmente, contribuir a solucionar un feo bache de argentinos: ¿cómo puede ser que Boim no sea más conocido?

Zurbarán abre de lunes a viernes de 11 a 21, en Cerrito 1522.

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