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Domingo, 4 de mayo de 2014
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HÁGALO USTED MISMO

MUSICA Desde hace 25 años, Boom Boom Kid –conocido en otras etapas de su carrera como Nekro o Il Carlo– es una presencia ineludible en la escena. Gran personaje del under en los últimos años ’80, autor de fanzines legendarios y voz de la ya legendaria Fun People, Boom Boom Kid se sigue moviendo con su propio sello, Ugly Records, y según sus propios instintos de independencia, perfil bajo y falta de ataduras. Ahora presenta su nuevo disco, Demasiado en fiestas sin timón y con el mono al hombro en Vorterix el próximo 9 de mayo, y demuestra una vez más que su particular alquimia de anarquía, ingenuidad, melodía y potencia sigue tan vigente y poderosa como siempre.

Por Walter Lezcano
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Carlos Damián Rodríguez, también conocido como Nekro o Il Carlo o Boom Boom Kid, aparece con el casco puesto. Camina con una seguridad envidiable. Luego de saludar, busca un lugar tranquilo y silencioso para poder charlar. En el camino cuenta de sus proyectos: tiene por delante una gira nacional e internacional, terminar un disco (Demasiado en fiestas sin timón y con el mono al hombro) y la edición de dos libros de poesías (De tardecitas en el Botánico de Bs. As. y Prosa de mostro). Dice que el trabajo, cuando hacés lo que te gusta, es alegría. También cuenta que disfruta de la arquitectura de los edificios que hay por Avenida de Mayo y que algunas tardes se queda mirándolos largo tiempo. Sigue con el casco puesto como si fuera lo más natural del mundo. Cuando encuentra el sitio indicado, se sienta y pide algo para tomar. Recién ahí, cuando se saca el casco y sus dreadlocks amarillos, que lo identifican mucho más que su DNI, relucen en la noche porteña, aparece el rostro de un héroe del under del rock nacional, un activista incorruptible por los derechos de los animales y las libertades individuales, un viajero perseverante, un dibujante autodidacta, un periodista amateur y un self made man.

Y todas estas facetas de su personalidad inquieta y curiosa estuvieron presentes casi desde el comienzo de su historia, cuando era apenas un niño allá en Campana, una ciudad del nordeste de la provincia de Buenos Aires.

LA EDUCACIÓN SENTIMENTAL

El tocadiscos sonaba constantemente en la casa de los Rodríguez. “Mi padre escuchaba rock and roll: Bill Halley, Gene Vincent, Eddie Cochran. Mi madre ponía Ten Tops, mucho swing, Johnny Tedesco, que versionaba a Elvis Presley, y Sandro. Mi hermana era más nuevaolera, ‘twistera’, por decirlo así”, cuenta Nekro. Se turnaban para poner un disco cada uno. Pero había otro integrante de la familia que le abría las puertas a un mundo nuevo. “Empecé a escuchar rock más pesado por mi tío. Era en formato Magazine. Pappo’s Blues, Almendra. La primera vez que escuché Jimi Hendrix, ‘Hey Joe’, me puse a saltar en la cama como un loco, era tremendo. Tenía como 5 o 6 años. Fue antes de empezar el colegio.”

Mientras descubría sus gustos musicales, Carlitos veía cómo subía el volumen de las peleas de sus padres. Entonces decidió aislarse en el espacio verde que lindaba con su casa. “Me levantaba, hacía mis cosas y con mis amigos nos escapábamos para el campo. Y pasaba ahí todo el día. Tenía una cueva. Tenía un sabandija amigo con el que día a día nos adentrábamos más en el campo. Hasta que cruzamos el campo y la ruta que había del otro lado porque yo sabía que cerca, ahí en Otamendi, se había filmado Nazareno Cruz y el lobo, de Leonardo Favio. Me llamaba la atención un personaje de la película: la Lechiguana. Y había un viejo de la bolsa por ahí que me resultaba interesante, muy buena onda el viejo. Y vimos animales salvajes ahí. La pasé bomba”, recuerda Nekro.

Pero el campo no era el único refugio de Carlos. Cada vez que venía de la escuela, lugar del que no guarda ningún recuerdo, se ponía a escribir lo que se le cruzaba por la cabeza, leía comics y dibujaba. Básicamente, se ocupaba de llenar cuadernos. Su padre, un dibujante técnico, compraba Humor y luego Fierro. Pasando las páginas de esas revistas fue degustando los trazos y su paladar estético se afiló. Le gustaba el pulso de Nine, Tabaré y Breccia. Y el golpe de gracia vino cuando leyó El Eternauta, de Oesterheld y Solano López.

Por esa época le sucedieron dos cosas importantes: con dinero que le dieron sus padres se compró su primer cassette: “uno de Los Parchís. En realidad lo compré porque tenía la música de una serie de dibujos que me gustaban mucho: Erase una vez el hombre. Y me gustó también porque tenía una batalla espacial en el librito interior. Por lo cual podías escucharlo y jugar”. Y también empezaron, junto a su padre, los primeros viajes a Capital Federal. Los fines de semana, cada 15 días, iban a ver películas y se daban una vuelta por la disquería Los amigos de la música. Carlos ya tenía su presa bien marcada: quería The Trooper de Iron Maiden. Pero estaba agotado. Carlos no se dio por vencido: “A los 4 días volvimos a una disquería de Zárate. Y mi viejo le dice al vendedor:

–Mi hijo quiere un disco de Iron Maiden.

–Pero es heavy metal. ¿Está seguro de que quiere eso? –responde el vendedor y me muestra el disco.

–Sí, sí, es ése –le digo yo. Y mi viejo me retruca:

–Demostrame cómo se baila y yo te lo compro.

Enseguida moví la cabeza. No sé por qué. Moví la cabeza con toda la fuerza y mi viejo me lo compró”.

Fue tu primera actuación.

–Sí, no sé. Yo siempre me expresé, cantaba arriba de las canciones tratando de imitar lo que cantaban por fonética. Saltaba mucho arriba de mi cama y gritaba. Me hacía muy bien gritar.

Luego empezó a descubrir más música y comprarse sus primeros fanzines. Y por un programa de radio, Cuero pesado, descubrió Slayer, Metallica, y su mundo se partió al medio. “Todo lo que tenía ya no existía. Al otro día me fui para Capital con todos los ahorros que tenía para comprarme discos. Entonces me compré un par de revistas importadas que tenían notas de Metallica o Slayer y me compré los cassetes de Venom, Slayer, Metallica y Mercyful Fate”, dice Nekro. Escuchó esa música toda la noche con sus amigos. Y se convirtió en el soundtrack de su primera acción directa: con sus amigos fueron a la casa de su padre, agarró bencina, fósforos y se dirigieron a la iglesia donde hacían catecismo. Tiraron benzina en una cartelera de corcho y le prendieron fuego. “Nos pintó ésa: incendiar la iglesia”, dice Nekro con una sonrisa.

LA INVASIÓN

En la adolescencia, Carlos Rodríguez pasó a llamarse oficialmente Nekro. Y su vida estaba completamente volcada a la exploración. A través de las revistas importadas y fanzines nacionales que compraba en Parque Rivadavia descubrió que había una escena under de bandas de rock pesado. Por ese entonces, ya se iba solo para Capital Federal sin pedirles permiso a sus padres: “Me colaba en el tren, de ida y vuelta, para no gastar un mango. Tampoco comía: me gastaba todo en revistas, fanzines y me pateaba todo: de Retiro hasta Parque Centenario y de ahí si había un reci ya me quedaba en la puerta y veía qué podía hacer. Y así, si podía, me quedaba todo el fin de semana. Y mis viejos pensando que yo andaba en la casa de un amigo me daban plata para salir a un boliche por Campana y para moverme. Yo con esa plata era millonario y me compraba bocha de fanzines y algunos cassetes”, relata Nekro.

Pero tenía otra actividad. Inspirado en lo que fue el “Stop the City” (acciones promovidas en 1983 y 1984 por London Greenpeace donde se paraba la ciudad con el lema “Destruir para construir”) Nekro tenía un grupo de acción directa para la liberación animal: Green violence. “Hacíamos cosas como sellar las cerraduras de locales donde vendían pieles o armas. O hacíamos pis y caca en un tacho durante 3 o 4 días y los tirábamos en las puertas de estas fábricas o locales”, explica.

Además ya había comenzado con la publicación de sus fanzines que distribuía por Capital Federal o mandaba al exterior para que se supiera que en Argentina se estaba haciendo algo por los animales. “Al poco tiempo empecé con mis primeras canciones, las metía en un fanzine que se llamó Insanity Beer. Y unos amigos de Campana habían formado una banda que no tenía nombre ni cantante. Yo paraba con ellos y un domingo me fueron a buscar y me invitaron a cantar. Agarré un par de escritos y ahí empecé: me cerró todo. Era el año ’89.”

FANTASÍAS ANIMADAS

Anesthesia debutó el 8 de abril, el Día mundial del Medio Ambiente, en el teatro Coliseo de Zárate. Nekro cuenta cómo era el sonido de la banda: “Fue una conjunción de la música de los chicos más mis arreglos vocales, porque lo que yo había escrito no entraba siempre. Hicimos una banda: ellos sonaban de una forma y conmigo sonaban de otra manera. Si bien me gustó lo melódico, porque tengo esa escuela de mi madre, Favio o Sandro, tengo también una parte muy extrema. En mi barrio no nos decían los thrasher ni nada de eso. Eramos los chacales porque lo que hacíamos era más que heavy”.

La banda era un tanto errática y no tocaba mucho en vivo. Cuando fueron a registrar el nombre ya lo tenía alguien de Córdoba. Entonces pasaron a llamarse Fun People, como el nombre de un fanzine de Nekro muy popular en la escena.

Hablar de Fun People es referirse de una de las bandas más gloriosas del under nacional. Y lo que los hacía tan relevantes era la personalidad de Nekro como cantante, las letras con mensaje claro (anticlerical, antifascista y a favor de las libertades individuales: para él son todas canciones de amor) y la inclusión de sonidos que sobrepasaban el hardcore y el punk, que eran los géneros por los cuales se hicieron conocidos. Sacaron cinco discos (Anesthesia, Kum Kum, Todo niño sensible sabrá de qué estamos hablando, The art(e) of romance, y Angustia no, no), aunque su obra maestra fue Kum Kum de 1996: “Por esa época vivía en una casa ocupada y había dejado el trabajo. Quería dedicarme a tocar y crear y trabajando se me complicaba. Además habíamos empezado con las giras. Que me gustaban porque era cuando podía comer mejor que en mi casa. Tenía una novia que robaba comida de su casa y me la llevaba. En ese estado yo tenía mucho tiempo para escribir. Lo grabamos y en pocas semanas ya lo teníamos terminado. Lo hicimos con un buen técnico, Ricky Villagra, y en un estudio re copado. Le pusimos mucho huevo, mucho tiempo. Cuando lo terminamos de grabar caí enfermo porque estaba tan concentrado que cuando terminó era como si se me hubieran agotado las defensas. Por ese disco pudimos hacer nuestras primeras giras internacionales”.

Cuando se terminó la experiencia de Fun People, Nekro quería seguir tocando, por supuesto. Pero le parecía muy fuerte salir con su nombre: “Yo había hecho un comic donde uno de los personajes se llamaba Boom Boom Kid. Un homenaje a Ray ‘Boom Boom’ Mancini, un boxeador de los setenta. Y después yo ya conocía a The Cramps y el guitarrista se llamaba Kid Congo Powers. Entonces dije qué buenos esos nombres y los repetía: era como sincopado. Y de ahí salió Boom Boom Kid. Y desde ahí apreté el acelerador y no tuve control”. Y así fue, empezaron a grabar discos y a tocar y a girar, literalmente, por todo el mundo. Boom Boom Kid arrancó con ese vuelo de cantante en plan solista pero que salió de una banda: “Antiguamente primero te sacaban un single y si funcionaban luego largaban el long play. Quise seguir como ese juego. Estuve como un año y medio sacando singles. Y después saque el Okey dokey en el 2001”.

Lo único feo es no tener por qué vivir, Con el proyecto de Boom Boom Kid, y por Ugly Records: su propio sello, salieron discos de estudio, discos compilatorios, sencillos, vinilos, libros, fanzines y videos. Una bestialidad. Cada uno de ellos, como todo en la carrera de Nekro, fueron hechos de manera independiente. Pero no se siente cómodo con esa palabrita: “No levanto la bandera de la independencia porque nunca levanté ninguna bandera en mi vida. Yo quise hacer mis cosas sin preguntarle a nadie cuándo tengo que comer, ni que nadie me patee el culo para salir de gira. Yo tuve oportunidades de firmar contratos en otro momento y no voy a firmar para trabajar para otra persona con música, que es lo único con lo cual yo me siento tan libre. Hice mis concesiones, pero siempre hice lo que quise cuando tuve que firmar algo. Toco y salgo, nada que me ate de por vida”.

Antes de que se ponga el casco para perderse en la noche con su Vespa, una pregunta más: después de 25 años de carrera, ¿siente que tiene su lugar en los libros de historia del rock argentino? “Yo estoy bien con lo que hago. No quiero pertenecer a un lugar. No me interesa”, dice. “De hecho, yo no soy argentino, soy un ciudadano del universo. Mi ruido, la música que hago es universal. No me preocupa tener o no un lugar en el rock argentino, me preocupa estar bien y que mis amigos estén bien.”

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