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Domingo, 2 de enero de 2011
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Mis mascotas

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con su primer triciclo, a los cuatro años

Soy hijo único. De chico, como compañía, tenía mascotas. Tenía un gato y un ratón. Es difícil creer que tenía esos animales –puede explicar un poco de lo que soy–. Un pequeño ratón blanco, Gladys. La llevaba a la escuela y hablaba con ella en la clase de francés cuando se ponía aburrida. La alimentaba con mi almuerzo y mi cena y volvía a casa con el bolsillo lleno de mierda de ratón. La mierda de ratón no importa. Es dura y redondeada, no tiene nada pegajoso ni asqueroso. Gladys era verdadera y confiable. Rara vez sacaba la cabeza del bolsillo para exponerse a la muerte instantánea. Pero mi madre Doris mató a Gladys y a mi gato. Mató a todas mis mascotas cuando yo era niño. No le gustaban los animales: me amenazaba con matarlos y lo hacía. Colgué una nota de la puerta de su dormitorio con un dibujo de un gato que decía “asesina”. Nunca la perdoné por eso. La reacción de Doris fue la usual: “Callate la boca. No seas tan blando. Meaba por todas partes”.

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