Podemos aprender tanto de un experimento que no sale bien como de uno que sà funciona. No debemos evitar equivocarnos; más bien, es una práctica que deberÃamos cultivar y fomentar. Es una lección de la ciencia que podrÃa beneficiar no sólo la investigación sino al diseño, a los deportes, la ingenierÃa, el arte, la vida en general.
Un gran diseñador gráfico genera un montón de ideas sabiendo que la mayorÃa terminarán siendo desechadas. Lo mismo ocurre con los arquitectos, escultores, microbiólogos. ¿Qué es la ciencia después de todo si no una manera de aprender de aquellas cosas que no funcionan, de nuestros propios errores?
Esta perspectiva sugiere que deberÃamos aspirar a triunfar al mismo tiempo que nos preparamos a aprender de una serie de errores.
Pero hoy en dÃa el fracaso no es tan noble. En la actualidad, el error no es considerado ni por asomo como una virtud. Es, en cambio, un signo de debilidad, un estigma que prohÃbe segundas oportunidades. A los niños se les enseña que equivocarse conduce a la desgracia, que uno debe hacer todo lo que tiene al alcance para triunfar sin equivocarse.
Asociada a la idea de aceptar el fracaso está la noción de romper cosas complejas para hacerlas mejor. A menudo, la única forma de mejorar un sistema complejo es probarlo hasta sus lÃmites forzándolo a fallar. Por lo general, los ingenieros testean un programa informático haciendo todo lo posible para colgarlo. Los grandes inventores tienen tanto respeto por romper cosas como los cientÃficos tienen paciencia para lidiar con los errores. Ellos lo saben: fracasar es un camino más al éxito.
Kevin Kelly es el cofundador de la revista Wired. Es autor del reciente y magnÃfico libro What Technology Wants (Lo que la tecnologÃa quiere).
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