Celina "Queca" Zeigner de Kofman trazó la huella de su búsqueda desde el 18 de junio de 1975, cuando el Ejército bajó de un colectivo en una ruta de Tucumán a su hijo menor, Jorge. Fue fundadora de Madres de Plaza de Mayo primero en Concordia y luego en Santa Fe, adonde se mudó en plena dictadura a pedido de su amiga Alejandra "Cuqui" Ravello para acompañarla en los primeros pasos de la Asociación y también para estar más cerca de otro de sus hijos, Hugo, que habÃa sido cesanteado por la Universidad Nacional del Litoral. Con su pañuelo blanco, sus 90 años recién cumplidos y aunque deba caminar con andador, Queca es infaltable en cualquier lucha que la convoque. Allà estuvo, como siempre, el 24 de marzo en la Plaza del Soldado de la capital provincial, encabezando la marcha del DÃa por la Memoria, Verdad y Justicia. Hace planes para presenciar el juicio oral por el Operativo Independencia, que tiene a su hijo entre las 270 vÃctimas. "Quiero que la gente joven me acompañe al primer dÃa de audiencias", adelanta. En marzo se festejaron sus 90 años. Con su voz gruesa, en la que se cuelan años de docencia, Queca se emociona al recordar la fiesta que le hicieron entrerrianos y santafesinos, y a cada momento recuerda que su pañuelo blanco la convierte en "madre de los 30 mil", no sólo de su amado Jorge.
La casa de Queca está en Barranquitas, un barrio de casas bajas, con unos pocos árboles en sus veredas, tirando al oeste de Santa Fe. Al entrar por un garaje, lo primero que llama la atención es la proliferación de fotos, cuadros, recuerdos y los homenajes que le hicieron. En la mesa ratona del ingreso hay una foto grande su hijo Jorge, con la leyenda "Hipicito", el nombre que adoptó como militante del Ejército Revolucionario del Pueblo. Al lado hay un cuadro del Che. "Jorge era fanático del Che", dice ella. En el living comedor, sobre un mueble largo también repleto de fotos se ve a los hijos, las nueras, nietos y los seis bisnietos. Cada imagen tiene su historia, y ella las desgrana. Entre tantos retratos, se la ve con el poeta nicaragüense Ernesto Cardenal. "Lo vi en Rafaela, adonde fui con mi hijo Hugo. Le dije que cuando el ejército sandinista liberó Nicaragüa, sentà que eran nuestros hijos y Cardenal se puso a llorar", relata. También se la ve, en otra foto, abrazada con el presidente uruguayo José Pepe Mujica.
Sentada en el living, acompañada también por Lucila Puyol, militante de HIJOS Santa Fe, Queca asegura que siempre acompañó la militancia de sus hijos. Y es fácil creerle. "Los entendÃ. Los tres eran militantes, yo no era militante pero tenÃa esa formación socialista de mi padre, de mis abuelos. Estaba de acuerdo, pero yo estaba dedicada a la escuela, a los chicos, tenÃa una escuela muy grande que me absorbÃa todo el dÃa", rememora los tiempos previos a la desaparición de Jorge, que cambió dramáticamente su vida. Empezó como maestra rural en una escuela ubicada a 50 kilómetros de Concordia. Allà vivió, y allà hicieron la primaria sus tres hijos, Héctor, Jorge y Hugo. "Cuando Héctor, el mayor, necesitó empezar la secundaria, pedà traslado a Concordia", rememora esta mujer nacida en 1924.
En 1975 estaba en condiciones de jubilarse pero decidió seguir trabajando. Era directora de la escuela Belgrano de Concordia. "No querÃa jubilarme porque mis hijos estaban todos estudiando, Hugo en Santa Fe, Héctor, que también estuvo clandestino y el menor, que está desaparecido todos estudiaban. Estábamos mi marido y yo solos, él trabajaba también, era agricultor. Entonces yo decidà seguir trabajando. HabÃa hecho el curso de la Alianza Francesa y el dÃa que me recibà me nombraron profesora en primer año. Alcancé a dar una sola clase y me avisaron de la desaparición de mi hijo", cuenta los momentos previos a esa llamada que cambió su vida.
Apenas recibió el llamado de Tucumán, Queca viajó a reclamar por su hijo. Excluye cualquier ingenuidad en su relato. "No hay palabras para describir lo que fue Tucumán en el año '75. Primero, habÃan eliminado muchÃsimos abogados. Conseguimos uno, Angel Pisarello, que después también lo mataron. En la sala de espera del estudio de Pisarello conocà la primera Madre, era la madre del soldado Ledo, Marcela Brizuela de Ledo. Estábamos conversando ahÃ, esperando el turno para hablar con el abogado. Eran puras madres de Tucumán con quienes seguà trabajando después. Ella me contó que estaba desesperada", dice Queca y trae en tiempo presente el diálogo de entonces.
-Falta mi hijo. Estaba haciendo el servicio militar en La Rioja y lo llevaron a Tucumán. Está bajo las órdenes de (Raúl) Milani y hace dos semanas que no puedo comunicarme con él -dijo Marcela, mientras lloraba sin parar y preguntó: -A vos ¿quién te falta?.
-Mi hijo, pero hace un año y pico que lo vengo buscando- respondió Queca.
-Un año y pico, me muero, me muero si no lo encuentro en un año y pico- respondió Marcela de Ledo.
Tras el recuerdo, Queca hace un salto: "Después nos encontrábamos en la sede de Madres y ella me decÃa: 'Pasó un año, pasaron dos, pasaron tres, pasaron cuatro y estoy luchando'".
Por estos dÃas tiene dificultades para ir a las reuniones semanales del Foro por los Derechos Humanos debido a los problemas de cadera, pero Queca se las ingenia para saber qué pasa a través del correo electrónico. Lee los resúmenes todas las semanas en la computadora. "Leo Página/12 y una vez a la semana ClarÃn, que compraba desde que salió. Entonces, lo compro para escuchar dos voces y saco mis propias conclusiones", dice.
Sigue de cerca la causa por el Operativo Independencia, abierta en 2012 por el juez Daniel Bejas, que tiene 16 procesados y 270 vÃctimas. La semana pasada, los fiscales Pablo Camuña y Patricio Rovira pidieron que la ex presidenta Isabel MartÃnez de Perón sea indagada por ese operativo iniciado en Tucumán el 5 de febrero de 1975. Allà estaba Jorge Kofman, y viajaba hacia Córdoba, para conocer a su hija Sabina, recién nacida, cuando fue secuestrado en la ruta.
La búsqueda de Queca en Tucumán fue peligrosa también. "El abogado Pisarello, que fue la persona más maravillosa que conocà en mi vida estaba muy preocupado por Hugo, mi hijo del medio, que nos habÃa acompañado. DecÃa que habÃa que sacarlo urgente de Tucumán porque corrÃa peligro", relató sobre aquella búsqueda. "Después, el abogado se enteró de que en Famaillá habÃa un campo de concentración, la Escuelita, y me dijo que tenÃa algunos datos. Nos mandó a un bar, para que le lleváramos una carta a un tipo. Cuando llegamos ahÃ, y le entregué la carta, el hombre se fue corriendo a la escuelita de Famaillá, ya que tenÃa el bar a una cuadra", rememora Queca y hace un paréntesis para que el relato tenga sentido. "Nosotros somos de origen judÃo, pero mis abuelos, mi padre y yo fuimos socialistas siempre, asà que no les hicimos la circuncisión a los chicos, que es el bautismo que algunos hacen, cuando son religiosos", aclara para seguir con lo ocurrido. "El hombre que habÃamos contactado entró sin problemas a la escuela de Famaillá. Volvió y me preguntó si éramos judÃos o no. En ese momento, yo pegué un salto que mi marido ahà casi se muere, y le dije que ahà estaba mi hijo, porque si no, cómo me hubiera hecho esa pregunta", continúa el relato. "Me fui corriendo y ya a la mitad de la plaza me pararon con dos carabinas, una acá y otra acá (se señala los dos costados del cuello). Me dijeron que podÃa llegar hasta ahà nomás, me preguntaron qué querÃa". Queca no se quedó callada. "Mi hijo está ahÃ, yo lo sé, tengo certeza", les contestó. La respuesta fue contundente: "No puede dar un paso más, vuélvase porque si no vamos a tener que actuar". Queca se acercó al tejido alto, de dos metros, que rodeaba la Escuela por la que pasaron unos 1.500 desaparecidos. Rogó que la dejaran ver de cerca la escuela para sentir a su hijo porque sabÃa que estaba allÃ. "El tipo me dijo que no tenÃan a nadie, y resulta que tenÃan llena la escuelita de Famaillá", se indigna. "Llegué hasta el tejido y otra vez me apuntaron. Me amenazaban con tirar. Entonces yo pegué un grito tan fuerte que yo no sé si lo habrá sentido, Jorge, grité yo, ay no sé, nunca voy a saber si lo sintió o no", sigue el relato.
En ese preciso instante, Lucila Puyol no puede contener las lágrimas. Queca hace un alto y la reta con tono maternal: "Quedate quieta porque si no...Que yo me mantengo todavÃa". Queca se rÃe con sus ojos claros, pequeños, y la consuela: "Si vos has vivido lo mismo". Lucila tenÃa diez años cuando su padre, Norberto Puyol, fue asesinado en Córdoba, en diciembre de 1976.
-¿Cómo se lleva con la gente más joven, con HIJOS?
La voz de Queca se dulcifica. "Es un amor" Tuve problemas dentro del Foro, que se dividió después, porque no querÃan que hablaran las Madres ni los Hijos en un acto del 24 de marzo. Y yo me quejé: A los hijos les vas a negar la palabra, un lugarcito en un acto?".
Además de dedicar sus dÃas a buscar a Jorge, a Queca le tocó durante aquellos dÃas de terror quedar un tiempo a cargo de los pequeños hijos de su hijo desaparecido. Alfredo tenÃa un año cuando llevaron a Jorge, y Sabina apenas habÃa nacido. Cuando pudo garantizarse que la esposa de Jorge viajara a Israel con los niños -que aún viven allÃ, ella se dedicó a formar Madres de Plaza de Mayo. "Mi nuera nos avisó antes de irse que en la Plaza de Mayo estaban caminando unas mujeres que tenÃan los hijos desaparecidos. Averiguamos y mi hijo Hugo fue el primero que se contactó con ellas. Apenas viajaron mi nuera y los chiquitos, yo me incorporé", cuenta. Ya no integra la Asociación Madres de Plaza de Mayo de manera orgánica. "Me fui hace doce años, cuando las Torres Gemelas, por esa diferencia, y la ETA, que Hebe de Bonafini hizo unas declaraciones muy malas, muy feas, y ya se habÃan ido muchas madres, muchas madres", dice Queca, sin entrar en más detalles.
Queca no habla de sueños individuales. Los suyos son colectivos, fiel a la manera que construyó su vida. "Lo que nosotros aspiramos es traspasar a las jóvenes generaciones los sueños y proyectos de nuestros hijos. Es un sueño inconcluso que estoy segura que las jóvenes generaciones, junto a Hijos, familiares y todos, van a seguir adelante con ese sueño, esto se construye con trabajo permanente y militancia permanente", dice consciente, como dice entre risas mezcladas con la toz que le provoca un resfrÃo: "Con las Madres de la Plaza 25 de Mayo de Rosario tenÃamos mucho contacto. Ahora creo que quedan dos o tres nomás, que están como nosotras. Somos una especie en extinción".
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