Puede pensarse el film de Paulo Pécora desde la imagen de un laberinto circular, cuyo centro despide hacia fuera, mientras el afuera nos devuelve al adentro. Una suerte de atracción/repulsión desde la que vamos y venimos. También desde sus imágenes surgirá el desdoblamiento, el espejamiento: la historia que encuentra su reflejo, parecido pero distorsivo.
De manera tal que El sueño del perro puede ser obra del dormir animal, aunque también del soñar humano. El quién sueña a quién nos devuelve a las páginas de Alicia y su preguntar sin respuestas. El perro que sueña ser hombre, el hombre que sueña ser perro. Un desdoblarse que conoce una simetrÃa entre lo que ocurrió, lo que ocurre, y lo que podrÃa ocurrir.
Todo ello no nos es explicitado de maneras claras, sino que el film de Pécora suma fragmentos de sà de modo gradual. Nos aporta momentos que conforman, de a poco, un fresco más vasto, que el agua del rÃo lleva y acompaña y revuelve. Es el rÃo Paraná el que hilvana los lazos temporales, mientras el protagonista mira su orilla, dispuesto por fin a cruzarlo para irse a otra vida, más nueva.
Protagonista también escritor, que teclea las palabras que la voz en off, de niño, nos recita. Palabras que reencontramos en la lectura del libro deshilachado que escucha el abuelo moribundo. ¿Cuál es la historia de este niño, de este abuelo? ¿Quién lee a quién? ¿Quién escribe, quién lee, quién escucha? (¿Quién sueña?) ¿Las palabras surgen de dónde, hacia dónde, con cuál nexo?
Mientras la sensación de reiteración, de elementos recurrentes, de imágenes similares, nos provoca, el film nos hablará -pero sin palabras del dolor de este hombre que lame sus heridas como un perro, que supo del amor feliz y de la niñez recuperada en su niño. Lo que escribe -o lo que se lee, o lo que se nos dice está allà como bisagra, como lugar de encuentro entre este haber sido y el querer ser y lo que podrÃa haber sido. Como el agua del rÃo que corre siempre, palabras que continúan un curso igual de insospechado.
El sueño del perro nos hunde en su atmósfera enrarecida, de sonidos y recuerdos, con un proceder de montaje de corte onÃrico. Un niño, un perro, que aparecen a espaldas del protagonista, a punto de ser descubiertos, capaces tanto de reaparecer desde uno de los costados del cuadro cinematográfico como de desaparecer por su lado opuesto y de reaparecer nuevamente, sin orientación espacial precisa, en el marco de un juego de tiempos que pulen sus lÃmites y se desdibujan entre sÃ.
El ojo, además, es el elemento elegido por el film para invitar a deslizarnos en este otro mundo de imágenes. Un ojo, también, como el que aparece en el flip book abandonado, recuperado, con una de sus páginas como adhesivo de la lápida/cruz de madera. El ojo, en suma, como aquel corte violento que supiera asestarle Luis Buñuel para recordarnos de la existencia de otro perro, andaluz y hermoso y huidizo y rabioso.
El sueño del perro. 8 (ocho) puntos
Argentina, 2007
Dirección y guión: Paulo Pécora.
FotografÃa: MartÃn FrÃas.
Montaje: Pedro Razzari, Paulo Pécora.
Música: Marcelo Ezquiaga.
Intérpretes: Guillermo Angelelli, Mónica Lairana, Néstor Noriega, Aldo Niehbur, Marcos Sánchez, Jorge Sesán, Jorge Valor.
Duración: 96 minutos.
Sala: Arteón.
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