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Lunes, 3 de agosto de 2009
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Enemigos públicos, dirigida por Michael Mann

Otro héroe con un destino trágico

Por Leandro Arteaga
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Dillinger era un marginal carismático, que robaba a los bancos.

"Dillinger era un marginal carismático, que le hablaba a la gente desde el abismo de la Depresión. Asaltó a la institución que les hacía la vida miserable -el banco y desafió a la institución el gobierno que no pudo solucionarles los problemas", señala el realizador Michael Mann (1943) a Los Angeles Times, a la vez que delinea al personaje de su último film y, convengamos, el de todos los demás. Porque Dillinger es, también, el último mohicano que interpretara Daniel Day Lewis, el taxista que Jamie Fox encarnara en Collateral, o el Ali estoico e incorruptible interpretado por Will Smith.

Son estos rasgos los que nos habilitan a encontrar en Mann a uno de los pocos realizadores que persisten desde una mirada autoral en el cine norteamericano. A lo que se suma un nervio narrativo que apuesta al relato, a saber contarnos una historia: a propósito, uno no sabe cómo, pero de nuevo -así como en Fuego contra fuego o en Miami Vice nos encontramos en el medio de una balacera terrible y disfrutable, trágica e irresistible.

Enemigos públicos recrea la vida de John Dillinger (1903 1934) desde un costado simbólico y, por mítico, capaz de explorar no sólo un capítulo de la vida norteamericana sino también una constante, decíamos, del realizador: las fuerzas sociales y el individuo. Dillinger desafía a su entorno mientras sabe, por personaje trágico, que no puede escapar a su destino: "no importa el origen, sino hacia dónde vamos" dice a Billie (Marion Cottillard) ante la mirada de desaire social que reciben en un restaurante aristócrata. Es a ellos, justamente, a quienes Dillinger roba el dinero, a ellos y a sus bancos.

Desde el juego de espejos que permite la simetría héroe/antihéroe, Dillinger se construye también con la figura de su opuesto, el agente del FBI Melvin Purvis (Christian Bale). Entre uno y otro sintetizan el vaivén de la película, más un J. Edgar Hoover (Billy Crudup) que, desde su construcción mediática y reaccionaria, perfila uno de los engranajes letales para la espía de la vida cotidiana: el FBI.

En este sentido, el Dillinger de Mann se sitúa como personaje casi obsoleto, en el enclave que significa la irremediable invasión social financiera, tanto desde la especulación bancaria como desde la mentalidad criminal, sujeta ahora a cálculos contables que sustenten una empresa del fraude. Otra vez el espejo: la central telefónica espía del FBI /la central telefónica clandestina del juego organizado. La burocratización alcanza a los dos bandos: ladrones detrás de escritorios mientras Dillinger todavía roba bancos a la vieja usanza, con música que evoca aires de melodía country (y la voz única de Billie Holiday que sabrá también dónde aparecer).

Es por ello que el título mismo del film puede entenderse de manera ambigua, y no sólo como parte de la prédica mediática y su sensacionalismo bufón. Más aún desde lo que significan Edgar Hoover y su cinismo, presentes de una u otra manera en la vida política de aquellos y estos años.

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