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Lunes, 11 de febrero de 2008
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Valijas vacías

Por Sonia Catela
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Quién no sospecharía al ver que presenta como todo equipaje esa valija enorme y hueca. Ni un zoquete. O un libro. Un souvenir. ¿Llega de Miami sin siquiera el menor electrónico falso? Pero de qué acusarlo.

Intercambio de señas codificadas entre los custodios: alguien lo seguirá, subirá con él (que es argentino pero radicado en EE.UU) al ómnibus Tienda de León, bajará en Rosario cuando el viajero, de apellido Maidana, enfile por avenida Pellegrini y se largue a caminar con su enorme valija vacía. El que lo vigila se comunica con la central de Ezeiza, informa que el sospechoso acaba de entrar al Museo Castagnino, respondiendo a un eventual plan de robo de telas valiosas, pero a Maidana le impiden pasar con la maleta, debe consignarla en el depósito, lo que lo disuade de la visita; desanda los escalones, avanza en dirección al río, al puerto quizá; probablemente se apreste para la recepción de una entrega ilegal; cada paso que da le carga sospechas sobre la espalda como la hormiga que lleva un peso excesivo para su complexión. En Pellegrini y San Martín, Maidana se ubica en el escalón de una cafetería cerrada y abre la valija al paso de la gente. No imagina que se lo espía. La correntada humana responde a la boca de cuerina abierta, pedigüeña aunque no ostente cartel; la primera mujer arroja unos centavos dentro de la maleta, otros la imitan; mientras Maidana se distrae buscando un helado como almuerzo, un transeúnte se libera de la cáscara de banana que le sobra y alimenta la valija, atrayendo moscas y a un pibe que fisga y levanta las monedas acumuladas; Maidana espera, dormita, repara que le han colocado en su bagaje centenares de poemas tipiados en una máquina de escribir Olivetti; lee líneas al azar; pero no retiene los papeles cuando el viento norte los desparrama y se ensaña con sus voces remanidas. Él espera como si el paisaje le debiera algo, o le hubiera hecho promesas, una invitación imprecisa. Pasa la noche, alcanza a sorprender al mendigo que ha aprovechado los forros acolchados de la valija para reposar; Maidana se mueve, va a interrogarlo, el viejo huye; la cáscara de banana pegada a su culo se desprende y cae sobre las baldosas.

Pero ¿qué hace este tipo? el que lo vigila piensa que sólo un medio loco puede alojarse a la intemperie, en medio de la multitud, sin bañarse ni mirar tele; pero lo mismo telefonea y pide refuerzos; los destacarán de la policía local. Enfoca los prismáticos para individualizar lo que se deposita dentro del receptáculo abierto por el sospechoso.

Allá se suceden papeles de caramelos y las pequeñas limosnas, una medallita de la Virgen Desatanudos, boletos agotados de ómnibus, un pañal sucio, cosas que aparecen y desaparecen.

De antemano, Maidana sabe que la enorme maleta le atraerá bromas y jugarretas; se presta al juego.

Al contarse tres días y tres noches de fastidios, con la valija que se llena y vacía sin mayores novedades, "¿lo detenemos o continuamos? Continuamos, entendido", al porteño, que sigue en pie, órdenes son órdenes, lo derrota un federalismo empobrecido, "imposible mantener nuestra colaboración con el operativo dado el tiempo que insume y la falta de efectivos", la policía rosarina lo abandona a las vicisitudes de Pellegrini donde puede dormir cómodamente en los abundantes parques y plazas, dormitar de noche beber helados de día. No ve cuando esa mano femenina mete lo suyo en la valija, con cautela que la protege del argentino quien, en su nave onírica, surca sueño tras sueño; la mano mete lo suyo y cierra la valija. Maidana cree percibir algún perfume, una vaharada de jazmín, y se despierta cuando la fragancia da vuelta la esquina. Tantea la valija. Su peso. Repasa el mensaje que recibió en su laboratorio, allá, en el continente donde lo confina su trabajo durante un tiempo que ya tiene longitud, peso, volumen, cansancio desmesurados. El mensaje dijo: "calle Pellegrini, entre las cuadras de Buenos Aires y Entre Ríos, del 15 al 21 de enero". Cuadra con su trabajo de antropológo forense, sus penosas investigaciones del pasado.

La espera termina. Esta noche se alojará en Rosario, mañana le fijará un vuelo a su pasaje abierto para Estados Unidos. Alguien se le arrima con discreción; el aduanero que lo acecha desde Buenos Aires saca una credencial, fugaz exhibición de su arma, señal hacia atrás, el zaguán donde se encolumnan dos sombras que pueden ser vigilantes. Le pide que abra la valija. Maidana no ofrece resistencia, tiende la llavecita, opera, enciende un cigarrillo, le brinda explicaciones vagas al momento en que el aduanero lo interroga, o mientras desarma el esqueleto, revuelve, se desencanta ante el contenido. Nada. Sólo huesos.

Maidana enciende otro cigarrillo. Palpa los salvoconductos que le permtirán trasponer la avalancha de inspecciones, papeles legales que dicen esto o lo otro pero firmados por quien corresponde, todo en regla y en su lugar, primer mundo que garantiza por arriba lo que desarma por abajo. El aduanero agacha la cabeza y acepta, lo traslada a la seccional y acepta. No se conforma. "Si es necesario, telefoneemos a la embajada", desliza Maidana. Lo dejan en paz.

Cuando llega al norte, a las antípodas y antes de empezar a investigar si le han consignado el esqueleto de alguien muerto en alguna tragedia política montada en mentiras, o que revela una apropiación, paternidad o parentesco indeseables para cierta celebridad rica, o la identidad de un NN que es López, recibe correspondencia. Y él, que esperaba, como si el paisaje le debiera algo, o le hubiera hecho promesas o una invitación imprecisa, rasga el sobre. Un papel reza "gracias". Y agrega el nombre de una mujer y otros datos que son cifras. Cifras de una cita. De una cita viva esta vez.

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