Caras en la cancha. Asà se podrÃa denominar la pelÃcula inédita, escrita en mi retina joven y jamás filmada. Porque, yo, antes de ser esto en quien me convertÃ, un hincha irracional, contradictorio, inestable pero esforzado en no parecerlo, fui un inocente que asistÃa a esa liturgia futbolera, aún antes, sobre una era geológica preliminar a que convirtieran a las canchas en un matadero de almas. Me llevaban soportando el exagerado cuidado que me propinaban: que no me acerque al alambrado, que no me pierda, que no me mezcle con la barra. Yo asentÃa de mal humor. Toda aquella recomendación para pusilánimes me quitaba tiempo de observación: porque iba a yo a las canchas con un destino antropológico disimulado en el fervor por una divisa. Sentado entre un mar de piernas me recuerdo mirando las caras antes que el partido. Recuerdo un gordo cuya remera no le llegaba a tapar la panza, colorado y rabioso quien, indignado por algo adverso, tiraba al piso la radio. Un flaco, con cara de rufián y de halcón, que fumaba sin tomar el cigarrillo con sus dedos, exhalando humo y moviendo el cigarrillo como una estaca solitaria paseando por sus labios. Una pareja de simios, venidos de selvas bravÃas orinaban, comÃan, todo en un rincón de la tribuna alta, caras al viento, ululando cantos de foresta. Un rubión elegante, mezclado con esa mersada seguramente a su entender, caÃdo en desgracia con su novia al tono; otro señor esférico, picado de viruelas, sordomudo que se llevaba las manos a la cabeza cada vez que habÃa una jugada riesgosa. Caras, gestos, autopartes de un todo, ensambles perfectos de la muchedumbre que vista de lejos es una nada, una sensación de quietud en movimiento de ebullición, olas de ropaje, olores, compactada como un cardúmen.
En esas caras estaba yo, pegado a sus párpados pero sin que nadie pudiera verme del todo, pues gozaba del privilegio de todo niño: la invisibilidad. Mi padre creÃa ver en mi a un apasionado del fútbol cuando le rogaba ir todos los domingos. No sabÃa de mi coto, de mi sebadero para peces que seguro la providencia me daba para que yo asista a mi pesca. Cuando crecà y ya no precisé autorización seguà asistiendo a mi ritual con la misma fe. Llevaba conmigo una máquina de fotos con el afán de simular y terminé fraguando un carnet de periodista para esconder mi hábito como quien tapa su fealdad con una careta demasiado llamativa, porque una cosa era cierta: con la pérdida de mi juventud e inocencia mucho se habrÃa de notar que era un espÃa sacando fotos en la tribuna. Temà me echaran confundiéndome con un buchón de la dictadura: el paÃs vivÃa horas dramáticas y el fútbol era el escape. Y constituÃa una sospecha ver a un tipo retratando a la gente en lugar de atletas. Revelé rostros, gestos, cuadros completos de los homos sapiens allà reunidos hasta saturar mi habitación de pelÃcula. Un dÃa y aún sin que la digital produjera la comodidad que representa, la cámara me abandonó y perdà todo fervor. Mis actos me resultaron idiotas, empalagosos al punto de retirar la cámara a un sitio escondido. Revelé los últimos rollos y guardé todo en cajas de cartón selladas. Algo me habÃa pasado, algo vergonzante y temible me habÃa alcanzado con un roce. Ignoraba que era pero me hacÃa mal. La radio sonaba en la galerÃa del pensionado, gritaba un gol de la visita. Yo debÃa estar en la cancha pero me habÃa olvidado de ir. Entonces sucedió aquello: entender el porqué del principio de mi tristeza y el final de mi juego. Una foto estaba caÃda al costado de la mesita de luz: un chico, morocho de pelo largo era llevado de los brazos y los pies alcanzado por un gas lacrimógeno. ParecÃa una fiera abatida camino al peladero. Era, también una cara. La que me condujo a las otras, las que habÃa visto en los carteles de las rondas de los jueves: caras desconocidas, desaparecidas, fotografiadas por necesidad, sin arte ni alegrÃa.
Además, en la tevé se proyectaban otras, miles de eso que denominan "Radio por teve" y que consiste en ver caras y más caras porque alguien compró los derechos, el fútbol, los jugadores, los goles pero no las caras.
Abrà una petaca y de un sorbo me tomé el contenido. Apagué el artefacto. No habrÃa más caras pero tampoco olvido.
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