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Viernes, 26 de septiembre de 2008
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Eter

Por Bea Suárez
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Ella murió un viernes. El domingo quise entrar en su casilla, devenida en una especie de unidad perdida. Me habían dado muchas ganas de conocerla aún más, investigarla, saber sobre eventuales errores tipográficos, sus contactos, las pavadas que hubiera podido escribir, los millones de artículos recibidos desde cualquier cosa punto com. Fantaseé con leer lo eliminado, elementos que hubieran pasado de posibles a prescindibles. Me sedujo la posibilidad de entender porque había descartados por tal cosa o guardados por tal otra; ir a la libreta de direcciones, ser sensible ante su acopio de nombres.

Me levanté temprano, probé una contraseña lasdosolas, por dos olas que pudieran inspirarme y por la soledad alguna vez compartida.

Es natural que no se abriera. Entré a las ayudas, llegué hasta su palabra clave y decía así: es para tocar.

Empecé a probar en el éter de Internet. Instrumentos sueltos, muchas combinaciones. Guitarra, flauta, guitarrayflauta, flautaperonoguitarra, púa, clarinete, fagot, tambor, violín con acento, violín sin acento, pianoapunto, trompetaconsordina. Estas palabras me consolaban, habían pasado 48 horas de su muerte y estaba yo entretenida.

La máquina ahí, ella gritando.

Era un aguilucho herido en los primeros dos días sin plumas.

De repente el corazón me latió de prisa, pareció que abría, había puesto pentagramaquetesalvadelgeniol. Pero no.

"¿Ha olvidado usted su contraseña?".

No, no, no la he olvidado, ella la ha olvidado, o la contraseña la olvidó.

Me vi rastreando en una memoria común que hubiéramos podido tener y en la que mis conceptos, mis tocares, fueran los mismos que los de ella. Reconocí ansias notariales en la búsqueda, una escritura común sobre la propiedad de las palabras.

Después advertí que su pregunta clave podía remitir a muchas cosas, que si es por tocar se puede tocar una zamba. Probé con lapobrecita, lalópezpereyra, ladelcantorenamorado, lasambadeunanotasola que una vez tocara en un fogón frente a gente que no entendía bossa nova y que sin embargo la aplaudió en una noche cordobesa donde la inmensidad vacía de los cerros había hecho cielo, mientras su voz achicaba la desdicha.

Seguí con chacarera, cueca, vals. Estuve horas inventando lo inventado por sus hermosas manos, lo tipeado, lo intuido. Una pregunta con dueña. Pretendía estar libre de mí para ocuparme de ella, del estado práctico que hubiera podido llevarla a elegir esa. Esa palabra necesaria para hacer de Hotmail una casa. Una casita, una casilla con llave de letras y cerradura de enigma fresco. Un lugar inconcebible también.

Después me acercaba a la pantalla como a verla morir.

Porque murió conmigo, yo a sus pies, mirándola y ella mirando hacia la derecha. Murió inclinada. No tan inclinada. Nadie nunca va a tener el ángulo justo y la medida del amor deslumbrante que me permitió mirarla hasta que se fue y cambió de color, pasó de blanco asustado a pálido curioso. Y no pude ver de dónde salió la muerte.

Pensaba, pensaba en qué hubiera podido tocar y mi desesperación llegó cuando advertí que se ampliaba a piel, pelo, manos, hijos, hijos reconocidos, hijos propios, billetes, toallas secas, basura sin futuro, oro elemental.

Acepté que su pregunta era una clave salvaje.

Probé con novio, marido, control remoto.

Pasó el día. Anocheció y yo ahí dándome cuenta que el mundo entero es para tocar, que hasta el orgullo se toca. Que se toca el tiempo y una desgracia, que lo falso se toca, lo macabro, la hiel del pollo (que tanto mi abuela odiaba), la virilidad, la lepra, un gobernador, el desasosiego de no tenerla. Esta contabilidad absurda.

Llegó la hora adecuada. Abandoné la búsqueda, me volví frenética y a riesgo de poder encontrar la contraseña para meterme en la vida de ella sin ella. Miedo a no poder curarme de eso. A lo incurable de una enfermedad que no se tiene.

Al momento que suspendí la búsqueda decidí escribirle un e﷓mail a esa casilla, la suya. Muerta, seguía siendo suya.

Sin sucesión.

Escribí sobre ese día, mi segundo de duelo, el segundo de su camino largo, el del puñal de su fuga.

Le envié. No envié. Le. Le envié al ciber espacio, ese que tal vez tenga parentesco con el sitio donde la expuso un ángel aquél mayo, el ángel que se olvidó de mi.

A partir de entonces la escribo ahí, la pienso ahí, existe ahí, en el "para"; y soy en el "de"; cuando pulso "enviar" y se escapa el texto, duro lo que ese instante, me transforma en mejor la esperanza de recibir una respuesta.

Una curiosidad de orden general es que no me devuelven ni rechazan los mensajes, no aparece failure con las cartas trituradas de cuando uno yerra la dirección y al toque el gigante conocedor de todo la devuelve Esto me pone en un fuera de riesgo.

Mis mails van hacia algún lugar, tienen destino. Y acá para la frase. Sólo llegan. Cualquier nombre es un error.

Tengo adentro la expectativa de que viva en una arroba o que la compu se la hubiese tragado. Como traga la tierra.

También pienso que no fue muerte sino cambio de domicilio.

Pagaría por recibir un o.k. como rumor de algo que no hubiera quedado clavado a los treinta y ocho. Por salir de esa soledad de pelota sin niño en la que estoy.

Daría todo lo que tengo por saber si en alguna parte hay sus ojos, sus negros ojos, color negro sencillo.

Descifrando lo mío.

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