La vida, atrapada en el viejo recurso literario del origen y el fin hace todo lo posible por existir derribadamente.
Aquella noche se mezclaba con pizza y cerveza, sándwich de jamón y fernet con cola. Todo se sacudÃa en los estómagos femeninos por el reaggetón que indicaba si los curvilÃneos cuerpos debÃan ir pa'delante o pa'trá, llamándolas a las festejantes con un "mami" cargado de una alevosÃa sexual que las ponÃa jocosas y las animaba a la exhibición de sus libertades eróticas.
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Cuando la abeja liba, la ofrenda estalla. La flor se hace abeja en el libar.
Todas bailaban en cÃrculo, alrededor de la futura esposa vestida de novia hot y con un pene forrado con media de nylon, relleno de bolitas de telgopor, incrustado en el medio de dos crisantemos que conformaban el ramo. Cada tanto habÃa una rueda de fotos en la que una a una lamÃan el pistilo con sobreactuación melosa, dejando una huella húmeda en el camuflaje que por momentos revivÃa.
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La orquÃdea trata de dar cuenta de su acontecer y es frágil a pesar de su hermosura.
Allá por las tres de la mañana todo indicaba que la literatura realista no habÃa sido invitada a la despedida de soltera. Sin embargo, la muy fascista, siempre tiene una informante infiltrada. Toda paz comienza con una paz sombrÃa.
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La orquÃdea arrastra la desnudez de sus secretos y la abeja se hace flor mientras la flor se hace abeja.
Con las piernas temblorosas por ir obedientemente pa' delante y pa' trá, y por bailar agachadita, agachadita, agachadita, cada una de las festejantes se reunió a la mesa con el grupo correspondiente.
Mientras la novia en minifalda colocaba el pene huérfano en el trasero de la suegra para documentar el tono del festejo, todas aplaudÃan encantadas por tanta libertad sexual.
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La abeja, apenas se acuerda de su ausencia inagotable. La orquÃdea cede, morada de sombra, a la fuente sombrÃa.
La irrupción traicionera ocurrió justo en la mesa más menos pensada, y a escasos minutos de que los stripers llegaran para mostrarles a las libertinas el culito redondo y la esperanza carnal. Disimulada en la única bebedora de Famoso Rincón, inesperadamente, la literatura realista vino a corromper el apogeo.
Por boca de la encubierta lacaya, la reina de los manuales, la elegida del marketing, la que se agota en su evidencia superficial, dijo que todas las profesoras de literatura son frÃgidas, para atacar a las de la otra mesa, que apenas fruncÃan el piquito cuando la futura esposa las llamaba para chupar la manualidad erótica y salir en la foto con aires de Luciana Salazar.
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Al confiar su aliento, la abeja ignora si pierde el rÃo o pierde el viento, si ella es la única que muere, si la orquÃdea es un acto de su visión.
Hasta allÃ, el encasillamiento en áreas disciplinares podÃa ser considerado como un débil esbozo del canon oficial. Que todas las profesoras de literatura son frÃgidas no es ninguna novedad, pero ya sabemos que la literatura realista no se caracteriza por sus buenas nuevas sino que repite lo mismo que todo el mundo dice, describe lo que todo el mundo ve, descubre lo que ya se sabe. Sin embargo, su vasalla dio un paso más allá: "Es cierto, boluda, todas están separadas".
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Abeja y orquÃdea retienen la existencia unánime de los nombres. Toma el lenguaje la medida de su imperio.
Fue entonces cuando la literatura no oficial comprendió que la noche era mancillada por los clichés propios de la convencional. Estuvo a punto de repreguntar, de disentir, de vomitar, pero guardó un piadoso silencio. HabrÃa sido una crueldad que la literatura maldita se hubiera puesto a desenmascarar la resignación de las nobles esposas, justo en la noche ritual en que la noviecita hot se despedÃa de la solterÃa con la esperanza de abrazar un orgasmo para toda la eternidad.
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La orquÃdea en su boca guarda una opacidad vehemente para oponerse a la literatura que pretende hacer libros como las gatas hacen nacer a sus hijos.
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