Son de Zeballos de la vuelta, cerca de la mercerÃa enorme que se alza como una torreta, en un pasillo de cal amarilla, al fondo, entre el kiosquito y la casa del pianista. Son de lejos pero viven a la vuelta: pueden ser de las estepas, pueden ser hurones, pueden ser fetos vivientes, egipcios mal terminados, adultos sin edad, momias condenadas a vagar en este valle de barrio, enfermos de tuberculosis que zafaron. Son los Hermanos Fracassi. El, más alto, domina la escena siempre andando un paso adelante. Ella, detrás, parecerÃa hacer lo imposible por alcanzarlo, siempre fea y entrazada como una indigente y esa mirada perdida en el horizonte, entre imbécil y desairada. Se llaman Salvador y Victoria y no registran padres a la vista ni familia. El mira las baldozas, como avergonzado de algo y pita y pita como si el cigarrillo le estuviera creciendo de algún lado de sus entrañas de pajarraco. Pasan, nos dejan un halo de incertidumbre y vago temor. Son los hermanos Fracasados, Los Fracassi, los que viven al fondo de los confines de la Tierra. De allà emergen y cruzan la pampa árida del invierno en Echesortu vaya a saberse para donde. No nos interesarÃa tanto si no nos hubiésemos enterado que él, según se cuenta, fabrica pelotas. Asà como suena: un auténtico pelotudo, al decir de Antonioni. O mejor dicho, trabaja en una fábrica de pelotas, allá tras Avellaneda. Por tanto, el trabajo intrigante de por sà nos llena de interés y curiosidad: él resulta ser poseedor de la llave de acceso a todos los vientos de gloria, la economÃa de nunca más tener que invertir en una, los dedos mágicos que por sus manos de enterrador pasen diariamente cÃrculos, esferas perfectas de bonanza sin él advertirlo siquiera. Un dÃa lo llamamos, le cortamos el paso. Se sobresalta como el caballo del verdulero cuando se le interpone una sombra. ¿Vos sos el pelotero? No se le ocurre a Toledo otra frase como para arrancar. El la mira a ella, parecen angustiarse y prosiguen. Toledo le tira del saco gris de franela ¡Eh flaco! ¿Vos trabajás haciendo pelotas? Danos una, ¡por favor! Se extralilimita. ¡No somos nadie, no tenemos ninguna familia! y hace que gimotea en eso que le sale tan bien. Algunos lo felicitan, a mà me avergüenza. Los hermanos Fracassi prosiguen hasta doblar por Lavalle. Una sombra de duelo, abulia y ropa triste se abate tras su paso. Luego, la anécdota queda postergada y se olvidará rápidamente. Con el paso de los dÃas guardamos otras: el chirrido de un filamento y la posterior caÃda del farol de Montevideo; un accidentado en moto en la otra ochava con derramamiento de sesos que yacen impregnados en el frontón; el olor de las glicinas extintas que acumuladas parecen aromas de velorios; los altos pajaritos migratorios que empiezan a poblar las cercanÃas de Solano; mi primer aplazo festejado como la caÃda de Roma y mi ignominia posterior de ser convocado para un acto bailoteando una canción de la Walsh. A Sastre se le cayó un diente y su papá es dentista por tanto imaginamos extrayéndolos del pozo donde van a parar todos los nuestros; Dieguito sorprendió a su mami desnuda y le gustó y a nosotros más aún cuando lo contó, el sodero se hizo comunista y a mi papá parece que lo echaron del ferrocarril. Los dÃas son una acumulación venturosa de frases pero no sucede nada. Hasta una tarde. De esas en que el sol está violeta y se pone rojo a la par de la luna y en un momento no se distingue más nada. Luego la luz alta del primer mercurio lo emparda todo y parpadeamos de gozo como conejos y leve angustia ante el hecho: es hora de regresar a nuestras respectivas cavernas. Viene Toledo. Trae una pelota nueva bajo el brazo. Se sienta en el cordón, escupe sobre ella bendiciéndola. Habla. Me la dio el flaco de los Hermanos Fracasados. VenÃa de hacer un mandado y me llama de su pasillo. Cuando llego sostiene con una mano al perrazo que me querÃa comer y que le estaba asomando el hocico por entre las piernas y con la otra me da esta. La hacemos girar a la luz eléctrica: no es gran cosa, pertenece a la de los humildes, es finita, casi transparente pero apreciamos el gesto. Resultó un grande el tipo, deduce José. Hay adultos buenos, completo yo en resabios de cuento edificante.
Al otro dÃa MarÃa, la costurera que cose para la mercerÃa de los judÃos nos viene con la novedad que esa pelota amarilla que tenemos la estaba comprando el Flaco justo cuando ella estaba haciendo la entrega. No trabaja en fábrica de pelotas alguna, limpia el pabellón del hospital y a veces se queda dentro postrado unos dÃas por algo en los pulmones.
¿Pero como?, nos preguntamos.
Porque hay gente buena, alargo yo cerrando el cuento. En esos dÃas todos volvemos a creer un poco más en esta humanidad podrida con la que nos tocó rozarnos.
Y ello nos conmueve, esa mÃsera proporción de luz nos absorbe la pena.
De allà en más habrán de ser Los Hermanos Valientes. Desaparecen. Al tiempo solo ella pasa caminando.No nos atrevemos a decirle nada. Salvador se ha muerto de tuberculosis y lo velan angelitos que imaginamos parecidos a nosotros.
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