"...respetaba la literatura hasta confundir el destino de ésta con el de la humanidad..."
Simone de Beauvoir. La fuerza de las cosas.
Rosario iluminada por el verano. Una ciudad que ha sufrido mucho, más que su gente.
Desde el rÃo no se la veÃa y desde las calles él no existÃa.
En los años ochenta cuando unos cuantos vinimos desaparecÃan circunstancias y la canción era estafada con agregados poco culturales en el innombrable local de calle Córdoba y Moreno.
Enorme, el edificio policial frente a la plaza San MartÃn desparramaba
viento con custodia y alguna vez una guitarra sonaba en el anfiteatro, casi nunca.
El Monumento era el reverso del agudo interés por cantar marchas y su colega ausente, el Parque España, ni asomaba en los atardeceres fieles. La barranca céntrica tapada por tapiales para ni siquiera advertir el navegar de una canoa democrática, calles cerradas, Florida siempre sucia, ni Rambla Cataluña ni Fluvial con cervezas ni Granja ni infancia ni JardÃn. Rosario, la de los niños olvidados.
Aceptar ese orden (vinculado a condicionamientos para la felicidad y la expansión) me resultaba lo peor.
TenÃamos años de escuchar con los auriculares de la dictadura y, aún a riesgo de atribuirle, Rosario me gustaba.
Entre mocasines, pelo corto y cupos universitarios la ciudad flotaba sin poder hacer pie entre otoños fascistas, pactos sin base, guerras no fotografiadas y sombras de la China.
La escritura en exilio nos daba con un caño pero en resistencia romana algunos principios debieron haberse conservado pues el después, la explosión que dio la hierba recuperada fue hermosa. Tal vez fantástica.
Asà empezó a correr una herencia republicana, el voto dormido con el rÃo y nosotros en la peñas perdiendo el miedo y ganando rigor de pétalo y naranja.
Rosario dejó cierta moralina inmóvil y empezó a aprovechar los bienes del mundo.
No sé exactamente cómo fue ni cuándo pero dejamos su cuerpo de huesos e hipotálamo y la vimos convertirse en papel precipitado lleno de verdades generosas en sus labios mas carnosos que nunca.
Quizás dirÃa con Simone de Beauvoir que fue la fuerza de las cosas, un amor polÃtico o un Dios enloquecido en el paÃs apurado por devolver el producto de un robo.
Lo que tachaba por fin se fue.
Hoy explota de pentagramas y el derecho a perturbar vive en museos y
empedrados.
Todo es color y sugerencia directa al alma, edificios ilustrados con murales de pintores locales, congresos, cantantes, recitales, pianos, lecturas y encuentros han devenido sus secreciones naturales.
Quizás rodó ella y nos hizo aterrizar mejor entre palmeras y oroños. O alguien la condimentó con ajo desde Alberdi hasta Villa Diego.
O se cayó mucha inquietud desde lo alto, pero Rosario brilla como aceitunas en el frasco de las picadas mas veraniegas.
Ojalá no se cometa un error demasiado pronto para poder seguir disfrutándola.
Ahora que sus silbidos financieros se han mezclado con poesÃa.
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