No resulta demasiado arbitrario unir en una lÃnea los nombres de John Cage, Marcel Duchamp y Alain Resnais. HacÃa mucho que no me aproximaba a sus obras. Es posiblemente por mero azar, ese que nunca podrá abolir un juego de dados, que me he reencontrado con ellos. No sé si resultará necesario repetir que soy un profano interesado, alguien que se enamora y conmueve frente a todo aquello que apenas conoce. Cage (1912 1992), Duchamp (1887 1968), Resnais (1922) le siguen pateando el hÃgado a sabios conocedores del lenguaje musical y también a otro tipo de personas que se encuentran imposibilitados de aceptar aquello que no entienden, que en realidad no quieren entender.
La razón, la misma que engendra monstruos, no tiene demasiada importancia en los asuntos del amor. Y me refiero al amor de un ser humano por otro ser humano, aún en aquellos que se ponen trabas a sà mismos; digamos como el amor que se tuvieron Sartre y Simone de Beauvoir, en el cual se prometieron una sinceridad absoluta, lo que parece que cumplieron al pie de la letra. Por cierto que sufrieron como cochinos y si bien no siempre lo dijeron abiertamente, lo insinuaron, y en algunos momentos transformaron ese dolor en lo que les evitaba, aún cuando solamente un poco, ese sufrir, trasladaron las cosas a lo que escribÃan, es decir querÃan hacer del sufrir una forma de la literatura. Muchos censuraron el libro aquel en que la mujer pintaba los últimos dÃas (que fueron mucho más que dÃas) en esa obra titulada "La ceremonia del adiós" que resulta ser "un conmovedor y desolado retrato del declive fÃsico de Sartre". Quienes ignoran ciertas formas del amor, por no decir todas, pueden tener a mano el libro que Hazel Rowley les dedicó y cuya primera edición data del 2005.
Si he dicho que esas obras, quiero decir las de John Cage, Marcel Duchamp y Alain Resnais, me conmueven y he hablado de amor, es, quizá porque ese es el tema justamente de un film de Resnais que trata de las palabras que habÃa en griego para designarlo y como aparecen en las traducciones tanto del antiguo como del nuevo testamento. Para muchos ese film cuyo montaje les produce aburrimiento, es una tonterÃa, de la misma manera que sostienen que lo de Cage es una estupidez y lo de Duchamp insoportable. Debemos respetar esas opiniones, porque el respeto hacia los ideas de los otros es algo que he tratado de practicaralo largo de mi vida y no sé si lo he logrado, y además porque esas acres censuras afirman mi alabanza y el sentirme conmovido cuando me aproximo a ellas. Esas discusiones son con amigos a los que quiero mucho, por lo cual puedo escribir lo que escribo sabiendo que ellos sonreirán y en todo caso me pondrán en la misma lÃnea de insoportabilidad que Cage, Duchamp y Resnais. Por cierto que no merezco de manera alguna tal compañÃa, pero si llamar a la memoria para recordar a dos pensadores del siglo veinte por los cuales experimento una admiración sin reservas: Erich Kahler (1906 2000) y Eric Hobsbawm, nacido en 1917 y por lo que sé está aún vivo. Los dos son ante todo historiadores, pero sin duda su sabidurÃa abarca todo lo concerniente a lo humano.
DirÃa que los representan al humanismo en aquel viejo sentido que le dábamos hasta la aparición de dos libros indispensables, uno de Jean Paul Sartre y el otro de MartÃn Heidegger, por qué es por ese tiempo que Eugenio Imaz al comentarlos nos habla de la crisis semántica inevitable en los tiempos difÃciles, que parecen haberlos sido todos, por lo cual resultaba necesario dar un nuevo sentido al humanismo. (Desde hace bastantes años ha surgido una lÃnea de pensamiento en la cual el humanismo es negado con acritud, incluso por quienes, paradójicamente, nosotros verÃamos como humanistas). Volviendo a los dos historiadores que hemos mencionado, la diferencia no va más allá que uno es Eric y el otro Erich, la silenciosa "h" por lo menos para nosotros los de habla rosarina. Bien, los dos tienen libros que tocan este tema del que deseo hablar o quizá tan sólo balbucear con mis escasos conocimientos. Hobsbawm publicó en 1998 "A la zaga. Decadencia y fracaso de las vanguardias del siglo XX" y Erich Kahler, en 1968, "La desintegración de la forma en las artes". Al referirse al dadaÃsmo, Kahler afirma que se trató de un "movimiento de exuberante inventiva, no comprometido, flexible y humorÃstico, aprovechó todos los medios imaginables de provocación y anticipó todo aquello que en nuestros dÃas realizan los artistas aburridos y pedantes".
En cuanto a Hobsbawm en el comienzo de su libro nos dice: "Las diversas corrientes de la vanguardia artÃstica que se han distinguido durante el siglo que acaba partÃan de una suposición fundamental: que las relaciones entre el arte y la sociedad habÃan cambiado radicalmente, que las viejas maneras de mirar el mundo eran inadecuadas y que debÃan hallarse otras nuevas. Y lo que es más: el modo de mirar el mundo y de aprehenderlo mentalmente ha experimentado una profunda revolución. Sin embargo -y esta es la tesis central de mi argumentación en el terreno de las artes visuales los proyectos de vanguardia no alcanzaron ese objetivo, ni podrÃan haberlo alcanzado jamás". Resulta difÃcil refutar las argumentaciones que ellos dan. A mi me superan largamente y me convencen, lo que de ninguna manera ese convencimiento me impide disfrutar de eso que ellos consideran como un fracaso, es decir aplicando lo que dicen sobre las artes visuales a las otras formas de la creación artÃstica. Ignoro las causas por lo cual me sucede eso, pues lo mismo me ocurre, por ejemplo, con la música: de Bach a Cage, esa música (e incluso esos silencios) me produce una sensación de enriquecimiento espiritual y un placer que quisiera, creo, trasmitir, ya que supongo que hay quienes se enriquecerÃan al igual que nosotros.
Es probable que ello podrÃa implicar una grieta profunda en mi escala de valores, pero si es asà no puedo evitarla. Y creo entender que en otras oportunidades si aplico la diferencia de valores entre distintas expresiones y conductas del ser humano. Me gusta más coincidir que sentirme ajeno, tengo una tendencia mayor hacia las simpatÃas que hacia las diferencias. Puedo tenerla, de hecho las tengo, pero si las diferencias son con alguien que quiero, surge en mi espÃritu la sensación de que debo experimentarla desde esa simpatÃa que hablaba Alfonso Reyes. No en todo los casos, claro, ya que existen todas esas actitudes del hombre que tan sólo puedo mirarlas con la misma sensación de nausea con la cual observarÃa una cobra, una araña o esas elásticas criaturas que viven en el mar y son devoradas con tanto placer por el hombre.
En concreto no me complace escribir entre lÃneas de la misma forma que me provocan un asco visceral las serpientes (menos la Anaconda de Horacio Quiroga), experimento un asco mayor hacia esas formas de la maldad que representan el nazismo, el franquismo y el fascismo en todas sus variantes. De todo lo que hemos escrito hasta este instante en el cual escribimos la palabra instante ¿alguien misteriosamente podrá sacar alguna conclusión? Por mi parte no puedo. Lo que me hace pensar que lo mejor que puedo es sacar una conclusión que ignoro si tiene que ver algo con este texto. Termino de ver con detención y tres veces un DVD dedicado a John Coltrane, un regalo que me hizo un amigo que ama el jazz tanto como yo, pero con la diferencia que él, de este tema, sabe mucho más que yo. Mi amigo Cabezudo me regala esa posibilidad de ver a Coltrane en tres de los conciertos que dio en Europa. En uno de ellos se puede observar con algo de asombro, sin exageración alguna, el sufrimiento que puede tener el acto de la creación en ese momento de crear. Lo mismo que ocurre con el poema. Escribirlo es una felicidad dolorosa. Ignoro porqué. Pero solamente comprendo que asà debe terminar este artÃculo.
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