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Lunes, 20 de marzo de 2006
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La vida en auto

Por Sonia Catela
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I. ...dos ambientes, un dos ambientes, puede decirse, techo bajo el que repararse, mullido, tapizado. Y no mudamos al Falcon. Si bien tapado por hojas del otoño y polvo del tránsito, el auto se nos apareció como la más lujosa mansión, al 5300 de Coronel Pozzi (calle tranquila, viviendas con jardincitos delanteros, predominio de ex ferroviarios). Por los avisos municipales pegados en el parabrisas, abandonado a quien lo necesitara. Nosotros. Le dimos la vuelta varias veces, inspeccionándolo. Un prudente reconocimiento del terreno. Había que apurarse, pero postergamos la mudanza hasta el anochecer; alborotar los enconos del barrio en nuestra contra podría frustrarnos el albergue.

Escondimos los bártulos en un baldío cercano. Lo primero, abrir el Falcon, -mi ex oficio de mecánico me habilitó un acceso instantáneo-, lo segundo ratificar que no arrancaba. En etapas, disimulando, acomodamos nuestras cosas en el baúl; lavamos la carrocería hasta que refulgió; ajusté las puertas y cerraron bien. Tendimos las camas de Lilita e Iván en el asiento delantero, y en el de atrás el lecho conyugal. Clara colgó del espejo retrovisor aquel único cuadrito que bordó en punto cruz, de recién casados, "hogar dulce hogar", donde quedará hasta que el día en que podamos mover nuestro auto/alojamiento hacia algún sitio según la rosa de los vientos. Dormimos como en casa. A la mañana nos esperaba el contacto con los vecinos.

II. 11,30. Mientras Clara preparaba una omelette para el almuerzo, (instaló la minúscula cocinita sobre la luneta posterior), y Lilita e Iván practicaban sus lecturas escolares en el asiento de adelante, una comisión de moradores se aproximó. Quise presentarme pero el grupo se mantuvo distante, circunspecto. Paso al frente, una mujer de agallas nos leyó el acta formal de desalojo. Debido más a nuestra prolijidad (no olíamos mal) que a nuestra historia, decidieron no denunciarnos a la policía y darnos un plazo de dos horas para mover el auto hasta un baldío, emplazado unos setecientos metros al norte. Nombraron al verdulero como fiscal del cumplimiento de la voluntad colectiva.

A las seis de la tarde nos afincamos en lo que consideramos nuestro domicilio definitivo. Busco entre los pertrechos. Adhiero las cortinas que Clarita ha mantenido impecables; las lavó periódicamente en la plaza donde residimos durante dos años, a partir del remate judicial de nuestro departamentito. "Por fin un sitio fijo", recaba Clarita, "Podés retomar la atención a tus pacientes", digo yo. Clarita es psicóloga. "¿Te parece?" desconfía ella. "Probá". "Mejor mantengo la peluquería".

Su clientela se nutre de comprovincianos santiagueños, habitués desde nuestra estancia en la plaza. Distribuimos los horarios para las distintas actividades familiares. Clara trabajará de 9 a 11. Yo de 14 a 18. Monto mi diminuto taller y me aboco a la reparación de la radio del Falcon. Tres horas después, sintonizo una onda, la de LT 28. Cierto vecino ronda, va y viene en su renault; al rato atraca su 4 L, un poco separado del cordón. Me ofrezco a estacionárselo correctamente; acepta: que si le puedo arreglar su sistema de luces, y cuánto. Entre desocupados nos entendemos: el pago será en agua; pone a mi disposición la canilla externa que hay en su garage. No necesito colgar ningún cartel para ofrecer mis servicios técnicos. La clientela -en su mayoría jubilados- desfila gracias a un boca a boca tenaz; conseguir repuestos para sus cachivaches es difícil, pero cuento con experiencia: ensamblo, ato, recreo. Son motores que conozco. Hasta los del 70, máximo del 80, llegan mis conocimientos laborales. Con la lona de nuestro antiguo balcón, armo un prolijo toldito, y para desarrollar nuestras profesiones ocupamos sólo un prudencial espacio de la vereda, el que no entorpece la normal marcha de transeúntes o bicicletas.

Embellecemos nuestro Falcon con almohadones, macetas con geranios, alfombritas chinas, un televisor blanco y negro a batería que reciclo, un buen portaequipajes, y otros elementos de confort obtenidos por canje. La banderita argentina con que me paga un tachero, la izamos cada día, en la antena.

Nuestro auto ya posee dirección fija: le atornillo la chapa que indica: Pozzi 6214. Recibimos la primera pieza postal: una carta de tía Corina donde nos cuenta que cuando pueda vendrá a visitarnos.

III. Dos semanas después nos trasladan al corralón municipal. De noche, de sopetón, nos remolcan sin darnos tiempo a oponer resistencia.

Pero después de un recurso de amparo (lo interpone Lito Ríos, otro santiagueño, abogado que atiende casos laborales de sirvientas y changuistas en Plaza Pringles hasta que le llegue al alquiler de una oficina fija), el juez dictamina "no innovar". Mientras estudia el caso, no podrán desalojarnos de nuestro Falcon. Sin embargo, al día siguiente, por tacharnos de insolventes , al carecer nuestra vivienda/auto de valor de ejecución, nos autorizan a que abandonemos el corralón.

Retornamos a nuestro domicilio. Demoramos cuatro días empujando. Don Pedroza, el verdulero, menea la cabeza por la injusticia cometida en nuestra contra. Nos trae una canasta con papas medio pasadas, pero todavía aprovechables. Algún vecino ha atado una soguita a cuatro piedras a fin de que nadie usurpe nuestro lugar. Explicamos a todo el que pasa que se nos multó por habernos estacionado a menos de dos metros de la esquina. Por lo tanto, nos corremos a la mitad de la cuadra a fin de evitar nuevas infracciones.

IV. El miércoles siguiente llega tía Corina. "Qué lindo coche" aprecia la pariente. Señala los hermosos detalles.

Le acomodamos la cama en el asiento derecho del frente, el libre del volante. Lilita e Iván, contentos pese a que dormirán apretados durante unos días; la quieren mucho a la tía y ésta les trajo el cuento "La bella durmiente".

Cuando Clara la acomoda en la silla para emparejarle el corte de pelo y pasarle un matizador gris -hora once del día siguiente-, la tía Corina se nos va. Como un pajarito. Inclina la cabeza, y ésta se le cae, sin un suspiro.

Preparamos el auto para el velorio. Colgamos cintas negras y las flores que van arrimando los vecinos. A tía la vestimos con sus mejores galas, como aseguran quienes se asoman por la ventanilla para examinarla o colocarle una rosa en la mano o el pecho. Clara la peinó con su destreza y le pintó los labios con el color que tía usaba de viva, aunque yo lo juzgara un rojo demasiado llamativo. Prendimos velones sobre el capot, pero los apagó el viento. Cuando suena el momento de llevarla a su última morada, arranco el Falcon. Trabajé la noche entera en la batería; quise ofrendarle a tía Corina este último regalo: que se sintiera en casa hasta el final.

Después de la ceremonia fúnebre volvimos a marcha lenta porque el motor recalentaba. Estacionamos en el lugar de siempre. Todavía hubo quien se acercó a darnos su tardío pésame.

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