Cuenta Milton que en el ParaÃso, junto al árbol de la vida, crecÃa el amaranto, de cuyas ramas brotaban flores inmarcesibles. De estas flores se valÃa Eva para acicalar el espacio que compartÃa con Adán antes de que el demonio la convenciera de probar el fruto del Arbol de la Ciencia y de que tentase a su compañero para que también comiera de él. Habiendo comido de aquellos frutos, Dios, que les habÃa prohibido acercárseles siquiera, los expulsó del Edén. Y ya nunca más hombres o mujeres, ricos o pordioseros, nobles o esclavos, santos o malditos, atravesaron la existencia sin dolores ni pesares. El ParaÃso Terrenal se perdió para siempre de la vista de los hombres... aunque no de sus conciencias.
En oriente y occidente, en el norte y en el sur, cristianos, musulmanes, judÃos, budistas, vedantas y taoÃstas buscan esa Verdad verdadera, el Principio Creador, el Tao que es Todo y es Nada, el Alma Universal, el Nirvana de las almas individuales, el mundo de las Ideas, el ParaÃso Perdido. ¿Y no es el ParaÃso, acaso, un estado de inconsciencia, donde las palabras no habÃan nacido o al menos aún no se habÃan atrevido a los conceptos de bien y mal, de tuyo y mÃo, de resentimiento y venganza, de absurdo e inútil?
¿Qué quedó de aquél ParaÃso al que todos los hombres, aún los más aferrados al Tiempo y al Mundo, alguna vez en la vida añoran? Es una pregunta capciosa, eso está claro; si alguien se atreviese a responderme, seguramente dirÃa que nada, puesto que como su nombre lo indica, se ha perdido. Otros, en cambio, se burlarÃan de mi credulidad diciéndome que todo eso es un cuento que los primitivos se inventaron para explicarse de algún modo el origen del mundo y de todas las cosas que hay en él; que tan válido hubiese sido creer en este ParaÃso como en el mito que los griegos crearon en torno de Zeus, Prometeo, Epimeteo, Pandora y todos los dioses, titanes y vÃctimas del Olimpo; otros, menos esclarecidos, me dirán que nos queda el recuerdo de un sitio inundado por la naturaleza, que sabia y pródiga, regalaba a los primeros hombres con todo aquello que les era necesario para la vida inocente. A estos últimos les preguntarÃa, ¿por qué si la imagen que recuerdan y desean para su ParaÃso es la de un sitio donde la naturaleza era la que daba y decidÃa se empeñan en negarla, doblegarla, destruirla, inventándose necesidades que de ningún modo ella podrÃa satisfacer? A los segundos les dirÃa que están en todo su derecho a desconfiar de los mitos, ya que, al fin y al cabo, tanto como los primeros y los últimos, pertenecen a la edad que HesÃodo llamó de acero (entre los que yo me cuento, ya que, aunque quiera creer la historia que narraré, soy el primero en advertir que todo es mentira; ni hablar de la forzada conexión de una fábula netamente judeocristiana con el resto de las filosofÃas religiosas). A los primeros, que me dan el pie para argumentar, y a todos los demás, les diré que sà ha quedado algo de aquél ParaÃso: la flor que jamás muere.
Dicen que dicen --o acaso me lo invento-- que Eva no quiso dejar la tierra de la que fueron arrojados por la ira de Dios sin llevar consigo algo que se la recordase. Cortó de raÃz un tallo de aquella planta en cuyas ramas habÃa una flor, y atravesó los umbrales de la inocencia con ella entre las manos, regándola con sus lágrimas, alimentándola con sus ruegos. Era el temor a lo desconocido, más que el temor a Dios, el que ponÃa en sus labios las palabras que dirigÃa a la flor; un rezo pagano, la letanÃa de los despojados. ¿Qué temer de Dios si ya todo mal, creÃa ella, le habÃa sido profetizado por Aquél cuyo nombre mata? Se aferró a la planta como un náufrago a las tablas del barco hundido; juró por su vida que la planta jamás morirÃa mientras ella estuviese viva; creyó que, si ahora la vida carecÃa de sentido, al menos lo tendrÃa en su muerte; la flor inmarcesible fue para ella una buena razón para morir. Que Dios intentase arrebatársela, y verÃa como ella, antes de permitÃrselo, lucharÃa contra El aunque le valiese el infierno.
Lo que ella no sabÃa era que la flor no necesitaba de sus cuidados para vivir, pues era inmortal; Dios reÃa para sus adentros cuando por las noches la veÃa velar junto a la planta --que, fuera del ParaÃso, nunca más dio otra flor que la que ya tenÃa-- dispuesta a luchar y entregarse al infierno. Lo que ella tampoco sabÃa era que, con flor o sin flor, el infierno le estaba predestinado.
Se preguntaba Kierkegaard: ¿tenÃan culpa los primeros hombres por haber desobedecido a Dios si, antes de comer del árbol de los frutos, desconocÃan lo que estaba bien y lo que estaba mal?
Y suponiendo que las cosas suceden tal como Dios las dispone, ¿tienen culpa los hombres por seguir, sin saberlo, su cometido?
En fin, no son preguntas para hacerse en este momento, como tampoco es momento de ponerse escépticos y decir que Dios, como el ParaÃso, es un invento de los hombres: el comienzo de mi historia, entonces, carecerÃa de sentido, porque tiene como eje aquella flor inmarcesible que Eva rescató del ParaÃso y cuidó dÃa tras dÃa de la mirada de Dios. La flor sobrevivió a la primera mujer --o mejor decir la segunda, a no olvidarse de Lilith--, al diluvio, la glaciación, la sequÃa; sobrevivió al fuego y los aludes; porque esa flor es inmarcesible y, aunque lejos de la tierra divina, no puede morir. Esa flor sobrevivirá a todo, incluso a los hombres. Esa flor, la creación.
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