Se los recuerda. Claro que se los recuerda. La memoria retiene lo injustamente necesario de los pretéritos rostros para convertirlo en recuerdo. Se los recuerda por sus gestos, por sus muecas, por sus ocurrencias. Se los recuerda aún más cuando por encima del recuerdo asoma la nostalgia. Cuando haciendo cuentas la suma nos da resta y nos sobra un tenedor en el borde de la mesa del domingo. Resulta difÃcil descontarlos en el tiempo nuevo de lo cotidiano y hacer como si nada fuera. Cerramos los ojos como si los párpados pudieran inhumar, de una vez por todas, los restos que de ellos nos duraban en la córnea. Hasta que el recuerdo inminente del dÃa a dÃa se vuelve ocasional y la imagen inexacta de esa fotografÃa inacabada se nos va tamizando en la retina y en el tacto, en la sonoridad de la compañÃa y en los tenedores clavados en el paladar de la tristeza.
Asà saben los ausentes. Los muertos, los vivos muertos, los muertos que aun vivos dejamos morir, los que se pierden, los que se van perdiendo, los que eligen perderse, los que sin saber cómo - aunque sà por qué - un dÃa se van.
De la particularidad del recuerdo asombran su capacidad de representación y su metonÃmica operatividad. El recuerdo toma sólo una parte del retrato de lo pasado y la erige como totalidad. Nos basta recordarlos por la arruga de su mano, por la palabra o el gesto puntual con que aquella vez nos dieron la bienvenida o el adjetivo que cierta vez escogieron para calificarnos; por el lunar sobre el labio superior, por la curvatura de la oreja, por la sutil separación de sus dientes, por el modus operandi con el que rebatÃan el tedio o se entregaban al amor.
Como contrapartida a la ejemplaridad del Ireneo Funes de Borges o el Shereshevsky de Alexander Luria - merecedores de la inusual condición de recordarlo todo- , el común de los mortales apenas aprende el arte menor del detalle. Basta un solo detalle para remitirnos a la suma, para imprimir el inalterable gravamen del otro en nosotros. El recuerdo requiere de la cita a ciegas con la voz ausente y del diálogo inconcluso en el que el circuito nunca se retroalimenta. He allà el columbario simbólico de los avisos fúnebres, las necrológicas, las participaciones, los recordatorios insistiendo en el discurso monológico de la memoria.
Se les habla a los muertos como vivos. Se le envÃa al diario el correo que, de haber tenido dirección el difunto, estarÃa llegándole a él. El grandilocuente agradecimiento por la vida, por el lazo cada vez más pronunciado, por el imborrable recuerdo de lo vivido.
El estólido recado del te fuiste pero siempre estarás con nosotros. Sin embargo allà están, nuestros muertos - nuestros muertos muertos -, interactuando casi imperfectamente con nuestro deseo de revivirlos a través del recuerdo, rehusándonos a desalojarlos de entre las conexiones sinápticas de nuestras neuronas, volviéndolos a pasar una y otra vez por el corazón.
Por eso, cuando leà en la pantalla de mi teléfono te recuerdo bien, me pregunté cuál era el destino del recuerdo o, al menos, cuál el destino de los mensajes que infundadamente reavivan la memoria. Qué se recuerda cuando se recuerda y por qué se le dice al otro que se le recuerda. ¿Se recuerda por primacÃa, por novedad, por distintividad, por frecuencia, por asociación, por reconstrucción? ¿Cuál es la ontologÃa del recuerdo?
También se recuerda a los muertos, me dije, dándole delete al texto. Y sumergiéndome en las aguas del Leteo, comencé a escribir la necrologÃa de los malogrados amores.
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