Lo que dijo, lo dijo seria. Sin escapársele una sola mueca. "Si te encuentra te mata, Miguel. ¿Qué duda te cabe? ¿Podés ser tan imbécil?". Lo machacó toda la tarde. A mà el odio me ganaba el pecho, me trepaba la garganta y me astillaba el orgullo.
Al fin y al cabo fue su decisión. Sabrá ella qué buscaba en ese hombre ladino. Lo cierto era que el viejo se estaba avivando. Desde distintos lugares me habÃa llegado el mismo recado: cuidate porque sospecha. Y a mÃ, más ganas me daban de Carina. De siesta, de noche, de escapada por el camino viejo, de parado sobre un árbol. La conocÃa como al cielo de la madrugada. Cada vez que salÃa hacÃa la cuadra para encender el horno, aún en el verano, sabÃa diferenciar ese calor de la incandescencia de su piel.
A partir de las sospechas del viejo nuestros encuentros se volvieron más furtivos. Y más de una vez me volvà con un ardor a flor de deseo porque tuve que escapar. Y no era sólo el viejo. La caterva de sobones que lo rodeaba no era poca. TenÃa ojos y oÃdos en cada rincón del campo aunque fuese vasto e inconmensurable. Un viejo latifundio que se arrastraba de herencia en herencia, de cagador en cagador. Y cada hijo nuevo que aparecÃa, más cagador que el anterior se volvÃa. Por eso mis escapadas eran mucho más que eso: una conquista tras otra conquista. Cada pedacito de piel de Carina era fiebre y victoria. Pero la novedad que ella me confió esa tarde fue un premio impensado. Dentro de ella se cocinaba una esperanza a fuego lento que se llamarÃa Facundo. Siempre soñé tener un chango con ese nombre, y portando el apellido del guampudo, más placer me daba.
Nunca creà lo que me contaban del viejo. De su alegrÃa, de sus lágrimas, de su inesperada esperanza de tener un heredero a los setenta y dos años. Ni mucho menos me tragué el costillar que nos hizo a la salud de la criatura y toda esa perorata que ensayó ese domingo al mediodÃa. HabÃa amanecido chispeado. Los muchachos me contaron que de temprano ya se le habÃa calentado el pico y se abrazaba con medio mundo. Y a cada tanto lloriqueaba, viejo maricón, oligarca de mierda.
Yo casi ni habÃa probado el vino por temor a que me fuese de lengua y la terminara pudriendo. Lo que no podÃa dejar de hacer era mirarla a ella sobre la mesa principal, al lado del viejo, abrazándolo como se abraza a una sombra, a un perro de la calle o a un cadáver. Con un gesto de resequedad que opaca el rostro y apaga todo destello de vida. A diferencia de cuando estaba conmigo, puro gemidos y sudor a dos cuerpos.
El cielo se empezó a nublar y el viejo boqueó para saber quién le hacÃa frente al truco. Yo me estaba yendo cuando la vi retirarse dándole un beso en la mejilla que me revolvió las tripas. Entonces decidà quedarme sabiendo que hacÃa mal. Pero el hecho de semblantearlo de cerca al viejo me llenaba la boca de un gusto a cinismo que me emborrachaba más que el vino. Y de una copa pasé a la otra asà como de ronda en el torneo. Cuando quise darme cuenta estaba en las postrimerÃas de ganarle a mi adversario. Y lo suyo hizo el viejo.
Me di cuenta tarde cómo todos los caranchos que le oficiaban de alcahuetes nos rodearon y se sentaron alrededor con la silla al revés, el respaldo sobre el pecho. Fumando y tomando. Festejando a carcajadas de antemano, imaginando que ya tenÃan el chivo en el lazo.
La final se dirimÃa a treinta puntos. Tuve que hacer cabriolas con las manos para que no me chispearan las cartas desde atrás y se la batieran al viejo. Me tomaba todo el tiempo del mundo para orejearlas. De igual modo, nunca pude tener la certeza de que no me entregaran. Llegamos quince a doce a mi favor y grité con todo el asco que pude.
-¡Parece que esta noche uno que yo sé duerme afuera!
Y la boca del viejo se deshizo como una galleta en el agua. Sin dejar de fumar y sin caérsele un palito de los labios me apuró cantándome mentira y rabón de un solo tiro. Tarde me di cuenta que me habÃan botoneado. Fue el hijo de puta del pelado Fuertes que nunca se bancó que antes, cuando entre el viejo y yo aún no habÃa disputa, me eligiera para trabajar con los potrillos que llegaban a la estancia antes de mandarme a la panaderÃa.
Tragué saliva y empecé a transpirar feo. Si no me concentraba era candidato firme a tiro al pichón. Como acomodándome la rastra me tanteé si tenÃa el bufoso en regla y livianamente intenté quitarle el seguro. El viejo chucaro no levantaba la vista de los naipes. Le tocaba dar a él. Quise disiparme contando un cuento cuando, al pasar, me di cuenta que me habÃa carteado. La sola mención hizo que todos sus vigilantes se pararan para amasijarme. El viejo los paró en seco y ofreció dar de nuevo. Le dije que no. Que de ninguna manera.
-Como usted quiera -fue toda su respuesta.
El mundo empezó a dar vueltas y una ráfaga de odio me nubló el entendimiento. Me tocaba dar a mÃ. Lo hice sin quitarle los ojos de encima. Al orejearlas no lograba contener la respiración por la cantidad de tantos que habÃa ligado: treinta y tres de espada. Desde las tripas le eché la falta sin esperar. Y de yapa, cuando el viejo sobrador me contestó gritando "¿comadrejo?", la completé con "falta envido o muerte".
Los ojos se le pusieron como puñalada en una lata de arveja. Se tomó todo el tiempo del mundo para cantar "quiero" y yo apuré mis treinta y tres con el mismo regocijo que siento cuando la penetro a Carina o ella se arrodilla ante mà hasta hacerme desfallecer de temblor. Tras un segundo, en la sonrisa aviesa del viejo reconocà mi error por atropellado. Sus cartas no terminaban de caer nunca. Flotaron hasta tocar el mantel y alcanzar la misma cifra que la mÃa. Caà en la cuenta que el viejo era mano y yo su presa. No debo haber jalado bien el seguro porque mi disparo nunca salió, y yo, sà escuché un estruendo a corta distancia. Luego vinieron otros por detrás y de costado.
El viejo se levantó despacio de la silla y ordenó que me tiraran sobre la ventana del dormitorio que compartÃa con Carina. Y antes que nadie dijera nada, gritó que si ella lloraba o preguntaba, le respondieran que habÃa muerto por no saber mentir. Que si no estaba seguro de saber mentir, no tenÃa que jugar al truco. Que me dedicara a otra cosa.
aazappa@hotmail.com
© 2000-2022 www.pagina12.com.ar|República Argentina|Todos los Derechos Reservados
Sitio desarrollado con software libre GNU/Linux.