¿Cuáles eran las tardes aquellas las que de una vez perdimos para siempre? ¿Las que se ocultaban junto al crepúsculo tan ancho como el mismo universo? ¿Las que usábamos en aquellas siestas hueras para los mayores pero riquÃsimas en aventuras para nosotros?
En esas siestas en que mi madre se ponÃa severa, entonces yo negociaba el quedarme adentro pero sin dormir. PonÃa una esterilla de juncos -industria de la mano paterna- y me quedaba a la sombra de la casa, sombra que ayudaba ese ceibo donde colgaban la hamaca de mi hermano y la jaula de los canarios. AllÃ, con una pila de revistas de historietas y una buena cantidad de El Gráfico, de la colección paterna, me pasaba esas horas donde el sol producÃa un vaho en el ambiente que nadie se atrevÃa a hollar. Sólo algunas iguanas o lagartijas pequeñas que asomaban su cabecitas curiosas, sacando la larga lengua nerviosa y cruzaban la gramilla hirviente de la cortada.
Tejido de por medio -no sin saltar los canteros de flores de un pequeño jardÃn- estaba la libertad. Que nunca o casi nunca me atrevÃa a tomar porque mi padre era más que severo y mi madre era tan buena que faltarle la palabra habrÃa sido traicionar su confianza. Por lo tanto nunca trasgredÃa esa advertencia, ese trato o esa veda. Por más que la barrita bullanguera viniera a buscarme.
Hasta las cuatro no salgo, les decÃa yo, invariable y tenaz. Era el pacto con mi madre si venÃa uno solo de ellos -podrÃa ser Roberto, o algún otro- me arrimaba al tejido y como un preso hablaba en voz baja a través de él, sin contar con el millar de mariposas amarillas y blancas que venÃan del norte y tomaban el embudo verdeazul de esa cortada que bordeaban paraÃsos añosos y se iban hacia el campo. O tal vez merodearÃan en los callejones suburbanos donde abundaban las flores silvestres, en sus orillas donde los altos hinojales escondÃan los alambrados de púas al ojo viajero, ya jinete solitario o sulky veloz con caballito trotador, o hipante Ford A con barandas pintadas de color verdinegro. Como ese que usaba el Negro Tolosa, "despensero" de la Estancia Maldonado, imbatible y lejano en el rincón más cálido de toda memoria.
VenÃa puntual el Negro por el camino que empezaba en ese monte de tamariscos, pasaba por el puesto de Juárez y la tapera de don Miguel Bay, al que llamaban el Ruso, y ya orillando la Cañada del Gordo Compañy, entraba en la curva de Vélez, muy orondo hasta el almacén del Cholo Belluschi donde lo esperaba un Amargo Obrero fresco con soda al tono y allà desgranarÃa anécdotas rurales que canjearÃa por anécdotas o chismes del pueblo.
Sentado con la espalda contra la pared de mi casa, yo lo veÃa venir desde lejos. Primero aparecÃa el techo de la chata de color verde cuando pasaba el puente de lo que hoy es el Campo Gallücer, allà se delataba porque en ese lugar la calle formaba una pequeña lomita que hacÃa más evidente -desde lejos- la presencia de ese puente de madera. El Negro Tolosa era alto, delgado, fumaba Fontanares sin filtro y andaba siempre de pantalón oscuro, camisa blanca, un breve pañuelito al cuello y un sombrero Gardel requintado sobre la frente. Era bastante morocho u hoy me lo parece, lo que es casi segura su filiación santiagueña. Su esposa también era alta, morena y delgada. TenÃa dos hijas, la mayor se casó con Piro Ortega y la menor con Carlitos Silva. Esto pasó cuando yo estaba todavÃa en mi pueblo y al partir no los vi más. Sé que vivÃan en ese entonces en el casco de la estancia vieja.
Por ese mismo camino, media hora más tarde verÃa a Inés Lynnen de Joeckers, la popular doña Inés, hija del dueño del campo, don Guillermo Lynnen. El "doña" le darÃa la gente como un reconocimiento de autoridad porque era entonces una mujer joven. ConducÃa una Vuaturé negra, pequeña, de dos asientos y en el lugar del baúl un asiento tapizado con su puerta a modo de espaldar donde viajaban sus tres hijas, dos rubias y una pelirroja: Inesita, Tuny y Silvia, respectivamente.
Era como el reloj de mi madre ver ese vehÃculo tirando tierra hacia el aire denso del verano y me parece oÃrla a mi madre:
Ahà viene doña Inés, son las cuatro y media. Tan puntual era esta mujer alemana, que me parece recordar como profesora de matemáticas en el colegio secundario.
Ese trayecto del campo hacia el pueblo lo hacÃa a diario y en rigor apenas entraba en él. Se dirigÃa directamente hacia el Club Huracán donde estaba la cancha de tenis en el predio deportivo. Allà jugaba con otras compañeras o amigas. Creo recordar a doña Leonor Tagliotti, Haydée Parapetti, Nelly Arlt de Hidalgo, Chichita Callegari y es fácil que me olvide de otras, tal vez muchas, porque flotan en ese magma resbaladizo de la memoria que cada vez permanece en una niebla más densa y que se aclara en alguna situación particular.
Como en ésta por ejemplo, en que recuerdo aquellas siestas perdidas, aquellas tardes perdidas.
No resisto la tentación de citar una carta de mi amigo Esteban Cárdenas, el popular Negro, desde su exilio misionero, al comentarle yo de las tardes de nuestra juventud que recordamos y hoy no están, cuánto de horas perdidas. Para siempre, le decÃa yo.
"¿Están perdidas para siempre aquellas tardes? No creo, nos unen en la memoria, en el recuerdo y nos impulsa a hacer más, a no dejar de hacer. No están perdidas Turco, las tenemos nosotros", concluye casi victorioso. Y tal vez tenga razón el Negro, es decir, mi amigo.
© 2000-2022 www.pagina12.com.ar|República Argentina|Todos los Derechos Reservados
Sitio desarrollado con software libre GNU/Linux.