* El arquero sabe que él sabe que ambos saben donde lo patea siempre. Por eso el delantero, cambia de paso y de pierna y le sale un tiro sesgado que penetra justo en el ángulo imposible. En el festejo, el árbitro, lo anula por invasión de zona. Mentira. El tipo, un ex pateador de penales malogrados, rezuma envidia y en vez de maravillarse, mueve el dedo diciendo no, no podés, no podrás, no te lo merecés. Sos un negrito de mierda.
* Grita mucho el Chaqueño Palavecino, asegurando una oración que no se comprende, mal construÃda, exenta de poética. El amigo izquierdista, al ver la multitud rugiente, exige que gusten de él, porque mucha gente lo eligió. El otro lo mira como quien se saca un bicho de la cara asegurando: -Ustedes, los de izquierda son todos unos cagones. Y sordos.
* Compañeros de trabajo. Uno recto y serio. El otro, endemoniado con una sonrisa gris, macaneador y ladronzuelo. Al primero le desaparecieron los lentes de sol. Una tarde de sábado encuentra a su colega del brazo de una dama que porta sobre su bella nariz el par de Ray Ban robado. Caminaron a la par unas cuadras. Cuando le ofreció un cigarrillo no fue más que tocarlo en la cadera suavemente para que el vivo caiga pleno en el Laguito. En el revuelo, obtuvo, en el aire, mientras giraban envolventes sus anteojos. Limpio y serio fue el asunto. Solo la dama se quejó de que no lo ayudaba a sacarlo del verdÃn chorreante. -Es que no veo bien con estos lentes, contestó.
* Hubo una época en que enmudeció. No era pena, era descargarse de algo vital. No sentÃa tristeza, más bien se conmovÃa de alguna plenitud y la desaguaba. TenÃa el pecho duro y los ojos flojos. -Tengo los ojos flojos, se quejó al oftalmólogo al que lo habÃan mandado. Le diagnosticó alergia y lo despachó. -Me duelen los ojos de tanto que lloro, le dijo a un amigo más grande. -¿No te estarás acordando de alguna novia? La Karina, la que murió, ¿no te estará mandando mensajes? -Puede ser, contestó para terminar la cuestión. La lÃnea fina del alma no se puede hablar y menos contar.
* Una tarde, bajo el naranjo de la casa de la tÃa Inés, mientras ella hacÃa dulce y lo volcaba en un tazón le dijo: -HarÃa cualquier cosa con tal de no verte afligido. La lágrima desapareció ni bien dejó esa tarde de ser un chico virgen.
* Cuando era chica se preguntaba si los pájaros llorarÃan. Y como serÃan sus lágrimas. Su tÃo, encarnizado y solemne cazador de pajaritos, le dejó tener un dÃa entre sus dedos una reina del bosque, venida de las sierras, hermosa y potente. LatÃa como un motorcito entre sus dedos. -Le tengo que curar la patita, no la sueltes. Entonces, en la órbita aterrada del pajarito ella entendió como es llorar para dentro.
* -Doctora, mÃreme como vÃctima, entiéndame. Si uno le dice a una mujer que ya no la ama y ella dice: 'ya te va a pasar'. ¿Qué debe hacer uno?. Luego uno se divorcia, ella llora, patalea, se interna, sufre a mares. Pero uno visita a sus hijos, se ocupa de todo y tiene otro amor y ella grita. !Me engañaste!. Y el hace acuerdos de convivencia que ella confunde con volver a la pareja. Pero no. Y lo vuelve a abofetear, le rompe la ropa, y sangra para que uno se vaya y ella lo persiga en la calle y lo traiga tironeando por pudor uno no hace nada y el pibe que ha salido descalzo a la vereda a ver la escena. Entonces uno regresa para oir insultos delante del niño. Entonces uno explota y agarra a patadas en el culo a esa mujer, mas ella se hace estrellar contra el marco de una ventana con la conclusión de dos costillas rotas, el niño desde la otra habitación ha oÃdo todo. Y el tipo sabe que ella se dejó caer. Y luego la denuncia y cinco meses sin poder ver a su hijo. Y la depresión. Y la angustia. Y la culpa. Y el infarto posterior del tipo y el consuelo y el perdón de ella cuidándole el suero. ¿Qué debe hacer uno?, pregunta en un escrito. Ella, la jueza, lo repasa, piensa en la ley que no está escrita. -Por suerte no soy usted, suspira. Pero no se lo dice. Una lagrimita judicial le asoma sorprendida.
* -No voy a llorar por vos, no te lo merecés. Demasiado me has hecho sufrir y encima, ahora que te necesito, me dejás solo. No sé a quien pedir ayuda, deberÃa llamar por teléfono. Confiaba en vos, me dejé llevar por tu belleza, me hacÃas favores, me hacÃas bien y me volviste a dejar a pie. Yo te cuidaba, te trataba bien, te alimentaba. ¿Ahora qué voy a hacer? Voy a buscarme a otra y vos te voy a abandonar, que te lleve algún amigo o desconocido, me da igual. Y da un portazo a su camioneta, mientras espera el auxilio en plena ruta bajo un mediodÃa de fuego. -Son todas iguales, dice con rencor.
* El viejo es apicultor. Amorosamente cuida a las abejas. Su nieto lo mira tras el alambrado: Sabe que no debe acercarse. El abuelo viene y sorpresivamente lo levanta por el aire y lo sienta en su falda. -No tengas piedad de los viejos -boludos, porque antes de ser viejos han sido jóvenes boludos. No se ponen asà por la edad. Le sale completa la oración, mientras una abeja diminuta y olvidada le clava su aguijón en el dedo. Se entristece porque habrá de morir. Le salta una lágrima de dolor pero disimula. -Ya entenderás todo esto, le dice al nieto mientras libera a la abeja de su atadura final.
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