DeberÃamos poder respirar bajo el agua. Entrar despacio, sin miedo, hasta que nos cubra. Abrir la boca, la nariz, dejar que entre y nos llene los pulmones, que el cuerpo recuerde que alguna vez estuvimos viviendo en su abrazo, moviéndonos y latiendo. Entonces va a arder un poco, apenas una leve sensación de ahogo y después va a penetrar en las vÃas y en la sangre, como el mismo aire; y de su entidad vamos a ir tomando su oxÃgeno, nuestro organismo ya enterado eligiendo ese alimento vital hasta que ya no exista diferencia entre esto y aquello, no más que el nuevo paisaje transparente y móvil de los mares.
Mojó los pies en el resabio de una ola que ya volvÃa al centro del remolino azul y de la distancia, y seguramente a la orilla de enfrente -pensaba, la orilla que soñaba lograr, por esa razón se repitió a sà mismo el sueño de caminar por el fondo, su cuerpo pesado arrastrando las plantas por la arena, el techo intermedio de la superficie amparado de luz por el sol del techo final. Y los erizos. Y los peces. Cardúmenes de color que lo iban a envolver y a esquivar en el momento exacto anterior a embestirlo. Y la luz brillante y salvadora que alcanzaba con rayos perfectos el contorno de los corales, y alumbraba el camino entre piedras y musgo.
¿Cuándo habÃa llovido por última vez? El cuenco estaba vacÃo. Si pudiera respirar y beber en el agua salada.
La otra orilla acaso serÃa idéntica a la suya. Quien viviera allà verÃa lo mismo que él en el horizonte. El océano despojado de las lÃneas claras que contornean el lomo de las olas, azul o verde, una franja amarilla, angosta sobre ese azul, y una reunión de pequeños árboles que se achicaban contra el poniente. Ese vecino que habitaba la isla espejo de la suya, era su propia esperanza de no estar sólo, entonces él podÃa decidir quién y cómo era, él podÃa imaginar qué hacÃa mientras la noche lo llevaba en el sueño, la noche frÃa que arrastraba el silencio entre el viento y el oleaje contra las piedras.
Esa mujer tendrÃa agua -mejor que fuera una mujer, habrÃa juntado varios cuencos en los dÃas de lluvia que habÃan arreciado la zona algunos dÃas antes, tendrÃa que haber sido previsora y juntar toda el agua posible, esperando que después de la tormenta sobrevendrÃa ese sol despiadado e imposible. Y el agua es de todos. Esa era la utopÃa. La tierra y el agua de todos. Y con las manos la llevarÃa hasta los labios, dulce y fresca. A ella y al agua. Esos labios raspados, tajeados por el calor. ¿A quién podrÃa besar con esos labios? ¿Con qué fuerza podrÃa sostenerse sobre una mujer? La sacarÃa de algún lado, y los labios se suavizan con las palabras, con la lengua ya húmeda después de la hidratación. Y ella tendrÃa la mirada de las prostitutas de Schiele.
PodrÃa entender también la ironÃa. Después de años estaba libre, pero encerrado por los muros de mar que a su vez, al verlos perderse contra los contornos de su vida, daban una sensación inmensa de libertad, de poder hacer lo que quisiera. Y no sabÃa nadar. Cuando tenÃa diez años su padre lo habÃa empujado a una piscina consciente de esa carencia. Lo sacaron con una toalla, a centÃmetros del borde. Acaso podrÃa haber flotado hasta allÃ, pero el terror lo habÃa paralizado. Recordaba siempre la pelÃcula de una directora de la época del cine, una mujer del viejo mundo. Todo el mundo ahora era viejo. Una enfermera atendÃa a un hombre quemado, en una plataforma de petróleo en medio del mar. Y el quemado no sabÃa nadar. Y se reÃan juntos de la ironÃa. También al quemado, cuando era niño, su padre lo habÃa empujado. Y ambos compartÃan ese miedo. Y él reÃa solo. Y gritaba fuerte con la risa para que de una vez por todas ella saliera del reparo de los árboles para verlo, para comenzar a intentar cruzar ese trecho hasta él, porque quizá ella sà supiera nadar. Pero no podrÃa llevar los cuencos. No para eso. No para transpirar juntos, cuerpo y cuerpo contra las chispas del fuego y las estrellas, y después nada para beber. Nada. Nadar. Si supiera.
Cómo eran las voces más allá de la suya. Cómo serÃa la de ella. ¿CantarÃa? Se despertaba cantando todos los dÃas una canción diferente. Y podÃa fingir que cantaba en inglés, en italiano. Y todas las canciones estaban mezcladas, y tenÃan una nueva letra, y ahà no habÃa reglas y eran esas las verdaderas. Y las voces regresaban para cantar con él, y la de ella era suavemente grave, sin perder ese tono de mujer, con los acentos mezclados y las lenguas también. Y en la pelÃcula, sobre el final, el quemado la va a buscar -Tim Robbins era y ella le decÃa que no podÃa irse con él, porque tenÃa miedo de comenzar a llorar un dÃa y nunca parar, e inundar la casa con lágrimas y ahogarlos a los dos. Y él le decÃa que aprenderÃa a nadar.
Otra vez dejó los pies en la orilla. El sol caÃa tras la extensión del resto de la isla. La brisa de una oscuridad llena y sin lobos se esparcÃa por la playa. Hasta las rodillas. El vaivén no era violento, era una hamaca paraguaya, una calesita lenta para que los chicos pudieran bajarse a la carrera y volver a subir para elegir otro caballo. Hasta el pecho. Cálida y susurrante. Y ya podÃa ver como el lÃmite de la lÃnea de agua elegÃa, según el salto de su cuerpo, entre la isla de enfrente y el fondo apenas nebuloso. Y entra por la boca y por la nariz. Y se acostumbra. Y respira. Y camina sin temor al encuentro. Sábana frÃa de la noche, bergantÃn sin paso ni tiempo.
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