Alguna vez escribà que en aquellos tiempos los amaneceres eran altos.
En realidad lo que yo trataba de establecer, de ubicar en la pertinacia de mi memoria, es que en aquellos buenos tiempos el cielo estaba atravesado por el vuelo libre de los pájaros.
Ese vuelo, ese libre vuelo, esa libertad, era la nuestra pese a las mil carencias en las que, hoy adultos, todos coincidimos. Pero también estamos contestes de una obviedad: la vida era más simple y éramos muy felices con muy poco.
Si en aquel tiempo nos hubieran narrado esta complejidad de la dura vida actual, habrÃamos creÃdo que era una fantasÃa futurista de algún adulto loco.
Eran tiempos, por decirlo de algún modo, lÃmpidos e ingenuos para la población menuda que circulaba por un pequeño rincón de la llanura donde todos los pueblos son idénticos o al menos similares y bastante coincidentes con las historias que se cruzan y que pronto se transforman en leyendas y se repiten casi con sus puntos y sus comas generación tras otra y forman, digamos asÃ, el patrimonio de la cultura popular de un pueblo.
Y volviendo a pensar en los numerosos pájaros que se han ido para siempre, o tal vez migrado hacia otras tierras más benignas, quiero resaltar que para nosotros tenÃan un valor y una importancia superlativa. Pájaros cazábamos, pájaros tratábamos de capturar con mil estrategias y astucias no tan refinadas a veces. Y pájaros veÃamos volar tan alto, como los sueños nuestros cuando nos levantábamos ya que nos despertaban sus trinos.
Y al atardecer nos seducÃan sus gorjeos y murmullos en los paraÃsos y "siempreverdes" cuando ellos mismos llamaban su propio sueño.
Por todo esto es que cuando Paco Olaviaga compró su camión y comenzó a viajar hacia distintos puntos del paÃs, en especial al Norte, fue cuando nosotros estuvimos más cerca del asombro.
Don Paco, como lo llamábamos nosotros, construyó una gran jaula o pajarera (el jaulón, decÃamos nosotros) en el patio de su casa, muy cerca de la calle y comenzó a traer las especias más bellas y variadas de las que nuestra imaginación podrÃa haber supuesto. Desde un tucán picudo y silencioso hasta un papagayo rojo y verde tornasolado, carpinteros, paraguayitos, canarios de colores no convencionales e incluso los amarillos que nosotros ya conocÃamos, hasta un flamenco enano color rojo violento que permanecÃa eternamente parado en una pata. La variedad era tal que ya no recuerdo los nombres por el cual le inquirÃamos cada vez que él salÃa de su casa y nosotros estábamos arremolinados y quietos por el asombro y la dicha, que a veces son una misma cosa.
El jaulón de don Paco en aquellos tiempos era un atractivo turÃstico del pueblo, en especial para la población menuda que torcÃa el destino de sus mandados para quedar largo rato azorada observando como en misa esa maravilla del reino animal. El éxito que fue tal que hasta las maestras llevaban a los más pequeños a regocijar sus ojos ante tanto esplendor de canto y colorido.
Justo al lado donde vivÃan don Paco Olaviaga y su familia tenÃan los hermanos Spizzo su sastrerÃa. Como todos sabemos, los sastres y los relojeros han sido una especie de conspiradores lÃricos, tal vez por la caracterÃstica del oficio, proclive a la tertulia y al conciliábulo y al chisme polÃtico.
Al llegar a la adolescencia nuestros intereses cambiaron como nuestros cuerpos, y trocamos entonces las visitas al jaulón de Paco por la charla en la sastrerÃa de Omar Spizzo a quien ayudaba su hermano Pedrito, un héroe del siete a dos de aquel clásico que todos recordamos,
Como corresponde a dos sastres, vestÃan a la moda, pero Omar calzaba bigotes a lo Alfredo Palacios, su Ãdolo admirado y llevaba sobre sus hombros una manta de vicuña para remarcar pertenencia polÃtica.
Un chico de la barra, Chorchi López, era aprendiz en la sastrerÃa de Omar, a quien una vez le oyó contar sobre el derrocamiento de Yrigoyen.
-Vaya tranquilo amigo que todo se va a arreglar, dijo Omar que habÃa aconsejado el Peludo, cuando le fueron a advertir que Uriburu conspiraba.
Esa frase recuerdo de aquellos tiempos en que habÃamos cambiado el luminoso jaulón de Paco por la sastrerÃa de Omar.
Y nosotros tal vez no nos parábamos más a oÃr cantar pájaros y hoy me pesa un poco.
Cuando de todo aquello no nos queda nada.
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