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Viernes, 28 de junio de 2013
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Pegaso

Por Víctor Maini
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En las verdaderas salas de espera de la muerte, que comúnmente llamamos geriátricos, tuve que visitar a mi madre sumergida en una niebla cada vez más espesa durante cuatro años. Nadie está preparado para dicha experiencia, ser visitante en una sociedad cerrada en la que ninguno de sus habitantes desea quedarse. En un sitio donde es frecuente encontrar mujeres de noventa años llamar a su padre que está trabajando, pedir permiso para ir a buscar a su hija a la escuela o llamar a la modista que tarda en traerle el vestido de novia, bueno es buscar cabezas que coordinen mínimamente como quien busca pisar piedras sobre el río Aqueronte para no caer en el Tártaro. Don Alfredo era mi preferido, siempre empujando su silla de ruedas, nunca sentado en ella, chueco de tanto andar a caballo y no por estar operado de cadera, según sus propias declaraciones. En la mesa de mi madre, donde se tomaba mate en continuado, decían que estaba más loco que una cabra, pero era prudente saber que dichos comentarios no venían desde un cuerpo colegiado de la cordura precisamente y además estaban infestados de celos. Siempre me gustaron los caballos y nunca supe demasiado, el viejo me enseñó de razas, costumbres, cuidados y caracteres de los equinos con una precisión asombrosa. Siempre terminaba sus clases hablando de Pegaso, un tordillo rápido como el viento, con el cual se había cansado de ganar cuadreras. El se encargaba de florearlo medio frenado de la rienda izquierda, a la hora de la competencia, lo jineteaba su hermano cinco kilos más liviano quien lo soltaba hasta hacerlo volar. Una vez en Sancti Spíritu, cerca de Amenábar, su pueblo natal, llenaron dos sombreros con plata grande. Antes de irme siempre me decía algo sobre el clima, me adelantaba si iba a llover, o si iba a entrar una ola de frío. Lo increíble era que casi siempre acertaba con el pronóstico. El día que le pregunté si leía el diario o miraba mucho televisión para estar tan bien informado en el parte meteorológico, me dejó helado con la respuesta, "No, hablo directamente con Hermes, un mensajero alado que me trae información directamente de los dioses y de los cambios de clima". En el acto me di cuenta lo corto que se había quedado las materas en su diagnóstico. Sabía y creía más sobre los dioses griegos que de caballos. Me aseguró que no habían muerto, sino más bien se habían retirado del Olimpo para esperar agazapados en las constelaciones. Me miró fijo cuando me dijo: "El hombre es lo que se cree y si dejamos de creer en el rayo de Zeus o en el tridente de Poseidón, seguro que van a perder su fuerza, pero de allí a de decir que no existen hay un largo trecho, mi amigo".

De lo único de lo que se arrepentía en haber cambiado el campo por la ciudad era de la noche perdida, decía que los ciudadanos no sabían de cielos, más bien de cielorrasos. Que andaban encandilados como liebres en época de caza, por culpa de las luces de neón y el alumbrado público. Que desconocían de estrellas, de lunas, y lo peor de todo es que ya no les interesaba saberlo. La tarde que vinieron unos familiares desde Humbolt a visitarlo, me invitó a la reunión. Mariana, una bisnieta a la que no conocía, sacó de su mochila un dibujo, un garabato que puso sobre la mesa como regalo. "Qué lindo dibujo", dijo el bisabuelo, "¿Quién es?", preguntó. La nena con la transparencia que da la inocencia, tocando tres veces con su manito el papel, contestó: "Zeus, el dioz de los diozez, quien va a zer zinó?". Me levanté para dejarle la exclusividad del llanto al anciano, mientras me juraba ponerlo cara a cara con sus dioses. Fredy, el enfermero nochero del residencial, es oriundo de Loreto, plena selva amazónica. Las revistas que les llevé de regalo, junto con el pato para que lo hiciera guisado o el corazón de vaca para sus anticuchos, no fueron suficientes para quebrar su voluntad. Como buen peruano no aceptó el soborno y me dijo: "Deje de traerme obsequios, se lo voy a entregar al viejo, pero por convicción, aquí adentro la única sorpresa que existe es quien se va a morir primero y si le llega pasar algo me voy a sentir con culpa". Lo pasé a buscar a las dos de la mañana, no habló una palabra, sólo tenía una sonrisa dibujada en su rostro que no se la había visto antes. Tomé la ruta 33 y a la altura de Firmat, me desvié por un camino lateral de tierra y me detuve en pleno campo cerca de un monte de eucaliptos. Lo dejé sólo con su mundo de estrellas. Lo vi llorar, reírse, hablarles, dar vueltas en círculos, levantar las manos hacia el cielo como si fuera a levitar durante casi una hora. Al regresar sólo me dijo: "nunca se lo voy a terminar de pagar". Volvimos cantando Luna tucumana y Zamba de mi esperanza. Lo que nunca voy a saber es a quien se refirió en realidad, si a su parejero, al caballo alado o a la misma constelación, cuando sacó la cabeza peligrosamente por la ventanilla y con toda la sangre en el rostro y sus cabellos blancos como rayos, mirando hacia arriba gritó: "¡Pegaso!, ¡Pegaso!, Cuidámela a Marianita por favor, te lo pido por el amor de Zeus".

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