Nosotros en aquel tiempo llamábamos a las cosas de modo distinto según fueran las formas en que nos ponÃamos a inventar juegos nuevos.
La imaginación siempre lista, siempre a flor de piel como quien dice, para suplir la falta absoluta de juguetes en que transcurrió toda nuestra infancia. Por otro lado, muy breve porque pronto tuvimos que salir a trabajar para ayudar a nuestras familias. En mi caso corrÃa con una ventaja, que debo a mi padre en su decisión de no tener una familia numerosa. Esto siempre lo explicaba asÃ, cuando se le inferÃa por qué habÃan decidido tener un solo hijo.
-Vi mucho hambre en todos los lugares que recorrà por trabajo.
De hecho cuando mi hermano nació yo habÃa terminado la primaria.
Mi padre abandonó la chacra paterna disgustado con mi abuelo cuando tenÃa dieciséis años. Durante veinticinco no se hablaron ni se vieron, pese a que mi padre no se movió de la colonia, siempre trabajando de peón en las chacras hasta que se radicó en el pueblo, se afilió al Sindicato de Obreros Rurales, conoció a mi madre en un baile del club y se casaron. Según siempre oà contar.
Cuando bautizaron a mi hermano, se asó un lechón en casa de tÃo Berto. HabÃa viajado tÃo Kelo con tÃa Pina para oficiar de padrinos. Fue la última vez que los vi. Yo tenÃa catorce años. Pero el cura rechazó su padrinazgo porque estaban casados vÃa Uruguay y acá no valÃa al no haber divorcio.
Todo se salvó al fin de cuentas porque tÃo Berto y tÃa Ita oficiaron de gustosos padrinos. Ese dÃa, las mujeres conspiraron para sentar uno al lado del otro y mi padre prestó su cuchillo más filoso a mi abuelo e hicieron las paces. Mi padre tenÃa entonces cuarenta y un años. Muchas veces pensé -como toda la familia- si tal distanciamiento no fue excesivo. Pero al conocerlos comprendà que era natural que asà fuera porque tenÃan una cabeza por demás de tozuda, dura como una piedra repetÃa mi abuela que los padeció largamente a los dos.
Creo que mi abuelo nunca le perdonó a mi padre que siendo el mayor de ocho hermanos lo abandonara tan pronto y además dando el ejemplo para que los demás lo imitaran y lo dejaran solo para trabajar la tierra que en verdad daba poco y pensándolo bien, era lo lógico. Esas pocas hectáreas arrendadas no alcanzaban para mantener tantas bocas.
Lo cierto es que mi abuelo se sintió cansado a los cincuenta y seis años y canjeó herramientas, caballos, vacas y demás animales por un pequeño almacén y despacho de bebidas que bautizó Las Colonias en un barrio que habÃa sido en su momento de muy mala fama porque funcionaron muy cerca un par de prostÃbulos. Los habÃan clausurado hacia casi veinte años pero el barrio no habÃa mejorado mucho y sobre todo no le resultó próspero por la situación económica de los vecinos.
Una década después se jubiló y lo alquiló al Mono Boccolini cuando se casó con mi prima. Como no les convenÃa económicamente y porque se cansó de lidiar con borrachos, lo cerraron para irse de mensuales a la chacra de Marcelo Hidalgo en Colonia La Catalana. Estaban justo enfrente de ese escuelita tan hermosa, una réplica en pequeño de la Provincial de mi pueblo. TenÃan como vecinos a la familia Méliga.
Yo iba seguido y me quedaba en esa chacra lleno de gallinas y de patos y de pavos gritones. Siempre me gustaron las chacras, aunque nunca vivà en ninguna, ya que mi familia las iba abandonando porque ninguno fue nunca dueño de ninguna parcela de campo ni para enterrar sus huesos siquiera. Asà que buscaron nuevos horizontes ya en el pueblo con cualquier conchabo o en las ciudades los más jóvenes. El tÃpico éxodo rural hacia los centros urbanos que necesitaban mano de obra en las industrias que empezaban a brotar en especial en Buenos Aires y Rosario.
Pero sobre todo me gustaban los caminos rurales que llevaban y traÃan gente en esas numerosas tareas, que a lo mejor se reducÃan a muy pocas pero que necesitaban un desplazamiento constante: trasladar leche al pueblo desde los tambos a la CremerÃa, la que tuvo muchos años la Cooperativa AgrÃcola Federal, o los granos cuya variedad era mucha en ese tiempo hacia los galpones que las cerealeras tenÃan en el pueblo, incluidos los varios que poseÃa la misma Cooperativa.
Esos caminos también eran las vÃas naturales para llevar los arreos de hacienda hasta la Feria donde se remataba en esa esquina llena de árboles añosos que compró la familia Salvucci y cuidó y plantó más árboles, los que hoy son un orgullo por la cantidad de especies, que orondamente me reciben en cada viaje. Muchas veces he pensado en esos caminos que tanto amarÃan Arnaldo Calveyra, entrerriano y poeta o el mismÃsimo Haroldo Conti, nativo de Chacabuco, quien decÃa que los caminos rurales eran fogonazos de sol enclavados entre verdes y ocres.
Los caminos --agrego yo-- que tanto amé, que transité primero con mi padre, en incursiones de caza a pie, y muchas veces en sulky cuando lo acompañaba en sus trabajos de juntador de maÃz, o con mis amigos cuando Ãbamos de pesca.
Esos caminos que rodeaban las casas como grandes rÃos de tierra con sus árboles frondosos a los costados. Esos caminos que eran como nerviosas telas de araña que el solazo de enero verÃa pacÃficos, porque recibÃan el silbido del abejorro impaciente, el zumbido de las abejas que insistÃan en buscar esas flores silvestres para su miel.
Esos caminos que sobrevolaban las garzas moras y blancas buscando cañadas lejanas.
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