Todos sabÃan que en la casa tenÃamos un altillo.
Todos sabÃan también que el altillo estaba permanentemente cerrado. Pero también sospechaban (todos) que habÃa alguien que habitaba el altillo al cual nosotros querÃamos mantener oculto.
A veces, en las noches quietas de luna clara, algunos habÃan jurado escuchar ruidos extraños provenientes de allÃ.
Eran ruidos poliformes, polifónicos, esporádicos, extraños. A veces parecÃan gruñidos de algún animal desconocido, casi un monstruo. A veces eran como el chirrido de el engranaje de una máquina estéril, caótica y lejana, completamente desconocida.
Nadie se animaba a preguntarnos.
Era un secreto a voces.
Como tantos otros secretos que andan por ahÃ.
Nosotros le dábamos de comer.
Era, según sus gustos. A veces traÃamos bebés chiquitos y se los dejábamos en la ventana. Él sabÃa agarrarlos bien y devorárselos. A veces, más rápido que otras veces, se los acababa según su grado de ternura y de inocencia espiritual. A veces tardaba más porque los encontraba no tan cándidos, un poco ya como tocados por la avaricia, por la mezquindad, por el egoÃsmo individualista que nos gobierna a todos. PreferÃa los bebés de los humanos, eso estaba mucho más que claro. Los encontraba más tiernitos y comérselos le implicaba consolidar una suerte de venganza ancestral. A veces no conseguÃamos, era un poco difÃcil robarlos, de los orfelinatos, los hospitales y las casas de mamás recién estrenadas. Entonces le traÃamos cachorritos de perros o gatos, a veces pollitos. Eran los más tiernos, pero no era lo mismo. Nosotros sabÃamos que en su escala de preferencias los cachorritos de humanos eran los más preciados.
Sin embargo habÃa épocas en las que preferÃa comer vegetales, cactus, espinas de Cristo, a veces Aloe, para preservarse, todos quieren mantener su juventud a toda costa, sean bichos o no. Algunas veces nos pedÃa chatarra, de los autos, de las industrias. Él sabÃa entenderse con nosotros, nadie sabÃa cómo pero él siempre lo lograba. Todos los que vivÃamos en la casa lo entendÃamos y habÃamos empezado a comprenderlo, ésa era la parte peor. A veces nos pedÃa cosas siniestras. Como por ejemplo una viejita cuadripléjica para poder pasar una noche de sexo explÃcito. Total, en la madrugada la devolvÃa, eso sÃ, no en el perfecto estado en el que se la habÃamos dejado, un poco más maltrecha, pero vivita y con un dejo de felicidad en la mirada que denotaba, como siempre, que un buen orgasmo (sea con un bicho o no) valÃa mucho más que todas las pastillas y los tratamientos médicos del mundo.
A veces nos pedÃa basura industrial para hacerse un buen banquete, a veces, desechos biológicos (fetos, tumores extirpados, miembros amputados).
Algunas veces, cuando querÃa ayunar, nos pedÃa toneladas de frutas, y con eso, nada más, se conformaba.
Era raro verlo consumir leche, pero a veces, como para desintoxicarse también, la consumÃa en cantidad.
El problema eran sus desechos. Eran desechos orgánicos, porque él era un bicho, un animal. Eso sÃ, un animal desconocido y extraño al que todos tenÃamos miedo y al que nadie habÃa podido (por no tolerar el montante de angustia que eso conllevaba) ver en su totalidad.
Nosotros tenÃamos indicios de que él existÃa: los ruidos, en casa se escuchaban más que afuera, los olores, en casa eran mucho más nauseabundos que en el resto del vecindario, los gruñidos, a veces de dolor, a veces de tristeza, muchas veces de tedio, a veces (¿por qué no?) de agradecimiento.
De todos modos y sea como fuera él era un bicho, pero antes que nada era un animal que estaba encerrado.
Eso sÃ, no le faltaba nada. Nosotros procurábamos que no le faltara nada desde el primer dÃa que llegó a la casa, huyendo por los tejados y las terrazas, perseguido por policÃas y gendarmes, por ogros, gnomos y brujitas celestes.
Él era un bicho medianamente normal. No molestaba más que lo indispensable. Papá dijo de hacerle un lugar en el altillo porque era el lugar de la casa más acorde con su fisonomÃa: allÃ, entre las bicis con las gomas pinchadas y reventadas, las herramientas de carpinterÃa que nadie usó jamás, los tachos de pintura viejos y resecos y el aguarrás quasievaporado de las botellas de vidrio, él sabrÃa ubicarse y acomodarse a su propio gusto. Allà podrÃa reinar sin molestar al resto de la familia. Pero, de todos modos, y como dije antes, él era un bicho encerrado. A veces se hartaba. QuerÃa salirse y por ello, era mejor reforzar las puertas y las ventanas. Era mejor que no se supiera en el barrio que nosotros tenÃamos un bicho instalado, conviviendo con nosotros. Si se sabÃa, era seguro que vendrÃan los de Seguridad Animal, también los de la SIDE y, de paso y si podÃan, mandaban a la CIA.
De todos modos, era cierto que estando en el altillo él casi no molestaba y también era cierto que esa era la parte de la casa que casi nunca nadie usaba. La tenÃamos de depósito de porquerÃas, nada más.
Como dije antes, el problema eran sus desechos. Orgánicos. Olorosos. Mamá dijo de alcanzarle algo asà como una pelela, pero de más está decir que con una pelela no alcanzaba: él era un bicho grande. Trajimos un balde, después otro, al final, le alcanzamos un fuentón bien grande, como los que se usaban antes para dejar la ropa en remojo y después lavarla a mano. Ese parece que le gustó. Se lo apropió de una. El problema es que él hacÃa de lo sólido y de lo lÃquido. Es decir pipà y popó. Y que asà como comÃa, asà evacuaba. El tema era retirar el fuentón, lavarlo, y después alcanzárselo de nuevo. A veces, en ese trajÃn, él se nos escapaba, porque debÃamos para ello abrir y cerrar la puerta, la única puerta que el altillo tenÃa. Entonces se escondÃa en los lugares más insólitos: detrás del lavarropas, detrás de la heladera, detrás de las palmeras y las Santas Ritas del fondo, detrás de los cristaleros del comedor. Nos dábamos cuenta por el olor, sabÃamos escucharle, por más que él la contuviera, el sonido pesado y ventilado de su respiración difÃcil.
Después lo encontrábamos y nada más que con una seña, algunas veces con una orden, nunca con un grito, él volvÃa, manso y tranquilo, al lugar de donde habÃa salido, nuestro altillo.
También era muy cierto que habÃamos llegado a lograr cierta armonÃa entre todos. Por ejemplo, nunca nos hicimos daño, ni nunca nos faltamos el respeto, nunca nos gritamos, ni nos peleamos, ni nos agredimos verbal ni fÃsicamente. Él era un bicho bueno, eso se notaba. Desde el primer dÃa que llegó a la casa. Él lo único que querÃa era un lugar en donde lo dejaran vivir en paz. Y parece que en casa lo logró. También es cierto que nos terminamos queriendo. Nosotros lo querÃamos y él también a nosotros. No entendÃamos la vida sin él. Él tampoco entenderÃa su vida desprendida de la nuestra. SabÃa de todos los movimientos de la casa. De todos sus habitantes. De los parientes y los amigos. De nuestros horarios. De los horarios de los otros. Nos querÃa. Nos querÃamos.
Tratábamos siempre de no dejarlo solo. Entre otras cosas porque sabÃamos que él no podÃa bastarse por sà mismo y dependÃa de nosotros.
Era por eso que tratábamos de salir en distintos turnos. De los amigos, a clases, a trabajar, de vacaciones. Él era como nuestro bebé grande. Aunque fuera un bebé de bicho. SabÃamos que dependÃa de nosotros. Lo tenÃamos a cargo.
Era nuestra responsabilidad. Porque querÃamos. Nada más. Siempre supimos que podÃamos desligarnos de él cuando tuviéramos la voluntad. El tema es que esa voluntad no nos llegó nunca. Preferimos guardarlo en el altillo y tenerlo. Como el engendro real de nuestro propio imaginario. Cuidándolo. Cuidándonos. Para que nunca le falte nada. Para que nunca nos falte nadie.
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