Se dio cuenta de que algo no encajaba cuando le empezó a doler caminar, correr, jugar. O tal vez antes, antes de que los signos fÃsicos aparecieran. Una vez, de la nada, el llanto le mojó la cara como una catarata cuando su mejor amiga prefirió sentarse con la chica más linda del grado con esas pecas de muñeca pepona y esos ojos de gata grises y ese pelo rubio rojizo de dibujo animado para hacer un trabajo de matemáticas. Corrió a esconderse al baño del colegio. No lograba entender tanta molestia, tanta ira dentro de sÃ. Le ardÃa la cara. Se miró, como si por primera vez lo hiciera, en ese espejo raÃdo: unos ojos marrones ampliaban su vulgaridad bajo los anteojos demasiado grandes que sobresalÃan obscenos en esa cara demasiado pequeña; los pies, demasiado largos en un cuerpo desgarbado, desproporcionado. Odió su uniforme gris. Fue la primera vez, la del descubrimiento. Esa primera vez decisiva en la que la propia mirada se hace implacable y de la que luego habrÃa que arrancarse con años de terapia, o al menos intentarlo. Y las ignominiosas piernas: las medias tres cuartos azules acentuaban su flacura. Odiaba sus piernas. Ella no era linda. Definitivamente no lo era. Y esas tetitas que le asomaban en la camisa tan jodida de blancura. ¿Qué era eso de corpiños? Todo le resultaba aterrador: los corpiños y las afeitadoras, casi tanto como las tetas y los pelos. No los querÃa. No querÃa convertirse en ese monstruo al que cada vez se parecÃa más. Un monstruo que, como todo monstruo, la dejaba expuesta al ridÃculo, al dolor y a la soledad. Volvió al aula altiva y con una certeza a medias: ya no era la misma.
Fue en aquel verano en que abandonó la escuela primaria cuando el cuerpo se le reveló con toda su crudeza, acompañando a las granadas del patio de su casa que crecÃan esperando el tiempo de la madurez otoñal. Maduraba como las granadas. Lo crudo florecÃa con dolor. ¿Qué fuerza la sometÃa a ese sueño implacable? ¿Qué terrible enfermedad le tironeaba las tripas convirtiéndola en un estropajo? SentÃa que todas las granadas se le habÃan metido adentro y explotaban una a una, todavÃa ceñidas al árbol, al ritmo de una danza macabra. En una reposera se desplomaba toda su humanidad y no era capaz de distinguir si la opresión del aire húmedo y sofocante era un devenir climático o existencial.
Las granadas comenzaron a resbalarse entre sus piernas. Su madre le dio consejos de paños y algodones que no le bastaron para comprender el cambio y que no le devolvÃan a la niña que hasta hacÃa unas horas habÃa sido. La sangre menstrual estaba tatuada en las miradas. Confirmaba que era un monstruo que caminaba con dificultad arrastrando todo ese algodón en el medio de las piernas. ¿Se le notarÃa? ¿AlcanzarÃa el algodón para salvarla de la adolescencia, de los ardores de la juventud, de la obligación de ser madre? Cada mes desde ese dÃa era una pelea consigo misma, un subibaja y una confirmación:
una lágrima entre las piernas, roja
parece caer, como todo lo que gira
parece
yo la veo como si fuera de otra
incapaz de asumir la forma de la sangre
la vida y la muerte resbalando
hacia el inodoro.
La sangre, ahora, dicen que dicen, que la conecta con los ciclos de la luna y con los de la tierra. SÃ, parece bello. Suena a postal latinoamericana, a vida latiéndole verdades a la muerte. Pero en ella lo hace siempre de manera doliente, desgarradora, obligándola a bajarse del mundo. Destinándola a parir cada mes su propia vida. Vida que acaba confirmando su insignificancia en el tacho de basura o, en el mejor de los casos, en el inodoro.
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