El primer muerto que vi en mi vida apareció en el baúl de un Renault 12 que llevaba cuatro o cinco dÃas abandonado en la puerta de mi casa. No sé por qué lo recuerdo ahora o por qué escribo sobre esto ahora. Por qué lo recuerdo ahora y pienso, además, en el comienzo de una novela de Paul Auster que no tiene que ver con el asunto, porque este muerto --el de la puerta de mi casa-- era un desconocido y habÃa sido asesinado de una manera brutal. Pero pienso en el primer párrafo del Retrato de un hombre invisible, la primera parte de La invención de la soledad: "Un dÃa hay vida. Por ejemplo, un hombre de excelente salud, ni siquiera viejo, sin ninguna enfermedad previa. Todo es como era, como será siempre. Pasa un dÃa y otro, ocupándose sólo de sus asuntos y soñando con la vida que le queda por delante. Y entonces, de repente, aparece la muerte."
Hace algunos dÃas la chica de ojos pardos hizo cierta referencia a algo que es sabido: cómo a veces, cuando asistimos a determinadas situaciones que ponen de manifiesto nuestra permanente fragilidad, uno se pasa horas, dÃas o meses con esa sensación a flor de piel. El accidente de algún conocido, el terremoto acá tan cerca, la tragedia inesperada, las vigas cayendo desde lo alto. O los muertos que aparecen en la puerta de tu casa. Durante ese tiempo uno reacomoda de algún modo sus prioridades. Las cosas que habitualmente nos angustian se nos revelan más triviales --los tedios cotidianos, los impuestos por pagar, los pequeños malhumores-- y uno se enfoca en las cosas que tienen verdadera importancia, las cosas que le dan sentido a todo lo demás. Pero, poco a poco, las ocupaciones y los tedios y malhumores cotidianos acaban por recuperar espacio, se abren lugar en nuestras conversaciones, se imponen otra vez en nuestros pensamientos.
Aventuré que tal vez se tratara de nuestro mecanismo de defensa. La conciencia de finitud, la certeza irredimible de nuestra propia mortalidad, le dije, permanece maniatada o contenida durante la mayor parte de nuestra vida. Aun sabiéndonos fugaces nos acostumbramos a olvidarlo a lo largo de cada dÃa. No por un acto de omnipotencia o de negación, sino simplemente porque lo contrario serÃa insoportable. La lÃnea que divide la vida de la muerte es tan delgada, tan inestable, que cuando sobrevienen momentos de ese tipo la tragedia inesperada, la muerte cercana, la fragilidad al descubierto, el muerto en tu puerta no sabemos de qué lado estamos. No sabemos de qué lado estuvimos nunca. Nadie puede vivir asà todo el tiempo.
La vida, por lo general, nos prepara de a poco para la muerte. De a poco. Un dÃa hay vida, y otro también, y otro también: la muerte toma forma despacio. Hay un orden natural que aprendemos y aceptamos desde chicos: ver morir a los viejos, envejecer a los adultos, crecer a los jóvenes. Si bien hay -siempre hubo- excepciones, tragedias inevitables que precipitaban el contacto del hombre con la conciencia de su propia finitud, que alteran el orden lógico o anticipan los finales, y la humanidad se encargó a lo largo de los siglos de alterar esa aceptación paulatina, de despeñarse antes de tiempo sobre la noción de muerte de las formas más terribles -la idea del "orden natural" resulta particularmente absurda en contextos como la guerra o la exclusión social, por mencionar sólo algunos-, uno suele ir preparándose para la muerte a través de aproximaciones. Una mascota que un dÃa deja de estar, el familiar de algún conocido, uno de tus abuelos o bisabuelos que un dÃa se apaga como el dÃa al llegar la noche. Sin embargo yo tuve suerte. TenÃa padres jóvenes y abuelos saludables y nunca habÃa tenido un contacto directo con la muerte. Jamás habÃa visto a un muerto hasta que el muerto vino a mÃ. O lo dejaron ahÃ.
Sé que era un sábado de finales de primavera y el sol se derramaba sobre el patio. Me acababa de despertar, alertado por el escándalo contenido que tenÃa lugar en la puerta del garaje. HabÃa un par de policÃas que tomaban nota o hablaban por teléfono, cuatro o cinco curiosos que se asomaban y un degollado en el baúl abierto del Renault 12. No puedo decir qué aspecto tenÃa. Mejor dicho: que aspecto habÃa tenido. En ese momento era un bulto apretado en un baúl exiguo, con las piernas y los brazos doblados en posiciones absurdas. TenÃa el cuello abierto de lado a lado y un manchón oscuro de sangre seca cubrÃa el tapizado. La cabeza --grande y rasurada-- habÃa adquirido un violáceo fantástico que lo desfiguraba. Más tarde coincidirÃamos con mi hermano en señalar la impresión que nos produjo esa cabeza henchida y amoratada en la que, suponÃamos desde nuestro desconocimiento forense, se habÃa acumulado sangre durante los cuatro o cinco dÃas que llevaba ese cuerpo en el baúl, despidiendo un olor ácido y pestilente que acabó por llamar la atención de los vecinos de la cuadra. No puedo decir qué aspecto tenÃa o habÃa tenido, pero sé que lo imaginé parecido a José, un negro enorme y amable que por ese entonces nos levantaba una pieza nueva en casa. José tenÃa la cabeza algo cuadrada y el pelo cortado al ras, un apretón de manos áspero y casi dos metros de altura.
El muerto también era albañil. Eso lo supimos después, a través de los diarios. Al parecer el muerto habÃa formado parte de un triángulo amoroso que terminó de la peor forma o algo asÃ. No sé si andaba con la mujer del asesino o si era al revés. No tiene importancia. Nada de todo esto la tiene. No hay una anécdota memorable, no hay una historia mÃnima, no hay prácticamente nada detrás de este recorte arbitrario que me propuse contar, de este recuerdo que tomó forma ante la hoja en blanco. Acaso no hay más que este collage compuesto por un recuerdo, una conversación y un comienzo de novela que se entrecruzan sin sentido en una tarde como cualquier otra. Acaso no haya más que esta idea pidiendo voz, pidiendo espacio. Porque aunque ahora queden lejos los muertos en mi puerta, siempre hay un duelo inesperado, una sombra, una amenaza, una tragedia que trae de nuevo esta sensación usual, insistentemente usual, de que un dÃa hay vida y de repente.
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