Dos años atrás, lo encontré a Nápoles en México y le dije que me tenÃa que dar la oportunidad, que yo me la merecÃa, ya que estaba 3 en el ranking mundial y con un montón de peleas: "Cuando quieras", me respondió. Y cumplió. Yo estaba bárbaro para ese combate: "No puedo perder", me decÃa a mà mismo. Pero llegado el momento, frente a Mantequilla sufrà una desgracia: a diez dÃas de la pelea me saqué el hombro derecho de lugar, por lo que el médico me dijo que tenÃa para cinco meses de recuperación".
-Hay que esperar, Saldaño, suspenda, hágame caso. La medicina todavÃa no lo sabe todo. Algún dÃa, quizá. Pero por ahora no. Yo creo que el hombro le va a doler, estoy seguro que le va a doler y que no lo va a dejar pelear. Si ni siquiera puede peinarse" Va a querer sacar la mano y en el medio del golpe, la mano solita se le va a volver. Está por la mitad, Saldaño, tiró demasiado fuerte la mano hacia adelante y el hombro se le fue atrás".
-No me pida que no le diga nada a Tito. Igual ya se debe haber dado cuenta. Él sabe mejor que nadie lo que le pasa. SÃ, sÃ, lo sabe mejor que yo, que soy su médico. Porque él ve todo entero lo que yo veo por partes, ¿me entiende? Tito ve cuando usted camina, cuando come, si tiene las piernas flojas, si le duelen los golpes. Mire si no se va a dar cuenta de lo que le pasa en el hombro. A mà me formaron para otra cosa y por esas cosas de la vida terminé en el box. Yo lo veo por partes, la mandÃbula, las rodillas, el hÃgado, los cortes en la cara. Tito lo ve a usted todo junto".
-Usted no ganó nada todavÃa, eso ya lo sé. Y puedo imaginarme lo que significa en su vida el tÃtulo del mundo. Uno se hace grande con un salto; tanta espera, tanto aguantar, tanto vestuario nervioso. Una vida propia ganada en una noche de gloria eterna. ¿No puede esperar? No puede esperar, ya sé. Lo entiendo, no sabe cuánto. Déjeme que le cuente algo, Horacio, una pequeña historia: Mi padre era médico y por él me metà en la facultad. Yo no querÃa, no me gustaba ser médico. Iba porque él me obligaba. Cursando una materia, me hice amigo de un pibe que robaba calmantes del laboratorio. Al principio yo no querÃa tomar nada. Después sÃ, para los exámenes, para cualquier dolorcito, para soportar las clases. Un dÃa me di cuenta que tomaba calmantes todo el tiempo. Dejé de ir a la facultad y en mi casa no dije nada. TenÃa 20 años, el cuerpo y el cerebro siempre dormidos. Me saqué un boleto en micro a Montevideo y me fui como un desertor. Dormido como estaba, yo querÃa mi propia vida. QuerÃa un tÃtulo mundial, como usted. Viajé no sé cuántas horas. Cuando llegue, me bajé del micro y caminé por la terminal todo el dÃa. No podÃa salir. Era mi vida o la vida que mi padre habÃa pensado para mÃ. Irme más lejos o volver, hacer mi pelea mundial o quedarme en lo que ya conocÃa. ¿Me entiende Horacio? TenÃa, como usted, el hombro salido de lugar: o peleaba por mà mismo o me volvÃa. En un momento, sin darme cuenta, me arrodillé delante de una columna de la terminal, me abracé a ella y me puse a llorar. Lloré como nunca en mi vida. Me volvà esa misma noche. No peleé. TendrÃa que haber seguido y no lo hice. Me dolÃa la tristeza de mi madre o el enojo de mi padre. Me dolÃa tanto como a usted le duele el hombro ahora.
¿Tiene que pelear? Si le duele, ¿tiene que pelear? Yo no pude, yo me volvà sin tirar una mano por mà mismo. Y aquà me tiene. Yo no soy médico, trabajo de médico, ¿me entiende?
TodavÃa me arrepiento. Yo, que le digo a usted que espere, que no se arrebate, que se quede. No me haga caso. Mejor vaya, Horacio. Vaya y pelee. Usted nunca fue de achicarse. Sabe perfectamente que aunque vaya de punto no arruga ni a palos, que la voluntad de ponerse de pie es su respiración. Puede confiar en su paso corto, de ataque, ahà no va a tener problemas. Usted es capaz de apretar la cintura como un bailarÃn cubano, achique milimétrico y ver si saca el gancho de zurda que lo mande a la lona a Mantequilla. Entre tanta humedad, hay una grieta de luz. Eso puede, sÃ. Sepa que el combate es largo, si fracasa en los primeros rounds está listo, no llega ni al cuarto en pie. El arrebato dura tres minutos, o seis, no más. Pero a usted le alcanza. OlvÃdese de lo que le dije al principio y vaya. No hay que esperar, no hay nada que esperar".
La caminata hasta llegar al ring fue larga. Subà llorando del dolor. Decidà pelearlo igual aún sabiendo que no ganarÃa. En el segundo round lo acerté abajo y escuché su quejido porque lo sintió. Si no me lesionaba, no podÃa perder. Yo siempre lo hice por trabajo, sólo para ganarme unos pesos. Mi viejo sólo me mandó al club porque me veÃa condiciones. Nunca miré boxeo de chico y nunca me gustó.
© 2000-2022 www.pagina12.com.ar|República Argentina|Todos los Derechos Reservados
Sitio desarrollado con software libre GNU/Linux.