El vino, se sentó, se acurrucó al lado mÃo. Sentà el perfume de sus cabellos sedosos y grises, tan grises como el recuerdo. Lo abracé fuerte, muy fuerte, como aquella vez en que se habÃa quedado dormido mientras nosotros, todos, nos Ãbamos de pesca. Lo abracé para despertarlo porque si le decÃas no te oÃa, si le gritabas, te oÃa menos y seguÃa durmiendo, y si lo sacudÃas se despertaba de un malhumor inconmensurable tan malo como los ánimos del Diablo. Su forma de despertarse era si alguien lo abrazaba, nunca usó despertador, nunca, tampoco se levantaba solo, siempre habÃa alguien que lo abrazaba fuerte, muy fuerte y le susurraba al oÃdo "Levantate, ya es la hora".
Pero ese dÃa lo abracé de ternura, de amor, nada más que por amor, no era para despertarlo porque estaba bien despierto, tenÃa los ojos muy abiertos y estaba muy en sus cabales y en su conciencia cuando vino y se acurrucó junto a mÃ. El vino para darme calor, para darme abrigo, para darme ánimo en un momento tan fulero. SabÃa que si se acurrucaba a mi lado me darÃa todo, asÃ, sin hablar, como era él, casi sin decir nada; nada más que con el gesto, con el calor de todo su cuerpo acovachado sobre el mÃo, junto a mÃ, mientras yo lo abrazaba fuerte, muy fuerte, como cuando éramos jóvenes y habÃamos empezado a encontrarnos a escondidas, entre los sauces de la cañada, más allá de lo de Suárez, al principio de una forma tÃmida y disimulada, con mucho de vergüenza y de pudor y luego luego cada vez con más desenfado con mayor desenfreno, con mayor descuido y desafÃo respecto de las voces ajenas, ésas que siempre andaban por ahà hablando porque no tenÃan mejor cosa que hacer.
Nos quedamos solos, quietos, acurrucados, abrazados el uno al otro, en el medio de la madrugada frÃa, muy frÃa, casi como el desconsuelo de no tenerlo, de haberlo perdido, de haberlo dejado partir más allá de todos los rencores y de todos los malhumores y de todas las discusiones que habÃamos tenido, más allá de los ánimos adversos, más allá de los reproches y remordimientos y las culpas hasta el cansancio, más allá de todo, de todo lo que habÃamos vivido hasta entonces, más allá de nosotros mismos...
Pero lo dejamos partir sin rencores, sin miedos tampoco; al infinito, como él querÃa, como él quiso siempre, conocer, viajar, andar, pasear, conocer otras gentes, otros lugares, otros caminos, hijo de andariego parecÃa que era ése, hijo de nadie y de todos, él querÃa encontrar caminos, rutas, destinos, gentes, pero nunca un destino final, nunca un puerto en donde quemar las naves, nunca un lugar para hacer escala, nunca, nunca, eso jamás. El andaba, de aquà para allá, de la diestra a la siniestra y enrevesando. QuerÃa conocer lugares porque era joven, eso dijo, mientras fuera joven, eso, también dijo, y mientras no tenÃa otros problemas, eso, también dijo. Nosotros siempre le dimos todo, como a los otros, sin miramientos, sin hacer diferencias, sin enredarnos en las nubes de preferencias que si es asà o es asá o si hace esto o si hace esto otro. Nunca le negamos nada. Tampoco a los otros hermanos. Eran todos iguales. Eran todos nuestros hijos. Pero él habÃa salido el más andariego, nunca le dijimos lo que tenÃa que hacer. A los otros tampoco, pero los otros, por sà mismos, fueron dibujando otros caminos. A la edad que él andaba veleteando todavÃa ya se habÃan casado y estaban esperando los niños, haciéndose la casita. Lucas era distinto, tenÃa en los ojos esa luz, esa mirada, tan de adentro pero con tantas ganas de afuera, con tanta necesidad de horizonte que nosotros le dejábamos hacer, le dejamos hacer todo el tiempo y continuar con su vida asÃ. Supusimos siempre que en algún momento iba a conocer alguna chica y se le iba a tener que pasar. Pero parece que no se le pasaba, tan distinto a su padre era, a sus hermanos, a mÃ, tan distinto a todos los que conocÃamos que lo dejamos ser como para guardarlo en su diferencia, en su peculiaridad tan disonante del resto, tan discordante, pero tan colorida, tan chispeante que él era como el sol de la familia, venÃa a alumbrarnos con su calor de vez en cuando pero después se iba y aprendimos a dejarlo crecer y a dejarlo vivir asÃ, porque nosotros éramos los padres, nunca fuimos los dueños y no tenÃamos por qué decirle lo que tenÃa que hacer con su vida. El ya era un hombre grande, hecho y derecho, y sabrÃa decidir sobre ella mucho mejor que todos nosotros juntos o que cualquiera de nosotros por separado, la vida era de él y de eso se trataba, de que él la viviera como mejor quisiera. O pudiera, que no era lo mismo pero que para el caso daba lo mismo. No tenÃamos por qué meternos.
Por eso cuando él vino, se sentó a mi lado y se acurrucó junto a mà abrazándome, por eso cuando yo lo abracé fuerte, muy fuerte, como para despertarlo, mientras olÃa sus cabellos sedosos y grises, tan grises como los mÃos, tan grises como nuestros recuerdos no pudimos entender, yo no lo entendÃa, él no lo entendÃa, no entendÃamos, no entendimos, cómo se nos fue de las manos, como se nos fue por la hendija esa vida maravillosa de milagros amalgamados esa vida de autitos de colores y tardes de fútbol en el potrero esa vida de penitencias en la casa y de quejas de la directora y de la maestra porque travesura tras travesura hacÃa; esa vida de Lucas, Lucas con los ojos llenos de sol, Lucas con los ojos llenos de azul, de alegrÃa, de esperanza, de aventura, esa vida de Lucas que derrochaba luz, esa vida de Lucas que destilaba existencia, esa vida de Lucas que se terminó de ir por la hendija en la sala de terapia intensiva mientras todos hacÃan lo que podÃan para que no se fuera; esa vida de Lucas que se fue en los labios de las últimas palabras del médico y en su última mirada, esa vida de Lucas que terminó acorralada y traspapelada debajo de las ruedas del camión cuando él, con la moto, trató de esquivarlo, esa vida de Lucas que nunca más, nunca más viajará, nunca más conocerá, nunca más andará por otros lugares para conocer otras gentes, esa vida de Lucas que se nos murió y no sabemos cómo y no sabemos cuándo y no entendemos ni cómo ni cuándo porque somos los padres y no somos los dueños y no tenemos derecho, nunca tuvimos el derecho de decirle qué tenÃa que hacer con su vida, esa vida que era nada más que de él pero que también era nuestra porque esa vida cuando se fue se llevó un pedazo de nosotros mismos, un pedazo que se fue muy pero muy adentro y hacia el infinito y que sabemos que no vamos a recuperar más y por eso yo sé y yo siento que cuando él se acerca y se acurruca junto a mà y yo lo abrazo fuerte, muy fuerte, con esa forma de ser que él tiene que no dice nada pero que te lo da todo, nada más que con estar ahÃ, con todo su cuerpo contra mi cuerpo, todo su cuerpo acovachado contra el mÃo, los dos, solos, en la madrugada frÃa, muy frÃa, en la sala de espera del hospital, en ese momento tan fulero, yo sé, también, que un pedazo de Lucas se acurruca con él junto a mi pecho y espera, y esperan, que yo los abrace, fuerte, muy fuerte, nada más que de amor, nada más que de ternura, como cuando habÃa que despertarlo para decirle "Levantate, ya es la hora".
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