Veinticuatro años después, acá estamos. Otra vez, como en aquella tarde en el Estadio OlÃmpico de Roma y cuatro años antes en el Estadio Azteca, los nuestros frente a frente con los alemanes. Con noventa -o ciento veinte- inmortales minutos por delante. Con una nueva batalla épica por disputar. La eternidad, a veces, se forja en un campo de juego. Pero desde hace tiempo, en el panteón, se mantenÃan siempre los mismos momentos indelebles. La atajada de Kempes contra Polonia -sÃ, atajada- y sus goles; la salvada milagrosa de Fillol contra Holanda; la mano de Dios y el gol del siglo de Maradona; el coraje del Tata Brown, jugando la final con una luxación en el hombro, la corrida inmortal de Burruchaga. El gol de Cannigia a Brasil en el 90, el tobillo de Diego y las puteadas a la cámara cuando nos chiflaban el himno, las manos del Goyco en los penales. Y ahora, por fin, acá estamos otra vez. Y las puertas de la historia se abren para la bocha al ángulo del MessÃas en el final del partido contra Irán; la corrida histórica de Angelito Di MarÃa cuando se morÃa el suplementario con Suiza; la inmortal salvada de Masche ante Robben y el vuelo heroico de Chiquito Romero en los penales. ¿Cuántas veces, durante cuántos años, volveremos a esas mismas jugadas como hasta hace poco volvÃamos a las otras, las que casi la mitad de los argentinos no habÃan llegado a ver? El partido de esta tarde definirá al campeón. Sólo uno de los dos puede quedarse con la copa. Pero los nuestros ya se ganaron su lugarcito en la inmortalidad, salga como salga este partido. Se lo ganaron en buena ley.
No tengo, por supuesto, recuerdos del 78: tenÃa apenas dos años. Sà recuerdo, en cambio, los mundiales del 86 y del 90. Vi las dos finales en casa de mi abuela. Esto tiene poco que ver, pero ahora lo recuerdo. La del 90, en Córdoba, cuando después de la jubilación de mi abuelo ya se habÃan vuelto a vivir allá. Recuerdo a mi abuela inquieta, flotando por la cocina para hacerle un nudo a un repasador de cocina y recitar la plegaria que, según ella, nos habÃa llevado hasta la definición: "Santo Pilato, Santo Pilato, si no hacemos un gol, no te desato". No funcionó. O funcionó poco a lo largo del mundial. En el 86, en cambio, creà que le debÃamos la copa, sobre todo, a la intervención divina de dos héroes eternos: Maradona y el Santo Pilato de mi abuela. Creo que incluso podrÃa haber llegado a pensar que mi abuela tenÃa contacto directo con Dios, de no haber sido porque lo veÃa muy concentrado en el partido, con la diez en la espalda, tratando de zafar de la marca alemana.
Esa final la vimos en el departamento que por entonces todavÃa tenÃan en Rosario, en un edificio de calle San Luis. TenÃa diez años y los dos goles de Alemania -cuando ya, todavÃa verde, consideraba que con la ventaja de dos goles tenÃamos el partido en el bolsillo- me habÃan caÃdo como un mazazo. Estaba devastado, comiéndome las uñas y con el alma en el puño, sentado muy cerquita del televisor. Mi abuelo y mi tÃo analizaban la jugada del empate. Que si el arquero, la marca perdida, el cabezazo en el área chica y qué sé yo. Entonces mi abuela se paró otra vez, como ya lo habÃa hecho en dos ocasiones. De pie junto a la mesada, le hizo un nudo al repasador y volvió a recitar su fórmula mágica. Santo Pilato, Santo Pilato, si no hacemos un gol no te desato.
Fue la primera vez que lloré de alegrÃa viendo un partido de fútbol. No sé por qué. Era chico, no tenÃa -no podÃa tener- la conciencia necesaria de cuán irrepetible era ese momento de gloria. No sabÃa -no podÃa saber- que durante ese mes habÃa asistido a un momento histórico, acaso único: el del máximo esplendor de un jugador inigualable en una copa mundial guiando a su selección a un campeonato inobjetable. La bronca, el dolor del empate, creo que tenÃa que ver sobre todo con eso: con que hubiera sido injusto, imperdonable, que ese año la copa la alzara otro que no fuera Maradona. Pero cuando Diego metió el pase a espaldas del defensor para la corrida de Burruchaga, y comprendà que le ganaba en carrera y quedaba mano a mano con Schumacher, me levanté de la silla anticipando el final. Y cuando el Burru punteó justo la pelota entre las piernas del arquero y se infló la red, caà de rodillas en el suelo gritando el gol hasta quebrarme en llanto de la emoción. Lo habÃan logrado. Diego, sacando un pase de la nada. Burruchaga, con su corrida inmortal. Y mi abuela, con su oración que yo, por entonces, creÃa infalible.
Esa tarde mi tÃo nos llevó a mi hermano y a mà hasta el monumento, golpeando una cacerola con un cucharón hasta deformarla. La ciudad habÃa mutado. Las calles estaban forradas de papelitos que todavÃa caÃan de todos los balcones. Ese dÃa creà que la felicidad era también -o al menos por un rato- avanzar por una calle en la que llovÃan papelitos mientras avanzábamos en masa para golpearnos el pecho de orgullo y adorar, a la distancia, a nuestros dioses modernos que nos habÃan elevado a lo más alto.
En 1986 descubrà a mis primeros héroes, los de todos. Diego. Valdano. Burruchaga. El cabezón Ruggeri. Y un héroe secreto del que nunca antes habÃa hablado: el Santo Pilato de mi abuela.
En 1990 comprendà que los héroes son héroes precisamente porque son humanos y, como tales, falibles. Pero admiré a ese Maradona terrenal, el coraje incansable del vasco Olarticoechea, las atajadas del Goyco, los goles del pájaro Caniggia. Ya estaba más grande y el Santo Pilato, comprendÃ, no siempre respondÃa. Aunque mi abuela lo siguiera invocando, hasta el último minuto del partido.
Hoy voy a mirar el partido con los mismos nervios y la misma ilusión de mis diez años. Con el mismo afán de héroes. Quizá, incluso, me deje un repasador a mano, ahora que mi abuela no está: la enterramos el sábado pasado, apenas unas horas antes del partido con Bélgica. Quién sabe. A lo mejor ahora su santo me escuche a mà y en un momento de desesperación me decida a invocarlo aunque ya no crea en esas cosas, aunque sepa que el fútbol se define solamente adentro de la cancha, pero me aferre a cualquier cosa.
Si las cosas no van bien, les aseguro, enjuagaré alguna lágrima de dolor. No por la derrota, sino por estos tipos. Por Messi, por la carga excesiva que depositamos en Messi -porque no nos basta con tener al mejor del mundo y, tal vez, de la historia: lo que se le exige, lo que de verdad se le exige, es que supere al mito Maradona en lugar de disfrutarlo asÃ, distinto, diferente-. Por Mascherano, porque difÃcilmente alguien se haya roto el culo -literalmente también- como Mascherano para estar ahÃ. Por el incansable Di MarÃa. Por Maxi, siempre ahÃ, en el momento justo. Por la emoción de Rojo y los rezos del Pocho Lavezzi. Por todos.
O a lo mejor tenga -tengamos- suerte, y las cosas salgan bien. Y la felicidad sea otra vez esa lluvia de papelitos que bajan de los balcones como si esto fuera a durar para siempre, mientras avanzamos agradeciendo a gritos a los héroes de todos y, en voz baja, en silencio, a los héroes secretos de cada uno. Y una vez más, por un rato, abracemos todos juntos la inmortalidad.
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