Tengo frÃo, tengo frÃo, tengo mucho frÃo... los pies ya no los siento casi, los dedos de los pies, si me los toco me duelen pero sino es como si ya no los tuviera, siempre tuve problemas de mala circulación sanguÃnea pero... Ahora ya casi no los siento, che, es como que ni siquiera me duelen, ya es como si no existieran, como si hubieran dejado de existir del todo. Le doy la orden al cerebro de mover los deditos, el dedo gordo, el chiquito, y nada che, no me los veo, pero me parece que ya no se mueven que ya es como que ni los siento ni los puedo mover porque ya se me están empezando a congelar y entonces es por eso que me dejaron de doler. Con las manos me pasa más o menos lo mismo es como que ya casi no las siento, las tenÃa heladas al principio, heladÃsimas dirÃa pero poquito a poco se fueron poniendo cada vez más duras, después me empezaron a doler muchÃsimo, era el frÃo mezclado con el dolor, mamá, a eso mismo le siguió un gran dolor, un dolor inmenso, como el que me habÃa pasado con los dedos de los pies; pero ahora, ahora, ahora, ahorita mismo es como que los dedos de las manos ya tampoco los siento, es como si no los tuviera y trato de manejarlos con la mente y de decirles agarren tal cosa o agarren aquello o rascame la nariz que tampoco la siento del frÃo que hace y nada che, nada, nada, es como que ellos definitivamente no responden, entonces pienso; pienso también, que los dedos de las manos también se me están congelando o ya se me congelaron de lo lindo porque no hacen nada de lo que yo les pido que hagan...
Es que hace mucho frÃo acá, hace mucho frÃo acá adentro... No sé cuánto tiempo hace que me dejaron acá, que me largaron asÃ, de prepo y a los golpes, rebotando contra el piso. Hace frÃo y está muy oscuro y no hay luz. Creo que estoy sola. Por lo menos pienso eso. No escucho nada. Nada. El cerebro todavÃa me funciona. Por lo menos, eso parece. A lo lejos, muy lejano escucho como un murmullo de aguas que se mecen lentamente. SÃ, que se mecen como yo quisiera mecerme, en la poltrona antigua que tenÃa mi abuela en la salita del living, allá, en la casa de Tortuguitas. Con medias de lana calentitas y un pullover de canelones, también de lana, de ésos que la abuela sabÃa hacer. Pero no estoy en la casa de la abuela en Tortugas y tampoco tengo puestas las medias que ella tejÃa. No tengo medias. Tengo tan sólo frÃo, frÃo, un frÃo horroroso que me invade todo el cuerpo. Tengo dolor. Mucho dolor. Dolor de los golpes, las patadas y las pisotadas. Los culatazos en las mandÃbulas. Tengo dolores. Me duele adentro. Adentro de los adentros de los adentros. Desde todos mis orificios hasta mis vÃsceras. A veces pienso cuando carnean los animales y primero, antes que nada, les sacan las vÃsceras, después la piel, y después, lentamente, van despostando las presas. ¿Harán eso conmigo? Tengo la boca partida de los golpes y el dolor me pasa por los labios y las encÃas hasta llegarme al fondo de la garganta. Tengo las partes destruidas. Todo. Los orificios mayores y los menores. Rotos hasta adentro. Rotos. Todo roto. Sangrando. Tengo la piel en jirones. Rota también. Desnudo el cuerpo. Y el frÃo. Siento el frÃo hasta adentro de las uñas. Rotas también. Rotas y sangrando, mamá. Tengo frÃo. Tengo frÃo. Tengo muchÃsimo frÃo. Me duele hasta adentro de los huesos el frÃo que hace acá. Mi piel desnuda sangra. No escucho nada, nada. Ninguna voz. Ningún ruido. Sólo a lo lejos, muy pero muy lejos, un murmullo de aguas meciéndose. Ya casi ni siento los pies. Ya ni siquiera me duelen. A veces pienso que se me están congelando, por eso ya casi ni los siento. Ni los dedos de los pies. Ni los de las manos. Tengo mucho frÃo en el pecho. Toso. Un poco. Escupo sangre. No veo nada pero es un lÃquido viscoso con el olor y el sabor de la sangre. La pruebo. Es rica. Sabrosa. Toso otra vez. Más fuerte. Y otra vez. Y otra. Cada tosido es un dolor hasta adentro del alma misma. Me duele todo. Hasta el fondo del espÃritu. Tengo frÃo. Tengo frÃo. Tengo mucho frÃo, mamá. Escucho un ruido muy a lo lejos. Como de una puerta o de algo que se abre o cierra. Ruido de cadenas y cerrojos. Huelo las lavandas resplandecientes en el jardÃn de la abuela, inundado de sol y de luz. Las rosas blancas y las rojas que tenÃa en el cantero de la entrada, junto al porche. Un unicornio de luz azul me lleva raudo sobre sus crines violetas. Volamos hacia la luz de la luna en una noche tan clara, tan plena de estrellas, tan iluminada de astros resplandecientes de brillo y candor. Veo dragones de luz. Me guiñan los ojos desde los cielos. Abrazan las nubes y vomitan fuegos magentas cantando canciones de cuna. Escucho voces, mamá. Primero a lo lejos, muy. Luego, cada vez más cerca. Mamá. Escucho las voces que se acercan. Y tengo frÃo. Tengo frÃo. Tengo mucho frÃo, mamá. Toso otra vez. Y otra vez. Y otra. Y me duele hasta el fondo del alma. Escucho las voces y las pisadas en el suelo. No los veo, ya no veo nada pero los escucho. Me duele desde los bordes de la superficie de toda mi piel hasta adentro de todo, hasta el centro. Me duele desde todos mis orificios hasta mis vÃsceras. Y tengo frÃo. Tengo frÃo. Tengo mucho frÃo, mamá. Escucho que abren la puerta. Me gritan algo muy fuerte que no entiendo. Y un golpe. Y otro. Y otro. Mamá. Y otro grito. Y veo animales de luz que vienen volando a buscarme para llevarme jineteándolos hasta los cielos. Unicornios. Dragones. Gárgolas. Esfinges. Y me vuelo con ellos mamá, atravesando paredes y muros y sorteando los tiros y los golpes y los culatazos y los gritos y los gritos y más gritos. Y el frÃo. Y el dolor. Y la sangre. Y los golpes. Y tengo frÃo. Tengo frÃo. Tengo mucho frÃo, mamá. Mucho frÃo...
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