SabÃa que cuando la flaca se enculaba tenÃa que callarme y dejar pasar un tiempo. Para colmo, el clima conspiraba para enojarla más contra mÃ. El cielo se nos venÃa abajo, de golpe se habÃa levantado un fuerte viento frÃo y las nubes se ennegrecieron.
Yo querÃa una playa apartada pero eso era un desierto rocoso e inhóspito, con un mar intratable. No tenÃamos mucho para hacer. HabÃamos salido a recorrer la costa a ver si encontrábamos algo distinto, y ahora la lluvia y el viento nos empezaban a calar los huesos cuando todavÃa parecÃa que faltaban mil kilómetros para regresar al camping. La carpa tampoco auguraba un panorama mejor. Quise abrazarla para darle calor y me rechazó. Pero si estás tiritando. No importa. No seas cabezona, aceptá un abrazo, si te estás muriendo de frÃo. Cuando de veras me esté muriendo, veremos, por ahora no me abraces. Era cabezona. Mirá, allá esta la cabina del camping, dale, vamos de un pique a refugiarnos. Cuando llegamos no hizo falta decir nada, el viejo nos habÃa visto venir -era imposible no vernos en ese desierto- nos abrió la puerta, y nos dio una toalla para secarnos. Agradecimos. Américo, dijo el viejo, Walter, dije yo, Sandra, dijo la flaca.
Un viejo solo todo el dÃa en una cabina de tres por tres estarÃa ávido de conversación. Se nos pondrÃa a hablar de cien mil estupideces. La flaca, enojada como estaba, no iba a hacer ningún esfuerzo. Parte de mi castigo por haber elegido ese lugar serÃa tener que seguirle yo solo la conversación. Qué podÃa hablar un estudiante universitario con un viejo llamado Américo con una barba de cuatro dÃas, bigote blanco, desaliñado y aspecto de haber nacido en esa cabina y no haber salido nunca más.
La flaca y yo nos sentamos en el único banquito que habÃa, que era para una persona. Recién ahà me di cuenta que habÃa estanterÃas llenas de libros y otros estaban apilados por el piso. Eran demasiados, más de los que se hubiesen necesitado para llamar mi atención. Tomen, dijo el viejo, y me alcanzó una petaca sin etiqueta de una bebida blanca. ¿Qué es? Pisco, y levantó las cejas. Para que entren en calor. Me pareció descortés negarme. Gracias. Le di un trago. HabÃa que tomar de la botella, no habÃa otra. TenÃa razón, al instante se esparció un calor gratificante por todo el cuerpo. Se la pasé a la flaca que con un poco de disimulo limpió el pico antes de tomar. Después, el viejo tomó la petaca, dio un sorbo y volvió a pasármela como dando por sentado que la rueda se habÃa formado y habÃa que seguirla hasta vaciar la botella.
Lo primero, como era previsible, fue la tormenta. Temporal, lo llamó el viejo, y solÃa durar varios dÃas. Qué se le va a hacer. Todo jugaba a favor del enojo de la flaca. Lo segundo fue de dónde venÃamos, y lo tercero qué estudiábamos. Estuve tentado en contestarle ingenierÃa o abogacÃa, porque para un viejo que nunca salió de una cabina, filosofÃa sonarÃa igual a soy maricón o soy pelotudo, pero después de titubear le respondà la verdad.
Ahhhh, Platón, Aristóteles, Sócrates, todos griegos putos, y sonrió con actuada malicia. HabÃa leÃdo mi mente y esa teatralización fue su forma de decirme que estaba equivocado si pensaba que él era asà de primitivo. No pude hacer otra cosa que reÃrme. Hasta la flaca se rió. Nos miramos sorprendidos de que nos haya hecho reÃr y no por compromiso. ¿La flaca también estudia filosofÃa? SÃ, dije, extrañado de que la haya llamado flaca. Después me di cuenta que lo habÃa leÃdo en el tatuaje de mi antebrazo. Mirá, esto estaba leyendo cuando vinieron. Me mostró un libro abierto que tenÃa sobre un estante. "El amor, las mujeres y la muerte". Arthur Schopenhauer. ¿Es bueno? SÃ, pero leelo cuando seas viejo como yo, y le echó una mirada a la flaca que fue como decirme, disfrutá tu novia, no se te ocurra leer estas cosas: El viejo era sabio. Hablamos los tres de filosofÃa. Nombró a Schopenhauer, a Nietzsche, a Kierkegaard. Cuando surgÃan nombres como Kant, Descartes o Hegel, ponÃa cara fea. Después nombró a tipos contemporáneos que no conocÃamos Fromm, Marcusse, Derrida. ¡Basta de filosofÃa!, dijo de golpe, pasemos a la música. Se puso a hablar del gran Frank, primero pensé en Sinatra, pero no, hablaba de Zappa. No paraba de sorprendernos. La flaca ya no limpiaba el pico de la petaca cada vez que le tocaba el turno.
No supimos cuando fue que paró de llover. Salimos abrazados, habÃamos caminado unos metros cuando el viejo se asomó de la cabina y nos gritó. No lean mucha filosofÃa, en serio se los digo, y señaló a la flaca mirándome. Nos reÃmos, le agradecÃ. Fuimos a la carpa, hicimos el amor durante el resto del dÃa. Seguimos haciéndolo durante todo el temporal y nos juramos convencidos más que nunca que estarÃamos juntos toda la vida.
***
Compré los cigarrillos y cuando di la vuelta, Sandra no estaba donde la habÃa dejado. La ubiqué más alejada conversando con un tipo. HabÃa sacado a la nena del cochecito, la tenÃa upa y se la mostraba a modo de presentación. Cuando me acerqué, estaba tan ensimismada hablando que no me vio. ¿Qué fue de tu vida? le preguntaba. Me les puse bien enfrente para que me vieran. Ah, él es Walter, un amigo, dijo señalándolo.
Gustavo, dije yo. Un gusto. Sandra tenÃa una sonrisa enorme. Sin consultarme me pasó a la nena que se habÃa puesto un poco molesta. El tipo habÃa ido a curiosear libros en la feria de la plaza, trabajaba en una oficina no sé de qué, habÃa estado viviendo en Italia varios años, tenÃa una inscripción tatuada en el antebrazo y hasta me pareció que la ocultaba para que yo no la leyera. Estás igual, dijo él. ¿Te parece?, mirá que ya nadie me llama flaca. ¿Libros de filosofÃa? preguntó ella. Noooo, novelas policiales. Y se rieron los dos. Comentaron algo de Zappa que no entendÃ. La beba es igual a Gustavo, dijo él, como para dar alguna señal de que registró mi presencia. SÃ, es muy parecida, agregó ella. Está haciendo frÃo, le puede hacer mal a la beba, interrumpà yo. Ella le dijo que la buscara en facebook, que tenÃan muchas cosas de qué hablar. Lo saludé estrechándole la mano.
De regreso a casa y durante el resto del dÃa, apenas nos hablamos. Sandra anduvo muy ausente. Ya pasará, pensé, debe ser algo temporal.
© 2000-2022 www.pagina12.com.ar|República Argentina|Todos los Derechos Reservados
Sitio desarrollado con software libre GNU/Linux.