A la memoria de Levrero que hubiera leÃdo a Modiano.
Hay una mujer mayor que se parece mucho a Lauren Bacall de grande. Fuma cigarrillos largos. Apaga uno en el cenicero y ya prende el otro. ¿A qué habrá dedicado su vida esta mujer? ¿Por qué me da la impresión de querer apurarla, ahora, sobre el final de sus dÃas?
El Café parece una extensión del living de su casa. Son muchas las veces que la veo sola. Hoy se ha sentado a la mesa que está cerca del quiosco. Se acomoda el cabello corto, lo coloca detrás de una oreja.
La miro de tanto en tanto, cuando levanto la vista del libro.
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Hay una fotografÃa en blanco y negro, una dirección y un número telefónico. Todos los narradores de Patrick Modiano parten de cero en materia de recuerdo. Son amnésicos hasta que una circunstancia trivial, los estimula a recordar.
La memoria es el medio de lo vivido y no un instrumento de exploración del pasado, como decÃa Benjamin. Las múltiples imágenes de quien recuerda son épicas y rapsódicas, conforman un discurso que se lanza a las puertas del reino de los sueños.
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Otra dirección, en otro tiempo: "Carrasco 1452- Doctor Tropp", decÃa la tarjeta. Mi madre se aventuraba a tomar un taxi conmigo en esta ciudad que entonces nos era absolutamente desconocida. Llueve y las luces enturbian las ventanillas del coche. El viaje es largo. Ya no recuerdo cuál era la dolencia que los médicos no acertaban a curar. Recuerdo, eso sÃ, que se me cerraba la glotis.
En la estación de ómnibus, me habÃa comprado una revista de historietas.
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Hay un hombre de pelo largo, ensortijado y blanco, que también viene siempre al Café y permanece solo. En la manÃa por inventarle historias a la gente hace rato que le asigné la profesión de pintor. Mira al vacÃo, toma un cortado, fuma. No hace otra cosa, no habla con nadie, se limita a estar allà como parte de un decorado de fantasmas, en la terraza cerrada del Café Newport.
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Todas las primaveras se parecen, se funden en el aire tiempos distintos. Divagamos en el anonimato de la gran ciudad llenando con nombres páginas de algún cuaderno y esa errancia convoca un acontecimiento que puede ser una tarde de lluvia o de sol.
El médico era bajo, calvo, de bigotes retintos. Colocaba dos pulgares sobre mi cuello para presionarme la garganta. Indagaba con una luz en mis ojos. Después trazaba lÃneas sobre esferas de cartón que parecÃan relojes o mandalas. Era la segunda vez que me topaba con relojes. Los habÃa visto en las calles, en las plazas. TenÃan una forma cuadrada con la propaganda de una gaseosa. Los habÃan colocado para el mundial.
Muy cartesianamente, las enfermedades están señaladas en el sentido de las agujas del reloj. Cuando los ojos se curan, dice un manual de iriologÃa, se produce un movimiento contra-reloj. Entonces el iris cambia, apenas una mancha negra que vira al gris.
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La narrativa de Modiano no tiene consecuencias moralizantes. Se desliza entre varios centros de atención con puntos fijos en ninguna parte. Nunca se resuelven los ejes que el texto esparce a modo de trama y, si ésta se expande, ello se debe a los constantes saltos en el tiempo y a la privación de explicaciones.
Es un festÃn para los sentidos que algunos crÃticos, apegados a los embelecos de la razón, llaman magia o hipnosis. No reconocen que esos términos son una especie de jactancia y no sirven para explicar la serenidad de una prosa que avanza a medida que condiciona el discernimiento y apaga la voluntad.
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Los sábados me trae al Café la repetición de hábitos más o menos mecánicos que no requieren tener que reflexionar. Es por eso que estas personas ya forman parte del escenario de lectura de la ciudad. Estoy seguro que ellos se preguntan, igual que yo, si nos hemos visto antes, si sabemos algo del otro, si esta intersección del destino en la rutina del sábado tiene, además, algún otro sentido.
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Algo nos retenÃa en Rosario: un comercio cambiario que se hacÃa furtivamente. Yo creÃa que el doctor Tropp se encargarÃa también de ese trámite, pero no, tuvimos que trasladarnos hasta otra dirección, ya no me acuerdo cuál. Seguramente terminé de leer la revista y me dormà sobre la falda de mi madre.
He vuelto a la calle Carrasco pero está lejos de ser idéntica a la de aquél dÃa. En mi recuerdo tiene una elegancia de avenida, un contorno verde de árboles en las veredas, esmerilado por la fugacidad de la lluvia.
Hay un efecto de estar viviendo "una segunda vida, más cautivadora que la otra, o sencillamente de estarla soñando". Leer a Modiano como un voyeur que ha suspendido la credencial de la memoria y se deja llevar por el mero placer o el deseo de contemplación.
No pude determinar el momento exacto en el que la mujer que se parece Lauren Bacall de grande, se levantó de su mesa. Indudablemente no debe hacer ni un minuto que ocurrió su deserción. Ahora mismo, mi pintor también se ha levantado y camina, pasa delante de mÃ, y busca la salida a la peatonal.
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