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Jueves, 14 de julio de 2016
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La pelĂ­cula que falta

Por Leandro Arteaga
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FĂ©lix Guattari, filĂłsofo y psicoanalista.

UIQ es la sigla del Universo Infra Quark. Es una entidad minúscula, perteneciente al universo subatómico. Es creación del filósofo y psicoanalista Félix Guattari (1930-1992). Y es el protagonista de su no-película.

De acuerdo con lo que dejan entrever Graeme Thomson y Silvia Maglioni en el prólogo de Un amor de UIQ: Guión para un film que falta (Caja Negra/Cactus), el destino de este proyecto no podía ser más que su no consumación. Aceptada la mutación constante a la que UIQ arroja, ¿cómo filmar lo que no se podría?

"Raramente psicoanalistas se expresaron dirigiendo directamente una producción cinematográfica", señala Guattari en su introducción. Resulta que el gran filósofo intentó con Un amor de UIQ la realización de un film de ciencia ficción. Entre 1980 y 1987, ensayó tres versiones del guión. Las dos primeras con la colaboración del cineasta Robert Kramer, la tercera en solitario. Esta última es la que el libro de Cactus y Caja Negra rescatan.

La acción inicia con una huida, en avión. Fred, el periodista americano, esgrime su credencial como si se tratara de un salvoconducto. El aterrizaje será forzoso, así como la compañía de Axel, el joven biólogo. La dupla, como debe ser, es problemática. Mejor aún, el periodista tiene a un mono por mascota, así como Mandrake el mago tenía a Lothar y The Spirit a Ebony. Axel, personaje fusible, es el único capaz de comunicarse con UIQ. Periodismo y políticos comienzan a dejar entrever intereses no demasiado contrapuestos. Mientras, un grupo de hombres y mujeres (y una niña) conforman el tramado complejo y problemático de esta comedia de enredos, de submundo underground.

Al revés del viaje espacial, habitual al género, Guattari expondrá a sus personajes a la decisión de ingresar en una dimensión de bolsillo, infinitesimal. Algo similar a lo propuesto por El increíble hombre menguante (1957), donde Jack Arnold y Richard Matheson redescubrían cósmicamente la vida de su protagonista diminuto. Como si se tratara de pasar al otro lado del espejo. Pero con un pie adentro y otro afuera.

Ahora bien, UIQ es un personaje pero es un MacGuffin. Despierta el interés por la historia porque poco se sabe de él. Necesita de una trama que juegue con los lugares comunes, con los tópicos del género que mejor potencien la explosión imaginativa. En este sentido, el guión de Guattari dialoga a través de referencias cinéfilas, con cruces literarios y de historieta, mientras UIQ es intangible y visible en pantallas improvisadas. Cuando se corporice, el fuera de campo será obligado.

En otro orden, la logística para el contacto con el universo Infra-Quark se parece al de una radio clandestina. La alusión es directa, de perfil histórico y adhesión política setentista. Remite a una época donde las emisoras piratas pretendieron horadar el discurso único. Desde el subterfugio y entre grietas, locutores rebeldes se dedicaron a algo mucho más valioso que el precio de una pauta comercial: una constelación de voces dedicadas a cruzar deseos inmanejables. Algo que fuera capaz de provocar un sismo de desorientación constante, cambiante, que atentara contra los significados establecidos.

UIQ viene a accionar en esta dirección. Es por esto que a Guattari no le interesa el logro de una interpretación, sino su transgresión. Un amor de UIQ apela a la esencia del cine, a la producción de un sentido que no sólo nada tiene que ver con la lógica de la lecto-escritura, sino que predispone a una explosión semántica que reorganiza de maneras cambiantes. Una superposición de imágenes y sonidos yuxtapuestos. Como esa no-película que el surrealismo proponía cuando pedía al espectador salir durante una proyección para ingresar a otra ya iniciada. La asociación libre tiene en el cine una de sus vías de liberación mayores. Por eso, justamente, se lo vigila tanto.

Por otro lado, lo notable del guión de Guattari es su sintonía irónica con otras películas, como La guerra de las galaxias y E.T. Comparte un contexto y apela a ser parte de éste. Intenta filtrarse para dinamitarle, como lo corrobora la copia del proyecto que llegara a manos de Michael Phillips, productor de Encuentros cercanos del tercer tipo. La propuesta formal le sitúa de manera cercana al primer Mad Max y al John Carpenter de Sobreviven. Posee ecos de aventura política similares al Godard de Alphaville. Todo ello, a la luz de la efigie magna que es 2001: Odisea del espacio. Igualmente, la coraza que el género narrativo aporta no tarda en adquirir otros matices. Tal es, por otra parte, la naturaleza de UIQ. Es así cómo la carrera contra el tiempo para huir y organizar este experimento peligroso, pasará a contener momentos de comedia, a la manera de Dr. Insólito, de Kubrick; para finalizar con un escenario grotesco, que replica tanto a La mosca de Cronenberg como a los X-Men de Chris Claremont.

Además, da la impresión de que Un amor de UIQ se asume como una película de presupuesto magro, afín a la serie B americana, para ser proyectada en autocines en desuso, con referencias cinéfilas que cruzan El acorazado Potemkin con El día que paralizaron la Tierra. Como si se tratara de una película inesperada, sin lugar específico pero a la espera de aparecer en cualquier pantalla. Rasgo que se amalgama con el edificio industrial, abandonado pero ocupado, donde viven Janice, Axel, y el grupo. Ambitos marginales que dicen de manera política, como actos de resistencia, en busca de una comprensión que haga estallar lo que les rodea.

¿Cuándo estallará el asunto? Cuando UIQ conozca el amor por Janice. El amor es inmanejable y UIQ por fin se encuentra, de alguna manera, con sus propios límites. Justamente, a través de aquello que no los tiene. Janice, punk y desprejuiciada, recuerda a las heroínas de la bande dessinée, como Barbarella y Valentina, también a la Nana de Anna Karina en Vivir su vida, de Godard. Tiene el temple de la belleza, inteligente e inasible. Si ella es quien puede torcer el mundo, ¿podrá hacerlo con UIQ?

Leer Un amor de UIQ arroja sensaciones encontradas. Es, claro, un guión de cine. Siempre y cuando se estipule como tal a la convención misma de hacer legible lo que no lo es, ya que un guión cinematográfico no es un libro, tampoco literatura. Por otra parte, es un texto de Guattari. Se articula de manera diversa con varias posibilidades. Entre ellas, la que relaciona cine y filosofía. Vínculo que profundiza en el misterio al que arroja el fenómeno cinematográfico. Perplejidad que pensadores, como Félix Guattari y su amigo Gilles Deleuze, amaron.

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