"--Tú mismo, repuso Sócrates, si uno de tus esclavos se suicidase sin tu orden,/ ¿no montarÃas en cólera contra él, y no le castigarÃas rigurosamente, si pudieras?/ --SÃ, sin duda./ --Por la misma razón, dijo Sócrates, es justo sostener/ que no hay razón para suicidarse,/ y que es preciso que Dios nos envÃe una orden formal para morir,/ como la que me envÃa a mà en este dÃa". Fedon
HabÃamos terminado de jugar y nos recostamos sobre la gramilla verde oscura que rodeaba la arboleda donde hoy se impone el planetario. Yo escondÃa en mi bolso como lo hacÃa casi siempre una versión exigua del Fedón, cuya lectura me apartaba progresivamente de mi creencia religiosa y un chocolate para taza que mi madre habÃa puesto para que lo compartiese con mis amigos. Cuando lo saqué del bolso se me cayó el libro que traté de reintegrar rápidamente a su lugar, puesto que me daba vergüenza mostrar las lecturas habituales delante de mis amigos. El Chate, siempre atento para advertir el menor detalle, me lo impidió pensando que era uno de los libros con fotos pornográficas que le comprábamos a los marineros suecos que subÃan por la bajada Pellegrini. Tal vez el nombre les sonaba a algo impúdico y por lo tanto atractivo... Ante su suspicacia, Lalo lo hojeó con inmediato desencanto, pero la curiosidad siempre podÃa más que la desidia o la desatención hacia lo que no se conoce. Tuve que comentar de qué trataba. "De un hombre que pudiendo evitarlo acepta morir". ¿Y por qué?, preguntó un poco sorprendido, Pelusa. "Porque creÃa que habÃa otra vida mejor que esta", le respondÃ. Buzanca agregó: "cualquier vida es mejor que esta". "Si es que hay otra", repuso el zurdo, casi en un susurro, como siempre. "Eso -agregó Pelusa- ¿cómo sabÃa que hay otra?" Lalo se apresuró a corregirlo: "No lo sabÃa, creÃa, que no es lo mismo. Para saber hay que comprobar, no da lo mismo cualquier cosa". "Bueno, dije, le dijo a Simmias uno de sus amigos, que los cisnes cantan antes de morir, porque saben lo que nosotros no sabemos y por eso vuelan hacia un lugar mejor". En ese momento volvà a retomar un cierto pudor, un pudor doble puesto que implicaba una explicación del Fedón de la cual yo dudaba de poder dar y por otra parte, si seguÃa con el tema, expondrÃa un saber que podrÃa instalar una diferencia que distaba mucho de sentir. Por supuesto, opté por mi costumbre de desplazar el tema para hacerlo más comprensible y expuse una versión general de la historia, cuya parte mejor era el hecho de un hombre que al morir se encuentra rodeado de sus amigos. Al terminar, la voz del zurdo, que siempre fue el más inteligente de nosotros, me instó a leer un fragmento... Por un momento pensé en que podrÃamos armar una escena como en el teatro, pero en seguida lo deseché. Yo sabÃa que Pelusa, el Chate y alguno de los otros no sabÃan leer, asà que intuitivamente comencé por el principio, puesto que cobraba un gran interés (un procedimiento que ahora sé que es clásico) saber de entrada que se trata de la muerte del protagonista. Sólo que a los pocos párrafos Sócrates parece hablar en contra del suicidio y yo ya habÃa aclarado que elige la cicuta en vez del exilio. El Zurdo, atento como siempre, dijo "hay una contradicción". "Haz lo que yo digo pero no lo que hago", agregó para mi sorpresa Lalo. "Parece un polÃtico", dijo el Chate, y -agregó con ironÃa Lalo-, ¡Fedón parece Perón! El Pelusa se enojó: ¿Qué tenés que decir del General? Che... No se me ocurrió mejor idea que referir la paradoja de Epiménides, para detener la incipiente disputa. "La queeee", dijo Buzanca. Si digo: Yo miento, pregunté, ¿digo una verdad o una mentira? Se miraron entre ellos y luego me miraron como si estuviera loco, y en seguida, con gestos de fastidio, se levantaron y se fueron. Sólo el zurdo se quedó y con una sonrisa complaciente me miró para atenuar mi incomodidad. "A veces, yo también siento que le prestas mucha atención a cosas que no sabemos cómo tomar. Vos vivÃs mejor que nosotros y me doy cuenta de que querés disimular el hecho, pero..." Quise responderle pero no supe qué decir. Dado lo que leÃste, agregó, la muerte parece un privilegio, pero eso es un lujo que nosotros no nos podemos dar. La madre de Buzanca se la pasa fregando y apenas gana para comer una vez al dÃa. Si el Buza viese un cisne lo mata para para paliar el ragú. Lalo tiene que cirujear con sus hermanitos. El Chate vive en la calle. "Vos sabés" Agaché la cabeza y el zurdo poniendo su brazo sobre mis hombros me impulsó para que fuésemos a donde tantas veces Ãbamos, a sentarnos sobre el borde de la barranca y contemplar el Paraná, tan cambiante y sin embargo el mismo. A lo lejos, recortando la lejanÃa de una infinitud sin lÃmites que se expande para borrar el todo, una bandada de gorriones parecÃa exaltar la liviandad de su vuelo, sobre el cielo diáfano y en apariencia celestialmente cristalino. "Será que se parecen a nosotros y por eso no cantan cuando van a morir", dijo el Zurdo con su habitual entonación en un susurro. Lo escuché ensimismado. Una antigua discordia persistÃa a través de la memoria subterránea del tiempo sobrellevando subterfugios arcaicos a la inhóspita necesidad de lo impropio. Esa noche, recuperé ese enunciado de Platón: "Ningún Dios filosofa", digamos que no quiere ser sabio puesto que lo es de por sÃ... "y tampoco los extremos ignorantes...sólo los del medio". Yo ya no estaba seguro de eso. De lo que sà estaba seguro, es del enigmático saber de la ignorancia. Mis amigos me lo transmitieron y aún hoy, cuando retorno a la lectura de Platón, esa vivencia prevalece. Por supuesto, sé que mi transmisión es deficiente, porque la vivencia de un acto, salvo el acto de la literatura misma, está más allá de las palabras que lo expresa.
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