El muchacho que dice haber sido abandonado por Marcos Zukerman declaró: "El dÃa que Marcos Zukerman me abandonó gasté la mitad de mi sueldo en cocaÃna. Soy marino mercante. Como fue imposible comunicarse con Román, opté por la resolución práctica de una intención que venÃa ya maquinando en mi cabeza desde hacÃa tiempo: ir a la improvisada ventanita del improvisado rancho de bloques grises que hay a diez cuadras de mi casa, al borde de las vÃas del tren, en lo que se llama Villa La cerámica. Y fui. En fin. Nunca habÃa hecho cola para comprar droga y el dÃa que Marcos Zukerman me abandonó, al borde de las vÃas del tren, fui quizás el décimo o el noveno en la fila de compradores de droga en ese hueco hecho ventanita de venta donde sólo se veÃa una mano que escuchaba, recibÃa la plata y luego entregaba. En ese estricto orden fue la cuestión. Y parece que asà es siempre. En fin. Ustedes sabrán. En esa fila habÃa de todo. Desde un limado lisiado de las piernas de más de sesenta años hasta un gordo enorme parecido a Alex de la Iglesia, el director de cine español. Delante de mà habÃa un muchacho de no más de veinte años con el torso desnudo, zapatillas con cámara de aire y esos bermudas que poco disimulan los tamaños y los paquetes. Era morocho y tenÃa el pelo corto adelante y largo atrás. Se daba vuelta cada dos por tres, como mirando hacia donde al parecer lo estaban esperando. TenÃa un tatuaje que decÃa "Rezo por vos" debajo de la tetilla derecha. Esto lo vi después. Su pecho estaba apenas marcado pero se podÃan distinguir las formas de sus pectorales apenas iniciados en su concavidad, los cuadraros rectos de sus abdominales y esas dos lÃneas que terminan justo en la pija. Se le insinuaba un pijón en su bermuda azul oscuro. Somos cuerpos heridos. Le faltaba un canino y en sendos brazos habÃa marcas filosas. Una sola vez me cruzó mirada en la espera. Me miró como de refilón, guiñó su ojo izquierdo y me dijo: "Alita, ¿eh?". Yo sonreÃ. Abandonado como me sentÃa, le sonreà al morochito. Y me lo crucé tres veces más antes de saber que su nombre era Ezequiel pero que todos lo conocÃan como Churi. Desde el dÃa que Marcos Zukerman me abandonó opté por dejar a la cocaÃna ser parte de mi rutina diaria, al menos hasta que la seguridad se volviese otra vez carne en mà y Marcos Zukerman fuese apenas un testimonio sensible de lo ocurrido. Iba a la ventanita cada setenta y dos o cuarenta y ocho horas, casi siempre a la misma hora, más o menos a las cinco de la tarde, y cada vez con más firmeza. Churi también al parecer preferÃa ese horario y asà me lo empecé a cruzar. Una vez, un martes creo, Ezequiel se presentó. No fue lo que se dice una presentación más o menos formal sino que fue un saludo demorado. Dos segundos de más donde el Churi se detuvo en mi mirada y vio lo que yo estaba mirando. O sea, Churi me miró mirarlo y entendió sin entender lo que se desea de otro. Un decir. Sucedió lo sensual, y en ese hueco expendedor de droga donde tuve que hacer cola por primera vez en mi vida compré, creo, la mejor cocaÃna que jamás habÃa probado. Aquà es probable que se haga inferencia sobre la calidad, el abuso y el digamos estado de ánimo del consumidor pero de verdad que era buena esa cocaÃna. Tan buena era que el mundo en cuestión de segundos tomó desapego del abandono que Marcos Zukerman habÃa hecho de mà y de pronto el arrojo del vigor y la bravura por saber que, ante el pánico de lo que vendrÃa, siempre pujaba la potencia del atrevimiento de poder volver a intentarlo. Hablo del amor aquà y del ardor que deberÃa empujar su estado, su despliegue consciente, su inmanencia, decÃa Marcos Zukerman, que me abandonó el dÃa que, como dije, gasté la mitad de mi sueldo en cocaÃna. En fin. Marcos Zukerman era tierno y voluble. Su delicadeza la cristalizaba, real, con equÃvocos que clausuraban los marasmos del corazón. Cambiaba siempre porque sà digamos, y se enrolaba sentimentalmente con personas que no le gustaban pero que sà gustaban de su ternura. Eran varones como él y el gusto dicen que es el más débil de los sentidos y que su potencia vale más cuando ingresa el olfato. El que era tierno y voluble siempre olÃa mal o más bien jamás habÃa adiestrado la sensibilidad del efecto de oler. Pero quiso cambiar. Fue tarde. La ternura devino hastÃo y se entregó a la farsa. Como muchos. Ezequiel olÃa a pizza de cancha, y la última vez que lo vi fue hace un mes, quizás más. Apenas nos saludamos. Yo no sabÃa que vivÃa tan cerca de mi casa. Tampoco que tenÃa 17 años. Tampoco sabÃa que era aprendiz de herrero, ni que tenÃa una hija, ni una mujer, ni siete hermanos, ni nada que pudiera ayudar a esclarecer el por qué de tal golpiza a Marcos Zukerman de parte de este muchacho".
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