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Domingo, 23 de octubre de 2005
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El poder y el deseo

Por Luis Novaresio
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Uno: ¿Qué es el poder? A los seis años, vos preguntás qué es el poder. Y vos, a los cuarenta, pensás cómo responder. El poder es la capacidad de hacer. Abstracto. O de deshacer. Vidrioso. El poder es el deseo. Quizá. Deseo no esto ni aquello. Deseo el deseo por el deseo mismo. Más abstracto. Inmediatamente llega la imagen del empresario de pelo blanco, horas antes de darse un escopetazo, sentado a la mesa de un periodista a la que tuvo que concurrir porque lo fotografiaron en la playa. El poder es tener impunidad. Y el fotógrafo asesinado, maniatado, quemado. Y no es otra imagen.

No podrías explicártelo a vos, pensás, si tenés seis años, con la impunidad. Porque inmediatamente es el cuestionamiento sobre la impunidad. ¿Entonces? A los cuarenta desesperás por otras opciones. El poder es lo que el poderoso dice que es. Tautológico. No es nada más que el capricho del que manda con el pretexto, la convicción o la excusa, según se mire, de hacer el bien. El propio bien. Avanzás. El poder es lo que es bueno, malo, bello u horrible según la testarudez del que decide. Del dueño de la sartén y del mango. Torcés a lo obvio. El dueño de la estructura económica, el que somete a los trabajadores, decide qué se hace y cómo, alienando a los seres humanos, haciendo que se sientan ajenos a sí mismos. Eso es el poder. Demasiado marxista. A los cuarenta, frente a vos mismo de seis, volvés a preguntarte. ¿Qué es el poder?.

Dos: El poder era entonces que te pusieran amonestaciones. ¿Existen todavía?. No lo sabés. El número del dolor extremo era veinticinco. Las más odiadas, las colectivas. Inexplicables en la misma época en la que todos éramos responsables. Así decía la propaganda de la época y un sello de goma se estampaba en la frente de cada uno de nosotros cuando transgredíamos las normas fijadas por el dueño del poder. La publicidad era, vos también te acordás, sobre una pobre mujer argentina, madre y abnegada, que caminaba buscando el mejor precio del pan o la leche. Hacía calor, el sol destrozaba toda posibilidad de ilusiones y la mujer se hartaba. Pedía en la granja y el hombre, antinacional, poco derecho y nada humano, le ofrecía el producto a un precio nada recomendable. La mujer sentía la voz de la conciencia. En tiempos de botas y reorganizaciones nacionales, la voz del interior sonaba marcial, masculina y con vocales finales siempre acentuadas. No comprés. Y ella, calor, sus hijos, la bolsa que pesa, la vida que se escapa, se atrevía a desoírla. A su voz. A su conciencia. Al propio ser nacional. Y compraba. Pagaba de más. Unos centavos, no es para tanto.

Cuando la trasgresión estaba cumplida, en plena retirada por la vereda que hervía, una mano la detenía y otra voz, tan marcial, acentuada y conciente le decía: usted es responsable. Por el aumento de los precios. Usted se deja estafar y nos estafa a todos. No acepte el sobreprecio. No sea responsable. Y ahí mismo la sellaban a la pobre mujer, en la frente, tinta indeleble para toda la vida.

Las amonestaciones eran un sello parecido, una marca en la frente similar. Si pasabas las veinticinco, era ser expulsado de la escuela. El exilio de los afectos, dolores, olores y esperanzas compartidos. Si promediabas diez, te quitaba la beca. Si un par, no pasaban a la libreta. Las primeras amonestaciones que nos pusieron fueron no colectivas, pero compartidas con vos. Responsables en la frente. El acto del 9 de julio de algún año de los setenta transcurría como de costumbre. Bandera nacional que era anunciada como el lábaro patrio, el himno, oh juremos con gloria morir. Se esperaban las palabras de la señora directora y una interpretación con guitarra de textos de los congresales. Todo era guitarra entonces para darle un aire moderno. Vos y yo no llegamos a verlo. Porque al final de sean eternos los laureles nos pareció que daba para paso de chacarera. Mirá si no. Cantalo ahora mismo al ritmo de Blas Parera o Vicente López y Planes, no me acuerdo quién la letra y quién la música. Imaginamos las botas de zapateo, pañuelo al viento, dale nomás que sean eternos los laureles, total que estamos en la última fila del salón de actos. Nadie nos ve, juremos con gloria morir y bailar bien telúrico y nacional. Aplauso. A los patriotas de la canción celeste y blanca, a las banderas que se retiran y aplauso en mi mejilla porque la maestra de lenguas me dice que la sigamos. Vos y yo. ¿Y ahora qué hice?, alcancé a balbucear.

Las amonestaciones se comunicaban en un cuaderno con varias columnas. Día, 9 de julio, cantidad, once, vaya a saber porque no juntamos dos docenas o diez redondas, motivo. Motivo. Ahora te quiero ver. Por ponerle coreografía al himno en el acto del día de la patria. Irreprochable, ahora puedo ver. Entonces, impresentable. Mi viejo no me lo va a firmar. Mi vieja no me lo va a perdonar. Ya ni me acuerdo qué vino después del reto.

La siguiente vez fue por santa Cecilia. Nunca la vi ni en estampitas. Pero te juro, me dijiste siempre, que cuando me la cruce, le dedico una maldición. El pobre profesor de música no lograba la menor disciplina entre esos vándalos. Nosotros, quinto años, los vándalos. Cuando amenazó con las amonestaciones, el silencio se impuso por un momento. Cecilia, dijo el maestro, fue quemada viva en una hoguera por bruja. Pero resistió las llamas y no murió. Yo fui el tonto que levantó la mano. Pero vos, el que lo sugirió en voz baja. ¿Y de qué murió Cecilia, profesor?. El relato de la historia sobre una anécdota nunca surte el efecto de cuando se produce. ¿Cómo explicar la carcajada que estalló en clase cuando todos imaginamos a la mujer sorteando chamuscada el fuego muriendo, vaya a saberse, más tarde de gripe o un paro cardíaco?.

Día, 11 de agosto, cantidad, trece y media, motivo, por faltarle el respeto al docente de música y a las creencias religiosas. Otra vez. Al que van a quemar es a mí, me hubieras hecho gamba y compartido seis y seis amonestaciones, mi viejo no me lo va a firmar, mi vieja me mata. La particular cantidad tenía que ver con llegar al borde del precipicio. Veinticuatro y media. UN estornudo para el lado equivocado era la expulsión.

A esta altura, cuando un bordeaba la hoguera disciplinaria escolar, el rector se encargaba de mostrarte el precipicio y te contaba cuánto amaba empujar hacia el desbarranco. La directora me hizo entrar al despacho de él. Por primera vez estaba en ese rincón de la escuela que yo creía conocer como mía. Sentí la ajenidad en la piel. La oficina vacía preanunciaba el rigor. El escritorio del que mandaba, estaba sobre una tarima de madera, como la del piano del salón de actos, instrumento musical de acompañamiento del himno coreografiado. Maldito recuerdo. Cuando el rector entró, por una puerta distinta, quedó sobre ese palco y yo sentí que desde esa altura podía decirme lo que quisiera. Allí abajo, en donde yo estaba, apenas se podía obedecer. Y todo fue que las normas de respeto son las que nos hacen buenas personas, que la educación nos diferencia de los animales, que quien hoy transgrede en la escuela mañana roba lo ajeno, las cárceles están llenas de amonestadores en la secundaria. No exagero. Que sólo porque él era comprensivo con mis padre, no conmigo, hombre honorables y decentes, admitía dejarme al borde, a medio paso, de la expulsión. Usted verá, yo era el que debía ver, qué hacía. De usted, de mi, depende.

Y salí. Solo, inferior, sucio, ensordecido, solo. Y supe, entonces qué era el poder.

Tres: el poder es estar del lado del escritorio, del mostrador, que se monta en una tarima. Es mirar desde una cierta altura, contar con toda la fuerza, incluso con la de gravedad que hace que lo que cae desde allí golpea con toda la inercia. Es saberse más cerca del cielo todopoderoso. Aunque sea ficticio, por la tarima, ahora, aquí, piso yo.

Hoy, domingo de elecciones, estamos de este lado. Sobre la tarima. Los estamos mirando a ellos. A nuestros mandatarios, nuestros funcionarios, nuestros candidatos. Ahora lo tengo mucho más claro. Es por hoy, es cierto, déficit que necesita de respuesta pronta en esta democracia de tanta delegación. Pero es. Hoy estamos de este lado. Y ellos, por convicción o temor, esperan obedecernos. A tu hijo de seis años, se lo explico así.

Es así. Si elegimos. Si votamos. Si vamos y mostramos que premiamos las ideas y las convicciones. Si castigamos o apoyamos con memoria. Si actuamos. Si movemos. Si accionamos.

Si no, estaremos eternamente del otro lado del escritorio. Como adolescentes. Y ya tenemos unos cuantos años, ¿no?.

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