Si nos pudiéramos asomar a su sangre, observarÃamos detritus subiendo o bajando y una gran lÃnea negra en expansión que lo circunda envolviéndolo como un manto; luego, la bajante de ese rÃo contagioso que deviene en un lago viscoso que late pero que tiene perÃmetro táctil y está en su flanco derecho, cerca del riñón. Es el hÃgado, proveedor del Santo Grial oculto que no es nada pero significa todo: la salud, la confusa muerte del cirrótico, el gran creador de fuente vital donde van a parar todas las espurias basuritas torcidas o escamosas o grasientas que nos rondan como ciervos con astas irritantes. Por sobre esa fuente entra la luz del sol, como rondando las plaquetas, a través de un intersticio intercostal y con eso solo el pobre músculo forzado late y se desvive por vivir. Debajo de un techo de hierbas y nervaduras, se expande la pelÃcula de carne amostazada que, lejos de aglutinarse alrededor del órgano para protegerlo en su desarrollo maduro, lo reseca, lo abandona, sin advertir la llegada del mucus en ascenso por el arteriaje, como cordeles que navegan igual que el plancton, un gran manchón que no se advierte en las primitivas fotografÃas con las que se intenta delinear el pasaje secreto de los cartÃlagos. Los cirros son del grupo de las "nubes altas".
* Fragmento inicial de la novela Tristes Lobizones, que se presenta hoy en el CCBR.
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