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Domingo, 22 de abril de 2007
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URUGUAY > El sur montevideano

Tambores en la noche

Cada domingo al atardecer, el barrio de Palermo de la capital uruguaya se llena de sonidos, en un ritual centenario exclusivo para locales. A lo largo de cuatro cuadras, repiquetean los parches y la gente avanza y baila a puro ritmo. Es la “cuerda” montevideana, una
red de fiesta y solidaridad popular.

Por Jorge Pinedo
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Cuando cae la noche dominguera, chicos y grandes sacan los tambores a la calle y comienza la “cuerda” oriental.

Sobre el sur montevideano, a la altura de la Playa Ramírez y antes del Parque Rodó, el barrio de Palermo, tan o más antiguo que su par porteño, asimismo se asemeja en haber albergado, más que malevos y tránsfugas borgeanos, un importante contingente de población negra. Allí mismo, sobre la intersección de la calle Isla de Flores y Frugoni (la continuación de la no menos celebérrima que mercantil Tristán Narvaja), los domingos, apenas anochece, del patio de una de las casas vecinas comienzan a emerger los tambores con sus cueros tensos por obra del fuego que todo lo templa. Esparcidos en las cuatro esquinas, repican en forma esporádica en tanto circula la cerveza y el tabaco. Punto de hallazgo tanto como de encuentro, el del preparativo convoca a los antiguos vecinos que se fueron y para la ocasión retornan, tanto como los que allí siguen junto a los nuevos que han reciclado casas, engalanando paredones con murales e iluminado aceras. Remembranza de antiguas murgas y de próceres de la música popular como Daniel Jaques, el bajista de la mítica banda Los Terapeutas, compinche de Jaime Roos, maestro de los integrantes de Once Tiros y La Vela Puerca. Por allí pululan mezclados entre la gente; también sus esposas, sus hijos en cochecitos por detrás del tumulto.

Parecen responderse unos a otros los tambores: van tejiendo a punto de palma un código que cada siete días se renueva y suena ancestral con un eco que proviene de semejantes latitudes, del otro lado del Atlántico. El ritual se compone de sones y miradas que van ocupando el espacio doméstico destinado a la charla, a la palabra. Un mulato delgado aunque de porte imponente se distingue por su gorra blanca, no hace más que tomar su tambor, cruzárselo en banderola y comenzar a hacer vibrar el cuero. Eso basta para que se conforme la cuerda (así se llama). Han de ser más de cuarenta y desde hace pocos, un par de años, marchan mujeres, media docena por ahora.

Son cuatro cuadras a todo ritmo, a marcha cansina, tomándose su tiempo, buscando y hallando el contrapunto, el cambio de secuencia, el unísono. Ritual de solidaridad sonora, sostiene las diferencias sin formular distingos: está el mulato de pilcha humilde avanzando con idéntica dignidad que el intelectual de look etno que está a su lado o el oso de musculosa y corte a lo mohicano que responde a la señal de uno al que ya no le dan las manos y requiere auxilio a fin de que una nota jamás quede vacía. Pues las yemas se enrojecen y las palmas bullen hasta hacer estallar las líneas de la vida, de modo que los menos entrenados piden reemplazo cuando no dan más; para que el tambor siga, siempre. Ya algunas de las mujeres danzan al frente de la cuerda. Cada quien consigo mismo, al modo de los tambores, pero entre todos hasta que dejan de importar tanto cortes cronológicos como géneros. Adolescentes portadoras de esa insolente belleza de la juventud, matronas plenas, damas deschavadas, gays tímidos, travestis ansiosas, locas desatadas, primos y sobrinos, abuelos y maestros y, claro, un turista alemán perdido en el fondo de Latinoamérica que fue a parar ahí nadie sabe cómo y no se la quiere perder. A la segunda cuadra ya los bailarines son tantos como la cuerda misma, ocupan la calle de lado a lado. Por las veredas vamos los de afuera, los varones que no tocan tambor y [email protected] [email protected] de algún brebaje que refresca a los coreutas.

La cuerda de tambores suple funciones que la sociedad mercantil resulta incapaz de ofrecer, tanto como el sistema de parentesco convencional nunca alcanza a cubrir. Red de solidaridad popular, vigente por fuera de la estructura formal, ocupa un lugar central en la organización de la cultura urbana al punto que sería una incoherencia calificarla de marginal. En una comunidad que vio percudida en distintos tiempos (la dictadura militar, los embates de las adicciones, las épocas de malaria, etc.) esas complejas tramas de circulación, intercambio y reproducción de sus condiciones de producción, la cuerda hace las veces de institución destinada a ocupar tamaños baches. Es, en más de un sentido, una familia allí donde cubre, protege y hasta alimenta de manera que nadie, ni infante ni anciano, permanezca aislado. También es un modo de producción puesto que a partir de sus miembros se generan corrientes de intercambio. Constituye asimismo un sistema de creencias por encima de los credos no menos que un reservorio de la memoria histórica: cuando la marcha pasa frente a ese baldío que ocupa una manzana entera sobre la calle Isla de Flores, allí, donde durante casi un siglo estuvo emplazado el conventillo de negros más populoso y denso de Montevideo, una breve detención, una sutil mutación en el ritmo de los parches, hace de recuerdo y de homenaje.

Hay también lugares, jerarquías con derechos propios logrados a merced de un recorrido que internamente se valora. Algo de tales distinciones habla en los tambores, no sólo a través de sus sonidos sino de sus tamaños: hay tres. De algún modo componen una proporción entre volumen y prestigio, más bien reproducen órdenes al modo de las monásticas o las que los naturalistas han aplicado a la indiferenciada naturaleza: animal, vegetal, mineral. En la maraña de los códigos barriales se divisa la rauda labor de una nueva generación que llega para tomar la posta de sus ancestros. A grandes rasgos, el cuerpo principal de la cuerda está compuesto por gastados cuarentones largos. Reverenciados, los mayores (aún) han obtenido el derecho de pasearse por el espacio que les plazca pero, eso sí, sabedores capaces de anticiparse a los desplazamientos y caprichos de la marcha. Una troupe veinteañera puja por hacerse su lugar sin desplantes ni prepotencias pues estar allí, justo allí, deviene honor, condecoración, lustre, inscripción.

A todo esto, los tambores centralizan una rueda que gira fija en un perímetro móvil. Es el público el que se mueve en la avidez de rescatar lo que sucede dentro del maremágnum de parches y la mayoría baila al frente de la cuerda que a su vez le propone desafíos rítmicos, variaciones. Desde atrás, un negro longilíneo de andrógina belleza, turbante y bufanda de gasa ondeando al viento, se desplaza a las zancadas, gira, se arrebola. Baila con una mujer joven, ama de casa al momento deschavada en su ritmo feroz que luego sigue sola. Avanza el bailarín solitario y recorre las filas sorteando la retaguardia hasta zigzaguear en filigrana por entre los tambores a los que, sin molestar ni interrumpir, les dedica un arabesco. Finalmente alcanza la cabecera de la marcha no sin antes haber danzado con todos y cada uno de los más virtuosos y/o lanzados de la zona: señoras y señores, jovencitas de top y carnes firmes, efebos griegos, mariquitas lozanas, damas y caballeros, caballeros sin damas y viceversa, a cada quien su revuelo. Hasta que el bailarín andrógino, claro, logra su propósito y se halla a sus anchas al frente mismo de la marcha. El público lo festeja sin aplausos; el toque individualista no es siempre bien visto.

De puertas y ventanas cunden los vecinos, que agradecen la velada de la que es imposible privarse. La brisa montevideana arrastra suave los aromas de la adrenalina, el aliento ceremonial, los humos variopintos, perfumes. Mutaciones en ritmos y compases se imponen a partir de que los tambores mayores lo designan para que se contagien del frente hacia atrás a lo ancho y a lo largo de la cuerda. Breves detenciones dan lugar a retruécanos y diálogos a pura percusión hasta que el avance se renueva. Ya en la última cuadra –han sido cuatro, apenas– la batería se cierra formando una rueda que impregna el cielo de los últimos sones. Al modo de los cambios de dirección de los cardúmenes, la música oscila hasta bullir y, de repente, cesa. No hay bises, todo terminó. Los músicos se despiden, cada cual a su casa o partiendo en grupos que se esparcen por la rosa de los vientos. El silencio vuelve a imperar sobre las calles del barrio de Palermo en Montevideo, dejando lugar a sus ruidos: motores lejanos, bocinas, una radio que canta, voces. Mañana es lunes y se hará preciso ir a trabajar.

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