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Domingo, 16 de octubre de 2005
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PARIS > El mercado D’Aligre y la vinería Baron Rouge

Sábado a la mañana, vino

Además de los ya míticos cafés, en París también pululan las vinerías, aledañas casi siempre a los populares mercados techados que hay en cada barrio. Allí, en particular los sábados desde la media mañana, clientes y feriantes se confunden entre matices y lenguas de la cosmopolita ciudad.

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Los puestos callejeros de la plaza D’Aligre conviven con el mercado techado.

Texto y fotos: Jorge Pinedo

“Bueno es el vino/ pero si el agua brota/ de una fuente pura/ fresca y cristalina/ mejor es el vino.” Algún poeta plasmó tales imperecederos versos a los cuales toda la Galia rinde histórico tributo. Vides herederas de las que supieron dejar los romanos, dejan a cada paso de la campiña francesa su marca indeleble que se extiende a las ciudades a través de las muchas vinerías que se esconden en los quartiers más recónditos, donde el alud turístico que duplica la población parisina no siempre se asoma.

Más filmada que cualquier otra ciudad del mundo, París supo ser mistificada hasta el fetichismo y, entre tamaños ídolos, los cafés con mesitas en la calle que se multiplican a partir del Barrio Latino parecen aplastar toda otra modalidad popular de socialización. Sin embargo, una de las costumbres clave para aproximarse a la idiosincrasia francesa en general y parisina en particular son las vinerías que desde hace siglos funcionan durante el día en alguna calle aledaña a donde se instalan las ferias de alimentos.

DOS MERCADOS, MUCHOS MUNDOS

Subiendo en forma perpendicular al Sena, por la Rue de Chartres del XII arrondissement, calles y aceras se van poblando desde muy temprano los sábados por la mañana hasta desbordar en la plaza D’Aligre. Arabes no menos dicharacheros que hiperkinéticos, africanos azules de mirada silenciosa, latinoamericanos en retiro efectivo y, desde ya, franceses de todas las cepas superponen sus voces en un canto coral que hace las veces de música incidental para el ceremonial mayor: el mercado. Pueblo pequeño dentro de una megalópolis cosmopolita, el barrio parisino se congrega en una suerte de resistencia de la feria tradicional contra el supermercado. Las vecinas se saludan, salen de compras con changuito y en ruleros, los señores comentan de política, los vendedores teatralizan una disputa que culmina con risotadas a medida que el sol trepa. El reloj de la plaza sirve de ombligo y referente para encuentros de enamorados furtivos tanto como de toda clase de transacciones. Flores, quesos, fiambres, pescados van dejando paso a ropa nueva y usada, artesanías étnicas de tribus aún por descubrirse, zapatos, antigüedades y francas porquerías se mezclan con libros y chucherías a raudales en una feria informal que se explaya en torno al mercado cerrado. Puertas adentro, alimentos de todo el orbe monopolizan el espacio. Allí deambula la gente del pueblo, las señoras con sus bolsas de mercado, las mamás con sus críos; se escucha el francés de todos los días y, con el oído aguzado, van surgiendo las tonalidades propias de diferentes regiones. Más allá del origen de cada uno de los parroquianos que transita el mercado cerrado, dos mundos se contraponen a partir de los enormes portales de acceso. Dentro, una Francia bullente y constante; al aire libre un reguero de naciones cada una con su identidad cromática y sonora que, al traspasar la invisible barrera del mercado, se metamorfosea en un francés rotundo, cruza de Edith Piaf con Astérix.

BARON, ROJO COMO EL VINO

Allí nomás, a la vuelta del mercado D’Aligre, corre una no tan estrecha calle adoquinada, la rue Teophile Roussell, y en el medio de la cuadra se destacan las dos vidrieras del Baron Rouge. Vaga reminiscencia del as germano del aire aunque, por cierto, tal vez aludiendo a un noble venido a menos que hacía más leves sus pesares aguando el tinto con sus lágrimas. Valgan ambas coordenadas para esta tradicional borrachería que desde hace más de un siglo alberga parroquianos barriales y, en forma esporádica, privilegiados visitantes de otras altitudes.

En su orígenes, Le Baron Rouge era el lugar de encuentro de changarines, feriantes y clientes en torno del apero; suerte de club de barrio, cruza con improvisado parlamento democrático donde las clases sociales son solubles en fino alcohol. Moscatos, rosados, bordeaux, touraine, merlot, en fin, la variedad de elixires que la uva de la campiña francesa es capaz de ofrecer reposan su justificado sueño dentro de recios toneles, a la espera de que el viandante acuda a despertarlos para la fiesta. Esto ocurre principalmente el último día de la semana y también cada jornada en forma más íntima en las mesas del fondo tanto como sobre los toneles que, instalados de forma vertical, hacen las veces de mesas para los que quedaron de a pie.

Cada tanto, un eximio acordeonista (que alguna vez supo salir de gira con Manu Chao, dice) coloca sones típicos en el aire, mientras alterna su función de rellenador de envases y recibe las propinas en monedas y billetes, hasta de veinte. Pues en el Baron Rouge quien porte su botella vacía está en condiciones de volverla a la vida con distintos vinos que van de los tres a los seis euros, y llevarla a su casa. Eso sí, toda vez que se opte por beber allí mismo, el precio trepa a los doce euros, pues el show de la vida cotidiana francesa jamás es gratis: toda intromisión tiene su valor intrínseco. Tras el mediodía, la borrachería está repleta y los viandantes pletóricos, siempre adustos en conservar la vertical aunque ya esparcidos en la calle, sobre la vereda, apoyando los vasos sobre los barriles, en pilas de cajones de gaseosa o en el capot de los automóviles estacionados. Sobre la vidriera que mira al mercado varias tinajas acogen preciosas ostras de distintos tamaños y precios. Los conocedores de modo alguno ocultan que las más pequeñas suelen ser las más sabrosas y se las sirven a razón de media docena por cuatro a doce euros, según las dimensiones de la pieza. Se comen ahí mismo, con los dedos, impulsadas por un tenedor de plástico los más pudorosos; en momentos de escasez untadas sobre una rodaja de pan, o bien escoltadas por una baguette y pepinitos por el amable extra de cinco euros. Sobre la testa de los comensales siguen fluctuando las botellas, un murmullo constante se mezcla con música variopinta cada vez que André, el acordeonista, descansa. ¿Qué harán en sus vidas privadas esos hombres y mujeres de treinta años en más? ¿Casados, solteros? ¿De qué trabajarán? Sean quienes sean, hagan lo que hagan, reúnen en el ritual de los sábados a la mañana el accionar de dos instituciones que desde hace siglos vienen funcionando con eficacia en el sostén de la República: el vino y la condición de ciudadano que palpitan en la sacra figura del hombre bebiendo vino.

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