Todos aman a Jeanne no es una comedia como cualquiera. La directora e ilustradora debutante Céline Devaux así lo afirma desde el inicio, cuando la vida de Jeanne (Blanche Gardin) es escrutada minuciosamente por su voz interior, plasmada en la pantalla en la forma de un pequeño fantasmita peludo, un simpático Tío Cosa animado. No tan simpático, a decir verdad, porque en esa animación simple y minimalista, que combina trazos en negro sobre un lienzo blanco con estallidos de colores en formas geométricas, se hace presente la ansiedad de Jeanne en forma de una insistente admonición. Es que a Jeanne no le faltan motivos para el surmenage: primero, su empresa de reciclado de residuos oceánicos resultó un fracaso cuando la maquinaria falló, hundiéndose en el mar sin recolectar ninguno de los microplásticos prometidos; segundo, su salto al océano para atrapar los restos de su sueño dorado quedó registrado y viralizado en Youtube para el deleite de millones de usuarios ávidos de la desgracia ajena; y tercero, enfrenta una estrepitosa bancarrota, que le exige pedir dinero a su hermano fisioterapeuta para afrontar un viaje a Lisboa y allí vender la casa de su madre. Porque, como cuarta y mayor desgracia, su madre se ha suicidado arrojándose de un puente en pleno verano portugués.

Un poco de tragedia con la distancia justa para poder sacarnos una sonrisa parece ser la estrategia del prólogo de Todo el mundo ama a Jeanne, comedia francesa que llega a Mubi –bajo el título internacional Everybody Loves Jeanne- luego de pasar por la Semana de la Crítica en el Festival de Cannes, donde Devaux fue nominada a la Cámara de Oro. La directora brinda distinción a su película a partir de la animación que acompaña el derrotero de su personaje de París a Lisboa, como una forma lúdica del monólogo interior, un diario que a la manera de Muerte en Venecia –pero sin el cólera y el maquillaje derretido- condensa un viaje íntimo que tramita el duelo de lo perdido y el descubrimiento de lo posible en el porvenir. Jeanne parece ensimismada en sus pensamientos, consagrada a la batalla del cambio climático con convicción, segura de sus metas y sus logros. Pero el fracaso del proyecto Nausicaa, que ahora naufraga en la vastedad del océano, la espera infructuosa por inversores daneses y la amenaza de la bancarrota, la empujan a afrontar una cuenta pendiente: aquel pasado que la unió a su madre, la intrépida y singular Claudia Mayer.

Pero, ¿quién es Claudia Mayer? Devaux no elige para interpretarla a cualquier actriz sino a Marthe Keller, la actriz de Fedora (1978), una de las últimas películas de Billy Wilder. En aquel melodrama crepuscular que deconstruye Sunset Boulevard (1950), Fedora es una estrella de cine recluida en una mansión situada en las cercanías de Corfú para preservarse del paso del tiempo, de la vejez y el deterioro. Una especie de Garbo del cine sonoro, un misterio en vida, un estertor del viejo Hollywood. Y a medida que la película avanza, y un curioso productor interpretado por William Holden se inmiscuye en la isla que protege a la estrella, la perenne juventud de Fedora asoma como una maldición. El rostro juvenil de Keller es el de la desazón y el martirio, atrapada en una gloria que resultó su cárcel y castigo. Las fotos de Claudia también asoman como las de Fedora en su departamento citadino, retazos del pasado en una Lisboa cada vez más gentrificada. La llegada de Jeanne a esa ciudad es como la del productor de Fedora, un viaje a un mito compartido, a imágenes familiares que deambulan junto con los fantasmas.

El viaje de Jeanne le depara algunas otras sorpresas. En el aeropuerto, algo camuflada para evitar el escarnio mediático del Nausicaa, es abordada por un descarado pasajero que luego de hurtar unos anteojos de sol en el free-shop la reconoce como una compañera de la secundaria. “¡Todos amaban a Jeanne!”, grita Jean (Laurent Lafitte) con entusiasmo al recordarla como la estrella del colegio francés en Lisboa que ambos compartieron, una especie de “prom queen” a la portuguesa. Su reencuentro en el avión despliega la comedia absurda y Devaux convierte la dinámica entre Jeanne y Jean en un ida y vuelta de gags y equívocos, que encuentran fundamento en la pasada estadía de Jean en un psiquiátrico, pero que le permiten deslizar bajo la apariencia del delirio algunas verdades.


La lógica del humor que propone Todos aman a Jeanne esquiva las convenciones de la comedia romántica tradicional para unirlas al nonsense que ofrece el mundo animado, una representación constante de las dudas e interrogantes que corroen a Jeanne. No solo por sus fracasos o su duelo, sino también en referencia a los dilemas de los que es prisionera su generación. Mientras recorre el baño donde su madre guardaba cremas y perfumes, su pequeña voz peluda le advierte que esos mandatos de belleza y juventud son de otra generación, aguijoneando su soledad con esa falta de autoexigencia. También su compromiso ético con el medio ambiente es blanco de cierta ironía, en tanto resulta solventado por aquellos inversores que hoy la esquivan. Desempolvar los libros y discos de su madre supone afrontar aquella figura errática en su memoria, cuyas palabras de sanción eran más frecuentes que las de cariño y celebración. Claudia no es solo el fantasma que espera el té con la llegada del atardecer, o una aparición tenebrosa en las horas de la madrugada, sino un enigma persistente para Jeanne, un misterio cuyas respuestas nunca parecen hallarse.

La comedia como forma lúdica de la exploración del yo es una estrategia que ha colonizado a la literatura, expandiendo en mil variantes los contornos del monólogo interior, pero que en el cine ha permitido dar cuerpo a simpáticas tragicomedias, películas que experimentan con el absurdo como las de Quentin Dupieux, o que desarticulan los caprichos del deseo como Los amores de Anäis de Charline- Burgeois Traget. En definitiva, que esquivan la centralidad del gag para elegir un tono extrañado, que permite hacer convivir el delirio con cierta melancolía. El reencuentro entre Jeanne y su ex novio Vitor (Nuno Lopez), un músico y profesor de primaria algo bohemio, se produce en el aeropuerto de Lisboa, con Jean pegado como una estampilla a la pareja, avivando equívocos e instando el caos. Sin embargo, lo que recorre esa relación es más aquello que quedó atrás que lo que queda por venir, sentimiento cifrado en una risa incómoda cortada por la inevitable lágrima.

La ópera prima de Céline Devaux aguijonea ciertas convenciones en la comedia francesa, asimilando la lógica de la animación, con creaciones ambiciosas y muy inteligentes en su resolución, como complemento de la ficción en que ha devenido la vida de su personaje. Es ese mundo interior, donde lo indecible se libera en forma catártica, donde la ansiedad se dibuja en negro sobre blanco, como los pelos rebeldes de un fantasma molesto, donde Devaux fija su atención. Allí su personaje bucea a ciegas, tratando de lidiar con sus duelos y fracasos, descubriendo alegrías impensadas, el abrigo de una familia improvisada entre las paredes de una casa colorida.